18.11.09

ADORACION DEL HERMANO


Fragmento extraído de la novela
El ejército de salvación de Abdalá Taia


Me gusta obedecer a Abdelkebir. No he conseguido dormirme. Abdelkebir sí, y enseguida. Ha roncado durante mucho tiempo. Como sus ronquidos no me dejaban conciliar el sueño, he estado observándolo, estudiando su cuerpo una vez más. Yo estaba en la cama del medio. Me he recostado sobre mi lado derecho, dando la espalda a Mustafá. Abdelkebir se me ofrecía. Hacía mucho calor. Mi hermano mayor no llevaba más que un slip negro. Dormía oca arriba y ninguna manta lo cubría. Su cuerpo es blanco, muy blanco. Tiene algo de vello en el pecho, mucho en las piernas y las pantorrillas, pelos rizados y muy negros. No es muy fuerte… es incluso, en comparación con otros hombres de Hay Salam, un poco delgado. Pero, indiscutiblemente, parecía un hombre. Hombre: no sé describirlo de otra manera. Se qué yo no seré el hombre que él es, el hombre que será cada vez más con le paso de los años. Dormía profundamente. Sus ronquidos, como los de M’Barka, terminaron por no molestarme. Su vientre, casi liso, subía y bajaba a un ritmo regular. Yo subía y bajaba con él, hipnotizado. El cuerpo de mi hermano ha estado ahí, delante de mí, durante toda la noche. Lo he estudiado con gran atención, como un científico, de la cabeza a los pies, deteniéndome en cada detalle. La nariz fina. Los ojos grandes. Las cejas pobladas. El pelo recio que tantas veces he lavado. Los labios plenos y sensuales. El bigote delgado. Las mejillas no del todo llenas. El cuello… la nuez enorme. Los hombros, un poco caídos. El pecho, no muy musculazo. Los pezones negros. El ombligo… El slip negro, y lo que esconde. Las piernas fuertes. Las rodillas prominentes. Los gemelos musculazos por muchos años de bicicleta. Los pies, muy pequeños y preciosos. He estado toda la tarde navegando por ese cuerpo, ajeno al espectáculo que me ofrecía. Es cuerpo que es parte de mí y que es, al mismo un yo distinto.

BALADA DE UN JOVEN CANALLITA


Un poema de Luis Antonio de Villena

Anoche, dando vueltas como siempre,
camino de la alta madrugada
(bares y discotecas, calle estrecha,
negros que venden hasta el alma blanca)
pensé que al encontrarte era mi suerte
recorriendo el burdel que nos ampara.
Y te miré la cara dulcemente
pensando que mi hora en ti empezaba.
Aunque sé que te echan del trabajo
pues te aburre la vida rutinaria,
y haces de camello cuando puedes
recorriendo el burdel que nos ampara.
En Marruecos saliste de un mal paso
y usaron y abusaste de la tranca.
Modelo, chulo, amante para cenas,
sabes el lujo de la gente cara
y camas cutres, feas y con chinches
recorriendo el burdel que nos ampara.
¡Que estupenda la noche los dos juntos!
Riendo, colocados, mente alzada...
Ojalá que el ritmo nos llevase unidos
tahúres del vivir y camaradas.
Pero la luz del alba rompe sueños
recorriendo el burdel que nos ampara.
Y aunque eres santo como el pan bendito
tu futuro es el orden o la nada.
Mal papel al zángano le espera:
no hay porvenir que a tu lucero valga.
Nos mira ya acechante una galerna
recorriendo el burdel que nos ampara.
Tampoco es convincente mi futuro:
Viejo verde en tugurios del mañana
o figurón de eventos literarios
ajeno a la Academia y a sus maulas.
Aunque bien puede el viento darme un viaje
recorriendo el burdel que nos ampara.
Juntos somos dos pájaros muy raros,
solo el presente nos pone su medalla.
Amigo de la noche, adiós, hermano.
Ya ves que casi todo nos separa.
Pero golfos y ninchis seguiremos
recorriendo el burdel que nos ampara.

MANUAL DE PEDAGOGIA



Fragmento extraído de la novela
El cordero carnívoro
de Agustín Gómez Arcos

Mi hermano me ayudó a saltar la barrera que separa la niñez de la pubertad. Sus dedos y sus labios se detienen tan a menudo sobre las distintas partes de mi anatomía, que consigue despertar en mí la curiosidad de mi cuerpo. Gracias a él descubrí los espejos. La primera vez que me miré en un espejo, no con la intención de ver reflejada mi imagen, sino la que mi hermano tenía de mí, me sorprendí y hasta me turbé. Pero a pesar de la timidez con la que constato los diversos cambios que se van operando en mi persona, llevo enseguida la mirada hacia la contemplación. Intento comprender por qué las caricias más frecuentes de mi hermano están relacionadas con determinadas partes de mi cuerpo (Incluso en la oscuridad, no se pierde nunca. Su precisión es indiscutible) Y comprendo: mi cuerpo tiene la belleza fugaz de un dibujo que se volatiliza. Será por eso por lo que mi hermano Antonio lo estrecha tan fuerte entre sus brazos. Ahora sí que entiendo la dulce mirada de mi hermano y su deseo, cada vez más fuerte y más salvaje, de fundirme con él. En eso se comporta como un creador. Tiene la impresión- más que eso la certeza de que me moldea, día tras día, a imagen de algo especial que, sin duda alguna, ama inconscientemente. Y con pasión. Los dos o tres pelillos rubios que empiezan a salirme en los sobacos, los descubrió él. También él me hace ver que mi pene es rosa, mientras que él suyo es oscuro. Cabría subrayar otras diferencias sustanciales entre nosotros, de las que no hablo, referidas a mi edad a la suya, a mi delgadez y a su corpulencia. No quiero que se deje llevar por una vanidad desmedida. Sin embargo, mi hermano Antonio no descuida sus estudios ni mi educación. De las ciencias naturales, pasamos a las caricias; del agotamiento físico, a la multiplicación. Nunca podré separar el erotismo y primeros conocimientos. Dos por dos son cuatro besos, y así toda la tabla. Ejercita su imaginación para poder en práctica sobre mi cuerpo sensual todo lo que quiere enseñarme, ya sea geografía o gramática. así, por ejemplo, sobre mi tetilla derecha coloca el Finisterre; sus labios bajan suavemente hasta mi ombligo – Madrid- y luego hasta mi ingle derecha: ahí está Gibraltar. La “t” es una consonante dental: su lengua sabe indicarme exactamente, en el interior de mi boca, el lugar preciso donde debo apoyar la lengua para entenderle mecanismo de pronunciación. Mientras mi cuerpo siga vivo recordaré, encantado, ese montón de cosas absurdas llamadas cultura general. Y el día que el cuerpo de mi hermano Antonio muera para siempre, mi cultura general morirá con él.

LUZ DE MITO




Un poema de Pedro Gandía


Desciende un ser alado
rostro de llama viva
la altura pierde noche
prenderlo ahora o nunca

Son ciruelas sus labios
margaritas sus dientes
y sus mejillas rosas.
En su cuerpo comprueba
lo que el cuerpo no es

Has cerrado los ojos
no lo tocas escribes
luz profunda del negro.

RECUERDOS DE INFANCIA



Fragmento extraído de la novela
Generation of love de Matteo Bianchi



Recuerdo una tarde soleada en que montaba n bici por las calles del pueblo junto a otros niños. No teníamos ninguna meta. Atravesábamos el pueblo en bicicleta por el placer de estar en movimiento, pero acabé por cansarme de dar vueltas sin sentido. Propuse que nos detuviéramos. Y sin nos paramos ¿qué hacemos? Preguntó uno de llo. Yo me encogí de hombros. Nada, dije, hablamos. Y él, bastante disgustado ante la idea, replicó: ¡Pero hablar es cosa de niñas! me dejó sin palabras. Su argumento era irreprochable. Empecé a intuir que las divisiones entre los sexos afectaban también al movimiento. Los juegos de niñas eran intelectuales, mientras que los de los niños eran movimiento. Y yo era intelectual. Si en el colegio jugaba con las niñas no era, desde luego, porque me sintiera como una de ellas. El motivo era mucho más sencillo: sus juegos eran más interesantes.

También recuerdo el primer insulto que hacía referencia a mi sexualidad, eso sí que lo recuerdo perfectamente. Una ofensa liberadora que se anticipaba muchos años a una toma de conciencia que conseguí con esfuerzo. Un día, yo estaba en la plaza del mercado que había al lado de casa. El mercado era el sábado por la mañana y durante el resto de la semana la plaza era un campo de juegos de todos los niños del barrio. Bandera, volleyball, las cuatro esquinas, el inevitable escondite, la goma. No es que fuera un asiduo al lugar y de sus distracciones, pero iba a veces allí, sobre todo si venía Claudio también. En la plaza las relaciones sociales eran incontrolables: Allí una tarde cualquiera, mientras daba ánimos a mis compañeros, a voz en grito, sudando como cualquier niño de mi edad, santo y deportista, se me plantó delante un chico del equipo contrario, molesto por mis alaridos y sobre todo por el hecho de que nosotros estuviéramos ganando. El tío me miró con desprecio y me dijo: ¿Sabes que tienes voz de maricón? Yo me quedé mudo de golpe. No es que hubiera entendido el significado del insulto, pero por el tono y por la satisfacción con laque había hablado estaba claro que se trataba de una de las peores ofensas del universo. Él se alejó riendo y yo seguí jugando, pero sólo para no darle otro motivo de júbilo. Por dentro ya había abandonado jugadores y partido, pero por fuera pretendía, con esfuerzo, mostrarme indiferente ante la ofensa que acababan de recibir. Incluso intentaba volver a mis gritos, pero de forma más atenuada para no llamar demasiado la atención.

CARLOS EL SOLDADO




Un poema extraído del libro
Sudor bruto de J. Ricart


Los fines de semana lo recojo
en el cuartel y se viene a mi casa.
se tumba sobre la cama y se deja…
sólo me tiene prohibido su boca.

A veces me remuerde la conciencia
por corromper a un ángel tan hermoso.
¡ay! puede más la carne, lo confieso,
mi debilidad son los uniformes.

Carlos “il mio dolce joveneto”
el mes pasado cumplió dieciocho,
no entiende, creo incluso tiene novia,
una lástima, quizás algún día…

De sobra sé que no me quiere, pero
somos felices a nuestra manera,
aunque sea dos días de permiso:
yo con sus bíceps, él con tres talegos.

11.11.09

MI PRIMER OLOR


Fragmento extraído de la novela
Confesiones de una máscara
de Yukio Mishima

Otro recuerdo es el olor del sudor, un olor que me inducía a replegarme en mí mismo, que despertaba mis deseos y que me avasallaba. Si agudizo el oído, percibo un batir ahogado y muy débil, amenazador. Al cabo de un rato, a ese sonido se une el de una corneta. Un sonido sencillo y extrañamente placentero, un sonido de cánticos se acerca. tirando de la mano de la niñera, la invito a que me acompañe a toda prisa, corriendo, enloquecido por el deseo de hallarme en la verja, sostenido entre sus brazos. Se trataba de las tropas que pasaban por delante de casa al regresar de la instrucción. A los soldados les gustan los niños y siempre aguardan con impaciencia el momento en que me regalaban cartuchos vacíos. Y, como mi abuela me había prohibido que me aceptara semejantes obsequios por considerarlos peligrosos, el placer inicial quedaba aderezado con los goces de lo furtivo. El pesado sonido de las botas militares y el bosque de mosquetones al hombro es espectáculo suficiente para dejar en fascinado grado sumo a cualquier niño. Pero a mí lo que me fascinaba era sencillamente el olor a sudor, que constituía un estímulo oculto bajo mis esperanzas de que me regalaran cartuchos. El olor a sudor de los soldados- aquel olor como el de la brisa marina, como el del aire de la playa quemada por el sol hasta dejarla de oro- me intoxicaba al penetrar en mi olfato. probablemente es mi primer olor en el recuerdo. No hace falta decir que en aquellos tiempos el olor no podía tener relación directa alguna con sensaciones de orden sexual, pero poco a poco y de manera constante y tenaz, despertó en mí un sensual deseo de realidades tales como el destino de los soldados, la trágica naturaleza de su misión, los lejanos países que verían, las maneras en que morirían…

CONTRADANZA SONAMBULA



Fragmento de un poema
de Nelson Simon
De las tapicerías sale un vaho tibio y hogareño,
los olores se mezclan con los recuerdos:
un beso furtivo, un alado perfil,
caoba recién lijada y ambarino
barnizdando brillo a mi deslucida alma.
Paso sin advertir que nadie advierte mi presencia.
Me acostumbro a no existir dividido en dos
por el océano y sin saber en qué orilla
quedarán al final mis despojos.
Partir será aceptar que pasten por mi cuerpo
míseros corderos de silencio. Quedarme
será plegar la cera de mis alas, mutilar mis pulmones
en el otoño de los altos chopos.
Tampoco hoy lloverá . No vendrá una vecina
para pedir su poquito de provisoria sal.
No tocará a mi puerta un sorpresivo amante.
No gritará un amigo, con caluroso escándalo
mi nombre desde la otra acera.

800 DOLARES



Fragmento extraído de la novela
Chaperos de Dennis Cooper

Encontré a Brad en un chat, no tenía idea alguna del lío que había sobre él en esta página se describió como un adolescente guapo y un culo hambriento preparado para el más duro de los usos, y los abusos. le dije que yo era un sadomaso activo y me iba la humillación y se me ofertó por 800 dólares la sesión. Pensé que se pasaba de la raya, pero me dijo que era extraordinariamente bonito y era un cerdo y que se lo merecía, así que dije que vale. me dirigía su casa ya que me dijo que sólo atendía previa cita. Cuando abrió la puerta, me decepcioné un poco. Tiene un rostro hermoso, pero de facciones demasiado delicadas y ligeramente femeninas, Lo que no suele ser mi tipo. Pero después de unos minutos de charla y de mirar ese rostro inocente y adorable, me puse lo suficientemente cachondo como para empezar a meterle mano. Le pedí que se pusiera ropa que ya no le sirviera, y entonces se puso una camiseta y unos vaqueros con agujeros de los cuales les pude ver atisbos de sus piernas y sus nalgas sin un solo vello y con apariencia de porcelana. Tanto si era mi tipo como si no, parecían muy vulnerable y listo para una maravillosa tanda de azotes. Tomamos unas cervezas y empezamos a conocernos. Fue cuando me comentó algo acerca de la polémica que se había montado acerca de él en esta página. Estaba muy sobrado y hablaba sin parar acerca de sí mismo, y casi nada del montón de cosas que decía tenían sentido alguno, lo que hizo que yo deseara dominarlo aún más. Cuando le coloqué la cinta tapándole la boca y se apagó lesa vocecilla, la cosa se puso tan ardiente que estuvo a punto de estallar. Pude apreciar un bulto maravilloso en sus pantalones, así que lo cogí de los hombros y le di de rodillazos en los huevos cada vez más fuerte hasta que tuvo que doblarse porque le dieron arcadas y no pudo permanecer por más tiempo erguido, aunque aún así todavía la tenía dura como una piedra. Como le había contratado toda la noche me tomé mi tiempo. Desgarré sus prendas y estuve como dos horas trabajándomelo: me había traído un arsenal de dildos y su culo los engulló todos unos tras otro. Dejé el más grande de ellos dentro de él y le di de latigazos bien fuerte en la espalda, en el culo y las piernas, y con una pistola inmovilizadota en las ingles hasta que lloró y los mocos cayeron por su cara. No podía creer que ese chico tan débil pudiera soportar todo aquel tormento. Después de pellizcarle con violencia durante un rato los pezones, de castigarle la polla y los huevos, y de darle con el látigo sin miramientos en el pecho, el estómago y en los muslos, no pude aguantar un minuto más y me vacié sobre su cara con la corrida más intensa que yo haya tenido en mi vida.

CELADA



Un poema extraído del libro Amuatar
de Pedro Gandía Buleo

Como feroz jauría de quimeras turbadas,
fraudulentos heraldos, nadir de la vileza
y vacuidad del mundo, estremecen la noche.
Sus nímbalos desnudos adiamantan las sombras
y arrastran a extraviados sacrificios lunares.

aquí llegan las presas, eternos fugitivos
vencidos por la carne que ansían otra vida.
los exterminadores, por caridad cobrada
de antemano, les hunden, traicioneros, la muerte
en sus espaldas frágiles, obsesivas de dioses,
mientras la noche vierte la luna sobre el ara.

Cuando las formas jóvenes cedan a sus miserias,
¿ qué consuelo han de hallar sino otra tiranía
de letales efebos como ellos lo son hoy?

POST COITUM


Fragmento extraído de la novela
Amor duro de Gudbergur Bergsson


Hoy, después de unirnos, me tumbé encima de él y aspiré el aroma de lo que habíamos hecho. Él había estirado el brazo como hace muchas veces y como si así, exhausto y saciado, saludara al cielo. Puse mis brazos sobre su brazo y unimos nuestras manos con las palmas abiertas; somos de estatura parecida y la estructura del cuerpo no es muy diferente, de modo que encajamos el uno con el otro como las dos partes de un billete roto en prenda de amistad. Cuando enterré el rostro suavemente en su cuello sentí el calor y el aroma del goce que produce amar, el exquisito perfume del amor mismo. Su carne era a la vez palpable y psíquica. Así estuvimos tumbado largo trato como seres a los que una voluntad propicia y libre ha clavado uno sobre otro para morir en una cruz común. Yo yacía en un sueño y percibía cómo nuestros cuerpos se compenetraban igual que una lombriz penetra en la tierra húmeda, sentí cómo una carne crecía dentro de otra carne y los dos nos pegamos el uno al otro con el único pegamento que puede unirlo todo y que ahora estaba sobre nuestros cuerpos y antes estaba dentro de ellos. En una postura se demuestra de algún modo el sentimiento y el deseo de morir uno dentro del otro.

IMPULSIVO AMANTE



Traducción del catalán
de un poema de Jordi Petit


Impulsivo amante
de golpes imprevistos, buscas un valle
profundo entre las piernas
siento tus dedos
como saurios maravillosos
besándome las ingles,
y yo te traigo al llano de sal y sudor

Me divierte jugar
a encontrar la mejor recepta
de placer entre dos
que queremos diferentes platos.

No nos dominamos
no preguntamos
hacemos de cada encuentro
una lujuriosa amistad.

RECUERDOS DE JUVENTUD


Fragmento extraído de la novela
El padre de Frankenstein
de Christopher Bram


Son dos colegiales enzarzados en una lucha amistosa, con la diferencia que estos colegiales son hombres y de repente, no hay ninguna intención de pelea en el jugueteo de Whale. La calidez, la profundidad de una piel que roza otra piel dejan pasmado a Whale, que alarmado, mira a su amigo a los ojos. Tozer sigue sonriendo y retorciéndose, pero en sus ojos la expresión también ha cambiado. Las manos, aunque relajadas ahora siguen cogidas a las caderas de Whale. Éste se ha quedado sin aliento. ¿Besas a Lucy? le pregunta: “¿Cómo la besa?” Tozer está demasiado asustado para contestar. / ¿Así? Y le da un beso en la mejilla./ ¿ Así? y le da un besito rápido debajo del bigote / No, así dice Tozer en voz baja, y le coge la cabeza con las manos para mostrárselo. Ninguna experiencia anterior a toda la vida de Whale puede compararse con la confusa gloria de lo que siguió. Tozer es real, es un cuerpo cálido y velludo con un tenue sabor a licor a hierbas. Tratándose de pintura, el obrero pelirrojo siempre ha preferido los desnudos masculinos, y como sintiéndose culpable, siempre ha sabido qué quería de algunos hombres de carne y hueso; y ha satisfecho sus deseos en sueños. En medio de su alegría se imagina que se pasa el resto del día retozando con Tozer, una vez tras otra, y otra y otra. La gloria se traduce en frenéticos achuchones, jadeos y sacudidas. Y de golpe todo termina para Whale, con una sensación de plenitud que lo sorprende. La urgencia desaparece, pese a todo el amor que ahora siente por John Tozer. Las extremidades, enroscadas, están húmedas, tienen algo de indecoroso. Whale se da la vuelta y se echa de espaldas a mirar el cielo cubierto por unas nubes dignas de Constable- otro genio de las clases bajas- y una única línea truncada de humo negro que sube de la central eléctrica, a dos kilómetros de allí. Tozer está echado a su lado, todavía abrazado, su aliento húmedo le hace cosquillas en la nuca: Ha sido hermoso, Jim. mejor que con todas las chicas que he tenido / A mí también me ha gustado. Mucho. Pero ya no quiere nada más de su cuerpo, ni tampoco del de Tozer… excepto volver a dibujarlo. Pero cuando intenta separarse, Tozer lo abraza con más fuerza. No, quedémonos así un ratito. Estoy tan a gusto…

4.11.09

DOS POEMAS DE SANDRO PENNA


IX

Morirás, muchacho, igual que yo.
Y chicos más bellos que tú todavía
dormirán al sol en la orilla del mar.
No serán, sin embargo, más que como nosotros mismos.

X

Bésame en la boca, último verano.
Dime que no te vas a ir demasiado lejos.
Regresa con el amor sobre los hombros,
y no será tu peso inútil.

EL SEÑOR HATIM RAICHID


Fragmento extraído de la novela
El edificio Yacubian de Alaa Al aswani


Antes de la medianoche se abrió le puerta del bar y apareció Hatim Raichid, acompañado de un joven moreno de unos veinte años con ropa sencilla y la cabeza afeitada como los soldados. Los de dentro ya habían bebido mucho y los gritos y cánticos habían comenzado a subir el tono, pero al entrar Hatim el ruido disminuyó y se lo miraban con cierta curiosidad y recelo. Sabían que era codiana, pero un obstáculo natural y consistente los negaba el trato familiar con él, incluso el cliente insolente y libertino no podía sino tratarlo con respeto. Y eso por muchos razones. El señor Hatim Raichid era un conocido periodista y jefe de redacción del diario Le Caire, que se editaba en francés en El Cairo, y un aristócrata por tradición. su madre era francesa y su padre el famoso doctor Hassan Raichid Al-Qamuni, decano de la facultad de Derecho en los cincuenta. Además Hatim era de aquellos homosexuales conservadores, si se puede decir así, que no se rebajan ni maquillan, ni caminan de manera provocadora, como hacen las codiana. En su aspecto y su comportamiento se situaba hábilmente entre la fina elegancia y el afeminamiento. Esta noche, por ejemplo, llevaba un vestido rojo de intenso color vivo y un pañuelo amarillo que le cubría el cuello esbelto, casi escondido bajo una camisa rosa de seda natural y de cuello amplio, que le caía sobre el pecho d ela chaqueta. Es elegante, de cuerpo distinguido y rasgos franceses refinados. Parecería un figurante estrella de cine si no fuera por las arrugas que le han dejado en la cara la vida agitada y aquel malestar misterioso, repugnante y miserable, que siempre envuelve el rostro de los homosexuales.

Aziz, el inglés, se adelanta para saludarlo. Hatim le da la mano con simpatía, y señalando con elegancia al su joven amigo dijo: Abd Rabbu, mi amigo… recluta de la Seguridad Central. / Bienvenido, respondió Aziz sonriente y repasando el fuerte y musculoso cuerpo del joven. Los acompañó a una mesa tranquila al final del bar y les tomó nota: una copa de gin-tónic para Hatim y una cerveza de importación para Abd Rabbu, con unos aperitivos calientes. Poco a poco los clientes dejaron de prestarles atención y retomaron las conversaciones. Los dos amigos parecían iniciar una larga y agotadoras disputa. Hatim hablaba en voz baja mirando a su amigo e intentando convencerle, mientras que Abd Rabbu escuchaba sin simpatía y respondía con agresividad. Hatim callaba un rato y volvía a intentarlo. La conversación duró a este ritmo cerca de una hora y media, durante la cual tomaron dos botellas de cerveza y tres copas de gin. Al final Hatim, apoyado sobre el respaldo de la silla, dirigió una profunda mirada a Abdah.


¿Es tu última palabra? Abdah a quien le había comenzado a subir el alcohol, respondió en voz alta: Sí, / Abdah acompáñame esta noche y por la mañana ya hablaremos / No, Por favor, Abdah. / No/ Muy bien, ¿podemos hablar con calma? No estés tan arisco, susurró Hatim con coqueteo, acariciando con los dedos la enorme mano de su compañero extendida en la mesa. Esta insistencia resultó asfixiante para Abdah, que retiró la mano y gimiendo dijo en tono entristecido. Te he dicho que no puedo pasar la noche contigo. La semana pasada llegué tres veces tarde por culpa tuya. El oficial me impondrá un castigo / No padezcas… tengo contacto con el oficial…/ Basta. Gritó con desesperación Abdah y dio un golpe ea la copa de cerveza, que cayó ruidosamente. Se levantó y mirando a Hatim con rabia corrió hacia la salida. Hatim sacó unos billetes de la cartera, los lanzó encima de la mesa y se precipitó detrás de su amigo. el silencio inundó el bar durante unos segundos…

RARA VEZ LA BELLEZA

Un poema de Luis Antonio de Villena

Rara vez la belleza es subversiva.
Rara vez la hermosura
es calidad moral.
Sólo en el equilibrio
cuando ya no es belleza transmitida
y todavía no es belleza transmisible,
cuando es sólo mensurable con las manos de otro.
Y aun así no siempre el brote nuevo el miembro nuevo
recibe el sorprendente regadío
de la savia rebelde.
Rara vez la hermosura
alcanza cualidad de delincuencia.
Pero cuando sucede
¿cómo no estremecerse ante el milagro
de la mirada peligrosa, el guiño
que el instinto ha enseñado, la cultura
y la naturaleza en alianza,
movidas a esplendor dentro de un cuerpo?
Fuera también del cuerpo. Sobre el mundo.
A la vez luminosa y destructiva
la hermosura del héroe
como el rayo
como viva señal de lo divino.

PRIMERAS LECCIONES


Fragmento extraído de la novela
Sarah de J.T Leroy


Tienes que aprender a leer en un hombre y saber si sólo quiere divertirse o si lo que quiere es lo abraces para dejarse llevar y estallar en lloros como un bebé, me explica mientras bebemos Yoo Hoos de fresa sentados en sillas de saco. Tienes que aprender a escuchar. Hay bastante medicina en este hueso de pene para ayudarte a querer como un profesional. Tomo a diario lecciones de algunos chicos del Glad. Practico el arte de enrollar un condón con los dientes sin que el cliente lo sepa. Practico el arte de sacar todo el zumo de un hombre y retenerlo en la boca. En realidad, eso ya sabía hacerlo. Con Sarah hacíamos competiciones. Nos tumbábamos de espaldas en alguna cama de motel, el uno al lado del otro y con las cabezas tiradas hacia abajo colgando por un lado de la cama, nos quedábamos así hasta que las bocas, esófagos y garganta se quedaban en línea recta. Entonces nos metíamos una zanahoria tan profundamente como podíamos, yendo con cuidado de no dañarnos. Entonces marcábamos con los dientes la zanahoria y comprobamos quien lo había hecho mejor. Siempre ganaba Sarah. “Me ganas siempre porque eres más vieja y gorda” le dije una vez. Me estampó una bofetada tan fuerte que vi las estrellas. “No me vuelvas a decir vieja y gorda en la vida” me advirtió y se fue llorando. Aprendo trucos, como extenderme pasta dentífrica en la mano derecha, de manera que si un cliente no es el súmun de la higiene, yo pueda aspira el aroma de menta fresca e imaginarme en los Alpes nevados en vez de soportar aquel pestuzo de amoníaco y urinario público. Aprendo a tratar con hombres que adoran llevar cositas con puntas y encajes… Cuando te encuentres delante de un hombre que se quiere poner un vestido, escucha atentamente. Quizás sólo quiere que le digas que está muy guapo con unas medias rosas y explicarte hasta qué punto le gusta sentir el tacto suave de este material contra sus partes. O quizás quiere ser una lesbiana para hacer el amor con otra mujer. También puede ser que el caballero quiera ser tratado como un marica revienta medias, y quieran ser insultados y humillados de mil formas etc.

EN EL MERCADO


Un poema de Pedro Gandía

Vende hilo de coser en un puesto ambulante
su luz reduce agosto a una negra humareda
regresa a tu memoria Rabat, aquel verano
el Juba adolescente del Museo Arqueológico.

Nadie percibe aquí este anónimo bronce
más pasional y bello que todas las estatuas
sólo los vivos brillos de su mercadería
desvían la atención de alguna ama de casa.

AQUEL DIA EN LA PLAYA


Fragmento extraído y traducido del catalán
de la novela Estimat Enric, Estimat Alfons
de Monserrat Cornet


Pienso qué hubiera hecho si no te hubiera conocido. Es tan extraño todo eso. Dicen que no se puede ir en contra del destino. Yo sé que buscaba una respuesta a mi desazón y tú me la supiste dar. De pequeños cuando íbamos juntos a la escuela, me daba cuenta que tu compañía lo era todo para mí pero no habíamos descubierto el sexo que, más tarde nos uniría. Me gusta tanto recordarlo. Fue en Palamós a los dos nos gusta madrugar. Entonces, descalzos, paseábamos por la arena, nos mojábamos los pies en una mar quieta, tranquila, sin olas. La playa estaba desierta. En aquellas hora, nunca había nadie… teníamos diecisiete años cuando nos descubrieron. Tú me cogiste de la mano y caminamos un rato, juntos, callados. El contacto de tu mano fue como una corriente eléctrica que me atravesó el cuerpo. ¡Qué sensación más agradable! ¡Cómo me satisfizo mi deseo! Caminábamos por inercia, y de vez en cuando, nos mirábamos y nos apretábamos las manos. Cuando llegamos a las rocas, a nuestras rocas, aquella mañana fue todo diferente. De tu cuerpo salía una luz extraña que me atraía y no me dejaba ver nada más. Cómo nos amamos y nos llenamos el uno del otro. Qué placer más inmenso. Y a partir de aquel día, todo cambió para nosotros. De aquel día hasta ahora, vemos el mundo de otra manera. Me gusta imaginar aquellos instantes, ahora que ya no estás. Pienso que cuando lo leas te arrepentirás de haberte ido y querrás volver. Ojala fuera así. Te espera, tu Enric.

2.11.09

ROSA SUPERSTICIOSA


Un poema de J. Ricart

Pesa en el pecho el polvo acumulado
sus hojas, besos, lluvia y sangre antigua;
supersticioso se resigna al aire
con cautos recuerdos y otras excusas.
Di ¿por qué negar lo que nos es propio,
si hemos nacido para un sol más limpio?
esta sonrisa húmeda aún de infancia,
tu cuerpo: paz y al tiempo compañía...
Mírame igual que se lee un poema
porque todo se inclina por los ojos,
quítale el filo a los porqués y cómos
y no se espinarán así las manos.
He tirado la voz por las esquinas,
el viento lleva la última palabra:
¿Hasta cuándo este silencio entre comas,
juntos siempre en nuestra propia distancia?

SESION DE PELUQUERIA


Fragmento extraído de la novela
El ejército de salvación de Abdalá Taia


Me parecía normal sentir aquella clase de deseo por todo lo que se relacionaba con Abdelkebir. Y es algo que, en mi mente, ha sido normal. Si se trataba de mi hermano, yo no me prohibía nada. Todo era natural. Abdelkebir medio tanta felicidad que ahora me hace llorar. Lloro por haber tenido como un hermano como él, que estaba ahí para nosotros, para mí. En nuestra casa no había cuarto de baño y sólo un retrete. a Abdelkebir degustaba lavarse la cabeza tres veces a la semana. Yo le ayudaba siempre: vertía despacio agua caliente encima de su cabeza inclinada sobre el fregadero de la cocina. Si ahora me encantan las nucas, se debe a que observé durante mucho tiempo la de mi hermano, fina y suave. A menudo sentía un impulso de inclinarme un poco más y abrazarlo con ternura. Me daban ganas de tender mi mano hacia su nuca y acariciarla, de hacerle cosquillas con cuidado y oír la risa de Abdelkebir. Meter los dedos entre su pelo, jugar, tirar, dibujar, rascar, soñar… Tenía ganas de hacer tantas cosas cuando estaba con Abdelkebir. No me controlaba. Y no me esquivaba. Le sacaba el pelo y luego, fascinado, miraba cómo se lo peinaba con frenesí, con energía. Me quedaba admirado ante aquella mezcla exquisita de coquetería y virilidad. Todo, todo, todo en mi hermano me complacía y me inspiraba.

UN POEMA DE SEVERO SARDUY


Incrustarte cascabeles en las mejillas
con cal escribirte en la frente
con rayas espirales pintarte el sexo
las nalgas con discos fluorescentes

líneas de puntos blancas
agrimensor de tu cuerpo negro

firmarte la cabeza
cubrirte los pies de yeso
flores de oro en las manos
ojos egipcios en el pecho

ideogramas blancos
un mapa negro tu cuerpo

LA PRIMERA PAJA


Fragmento extraído de la novela
De incógnito de Matthew Rettenmund

John estaba chupando un polo metódicamente y hallaba cierto alivio en la punzada fría que se le hincaba en el paladar mientras devoraba el cilindro de color rojo cereza. A veces, cuando comía aquella clase de helados, le asaltaban fugaces escenas de un “francés” una actividad extraña y misteriosa que sólo alcanzaba a imaginar según las más variadas descripciones que del acto hacían los chicos del colegio. Había entendido, que básicamente, se trataba deque una chica se metiera la polla de un chico en la boca, aunque también lo hacían los maricones. Se lamía la palma salada de la mano y luego se agarraba el pene erecto, para a continuación, moverla arriba y abajo con fruición mientras se imaginaba la boca de alguien engullendo su miembro. Aquello lo excitaba muchísimo, pero nunca conducía a nada. Se suponía que los chicos explotaban cuando practicaban el sexo, que en teoría un chorro de semen que tenía que salir disparado a borbotones, sin embargo, a sus diecisiete, John no tenía ni idea de cómo conseguirlo. Le encantaba toquetearse y de hecho lo hacía tantas veces que sabía que era enfermizo, pero nunca lograba llegar al extremo de estallar. De eso se ocupaban sus sueños, cuando por las mañanas le dejaban los calzoncillos mojados y pringosos. Había estado masturbándose en el váter con un ejemplar de la revista People. No tenía que pensar en actos sexuales específicos cuando fantaseaba con Tom Cruisse. Sólo pensaba en sus cuerpos desnudos, en los momentos en que, con los brazos encima de la cabeza, dejaban al descubierto el vello de sus axilas, en sus culos, en cómo debían de ser sus pene. Se preguntaba si tendrían la polla y los huevos enormes y peludos, como aquellos tíos horrendos pero innegablemente sexuales que se tiraban a aquellos pingajos de tías en las viejas películas porno.

UN EPIGRAMA DE RIANO


Los muchachos: un laberinto sin salida. A cualquier lado
que mires, te atraparán como en liga de cazador.
Por aquí seduce Teodoro, el opulento vigor
de su carne, la intacta flor de sus miembros-
Allí es el rostro dorado de Filocles,
que aunque no muy alto, está lleno de gracia celeste.
Y si te vuelves a mirar a Leptines, quedarás
inmóvil, incapaz de moverte, cual si te atrapase
tus piernas un imán poderoso; tal brillan los ojos
del muchacho y él todo de pies a cabeza.
¡salud, hermosos muchachos! Que lleguéis a la edad
adulta y que un día tengáis la cabellera blanca.

POCO A POCO



Fragmento extraído de la novela
La historia particular de un chico
de Edmund White



¿Los has cogido alguna vez los dos en una mano? Me preguntó. No, le dije ¿cómo se hace? / Primero tiras saliva en la mano, que te quede bien mojada.¿Ves? después.. Ven hacia aquí, sube un poco… se juntan así. ¿Se está bien eh? Sí, dije, sí que está bien. Como que sabía que no me permitiría que le diera un beso, coloqué mi cabeza detrás de la suya. Y sin decir nada, los labios contra su nuca. Tenía un cuello suave, largo, delgado demasiado delgado comparado con la medida de la cabeza, en aquello también parecía una criatura. Al calentarse los dos cuerpos, noté una ligera exhalación de su olor, que no era agria como la de los adultos, sino acre, el aroma de la cebolla tierna bajo la lluvia. / ¿Quién comienza? Preguntó/ ¿A encular? Me parece que nos tendremos que poner así. / No funcionará sin material. Yo comienzo, dije. Aunque había puesto mucha cantidad de saliva, tanto en él como a mí. Continuaba diciendo que le hacía daño. Sólo había penetrado un par de centímetros cuando me dijo: Salte fuera, enseguida. Estaba acostado a su lado, la espalda contra mí. Pero yo podía ver por encima de su mueca de dolor. / Ostras! parece que me hayan atravesado con un cuchillo. El dolor se le calmó y con el coraje de un escolta exclamó: venga, vuélvelo a intentar. Pero poco a poco, y me tienes que prometer que te saldrás cuando yo te lo diga. Esta vez fui entrando milímetro a milímetro, haciendo una pausa entre etapa y etapa. Notaba cómo se le relajaban los músculos. / Ya la tengo adentro? preguntó / Sí / ¿Del todo? / Casi. Ahora ¡sí que ya está! / ¿De verdad? Estiró la mano hacia su ingle para comprobarlo. Sí que está comentó. Pues venga, me ordenó, ahora entras y sales, pero poco a poco. Intenté unas embestidas más y le pregunté si le hacía daño. Hizo que no con la cabeza. Flexionó las rodillas en dirección al pecho y brincó alrededor de mi cuerpo. Le pasé un brazo por encima del cuerpo bello y flexionándolo encima de su pecho, tenía unas costillas sorprendentemente pequeñas, incluso podía contarlas; ahora que se había relajado del todo podía penetrarlo cada ve más adentro. Qué sensación más agradable que un niño tan fuerte y musculoso…

VIRGEN PRINCIPE INFERNAL

Un poema de Pedro Gandía

Una de esas bellezas de lujo y raza. Glaucos
ojos tras los que erraba el duque de Frenuese.
En la pista de baile, irrumpe como un sueño
sometiendo el placer.

Edecán de los hielos en brazos de la música.
un gesto suyo aboca al reino del no ser.
Su entreabierta camisa expone el halo mórbido
de un nenúfar d’enfer.

Al alaba, se retira solitario a su alcoba.
Y el espejo le jura que no ha de envejecer.
masturbado en el otro, su esperma se desliza
por el amanecer.

En el gélido fuego de su virginidad.
impera día y noche.
Y no se quema nunca.

EL PRIMER BESO


Fragmento extraído de la novela
Los ángeles caídos de Eric Jourdan

Entonces empujado por toda mi sangre, me incliné sobre el rostro que amaba, superé el cálido obstáculo de su respiración y noté en mis labios entreabiertos cómo se abrían otros labios. Torpes y febriles, no nos atrevimos a movernos. Tenía su diminuto rostro debajo del mío; Gerard se transformó en esos dos enormes labios que estaba besando. Nos quedamos sin aliento muchas veces y lo recuperamos respirando el mismo aire sin separarnos; nunca había sentido que mi corazón fuera más grande ni la felicidad me pareció tan cercana al dolor físico. Mi rostro había besado tanto que tenía la sensación de que estaba hecho con diez mil bocas. Nos habíamos convertid en dos muchachos distintos. El pasado no existía, nuestra amistad se quitaba su máscara de guerra y, lentamente, el amor pondría sus manos sobre nuestros verdaderos rostros y nos sacaría los ojos. ¿Cuánto tiempo estuvimos con la boca pegada a los labios del otro, acariciándonos de tal forma que el mínimo gesto era capaz de herirnos? No lo sé, pero debieron ser horas, y cuando yo creía estar en otro mundo, sentí nuevamente la lengua de Gerard buscando la mía. Descubrí que su paladar era un auténtico palacio, como un niño maravillado en el interior de una casa encantada, y entonces le entregué mi boca; acto seguido, con la fogosidad de mi primer deseo, me eché a su lado. Nos abrazamos con la violencia de dos gladiadores luchando por su vida. Seguía buscando su boca como si fuera ése, siguiendo aún con el juego de palabras, el único palacio donde pudiera rendirse homenaje a nuestro amor. La saliva de Gerard era tan fresca como el agua. Pero sus besos la hacían arder. En una voz tan baja que tuve que pedirle que lo repitiera me dijo: Eres muy hermoso. El amor era ese jardín maravilloso cuya verja no nos habíamos atrevido finalmente a cruzar para recoger las flores de la carne.

28.10.09

EL MAR DE HOMERO




Poema extraído del libro
El mar de Homero de J. Ricart


Tú, innominadamente extranjero,
convéncete de esta caducidad,
desbaratemos las manos cordadas,
seamos felices sin mala conciencia:
con la boca, con la lengua, con dientes,
con saliva, con sudor amoroso,
con esta piel rubirroja y combusta;
aquí mismo, en este paraíso último
de azul y oro eléctrico de playa.
La tarde es idónea para el desnudo
o quizás para una ternura nueva.

LA BELLEZA DEL PUPILO



Fragmento extraído de la novela
La estrella de la guarda de Alan Hollinghurst


Asintió con la cabeza y el pelo le volvió a caer por la cara, Durante la hora siguiente vi cómo aquel flequillo rebelde pasaba del bronce al oro al secarse al aire, las diversas maneras en que jugaba con él, el gesto indolente de la mano, el súbito garrón, las ineficaces cabezadas y el tiempo que transcurría hasta que volvía a cubrirle los ojos con toda su lustrosa luminosidad. Pero de momento, cuando nos quedamos a solas, no le miré: mis ojos reconcentraron obtusamente en el aparador. Era tan alto como yo ¿Se daba cuenta de que le estaba midiendo y sopesando, podía intuir los aguijonazos del deseo que me recorrían la espalda cuando veía aquel tobillo desnudo y bronceado entre pernera y mocasín? Era arduo decidir si el aire de soberbia y de recelo en su mirada iba más allá de la cautela habitual de un muchacho frente a su profesor, o del hielo aún intacto entre dos personas que apenas se conocen. Su cara no me era desconocida, por supuesto, aunque me tuve que contener, cuando se sentó frente a mí al otro extremo de la mesa esperando que comenzara la lección. Del padre debía de haber heredado la nariz larga y los pómulos marcados que le daban un aire de azteca rubio. Sus ojos estrechos e incoloros, tenían la misma mirada perdida de su madre, pero con más cautela y agudeza, mientras que la ancha boca parecía cargada de involuntaria expresividad, con gruesos labios que descubrían, cuando conseguí por fin sacarles una sonrisa, caninos fuertes y sensuales, y anchas encía. Su labio superior era un poco demasiado lleno, una curva de carne enroscada bajo la nariz, sin hendidura en medio, que acababa en una abrupta línea recta, como si lo hubieran rematado con un impaciente golpe de espátula.

DESCAMPADOS


DESCAMPADOS 2

Fragmento de un poema
de Nelson Simon

Helado estoy. Contaminado por el paso de los coches
y el lujo de una falsa libertad que termina
en los escaparates de los luminosos almacenes.
Necesito una lluvia tropical que me anegue,
y luego todo el verdor y el brillo de las cosas sencillas
que no arrastran sus chorros hacia las cloacas.
Ahora me estremezco. La música retumba y los hombres
se buscan en las dunas, bajo la paja seca.
Yo afino mi oído uno chorrea su baba de viejo lobo ibérico,
otro brama como un toro al hundirse la pica
entre sus bravas carnes, otro se sueña flor
-aroma delicado Ives Saint Laurent
sobre trozos de tubos y placas de hormigón -.
Abandono total y la ciudad creciendo hacia los descampados.
Apunto de extinguirnos en el mínimo ruedo que nos dejan,
respirando el último oxígeno y el viciopara sentirnos vivos.
Helado estoy. Contaminado.Aquí huelo a laurel y cerezas escarchadas.
Muy cerca un sexo se levanta victorioso, reclama mi atención,
escucho el latido que se siembra en su costado.
Estoy en mi zona más telúrica. Tiemblo y me agrieto.
Los músculos se sueltan y las abuelas
ignoran estos sitios mientras hierven su corazón
jubilado en los pucheros.Me agrieto y tiemblo:
me sacude un sismo de seis grados.
Edificios al fondo y hermosos cardos
que deshidratados se instalan en mis ojos.
¡Cuánto color descubro entre la paja seca y moribunda!
¡Parecen girasoles los cardos en invierno!
No hay más remedio que inventarse el placer.
Poner parches, costurones negros donde
quisimos encontrar la felicidad.Helado estoy. Contaminado.
Y aún faltanalgunas tristezas por contar
para que llegue el verano.Descampados del alma:
fruto inevitable de la lejanía.Pasan hombres tocándose.
Sexo rápido y áridoy yo entre ellos:
abandono total, ausencia del amor y la ciudad
creciendo, arrinconándonos, mecánica y moderna,
en estos claros mataderos, que son los descampados.

CRIADO DOMESTICO

Fragmento extraído de la novela
Sígueme de Cristóbal Ramírez


En la ducha debía enjabonar a Aleix, no sólo la espalda, sino todo el cuerpo. Primero le lavaba la cabeza, con champú a la ortiga, manejando los dedos con cuidado. Si le caía champú en los ojos me pegaba una hostia en cuanto podía abrirlos de nuevo. Debía poner especial cuidado al enjabonarle los genitales. Si lo hacía con tiento, sonreía favorable. Si le rascaba, estrellaba con fuerza su mano en mi culo mojado y desnudo. Según mi humor se lo hacía delicado o destemplado. Le rascaba más a menudo. Sabía apreciar el eco que producían en el baño los azotes fogosos que estrellaba en mi trasero, mucho más que los que sonaban en el salón cuando me abofeteaba. Lo miraba calmo e intenso a los ojos cuando le rascaba y mantenía la mirada en duelo hasta que me golpeaba. Los golpes sonaban histéricos, encendidos. A veces, si no quedaba satisfecho con los azotes, me pellizcaba las nalgas, apretando los dientes, convirtiendo sus labios en apenas una fina línea de perversión hasta hacerme llorar. Después de la ducha, anudaba una toalla a mi cintura y lo secaba con cuidado, primero el cabello sedoso, luego su cuerpo sólido, de carnes prietas, sin pizca de grasa, comenzando por las extremidades, por último el tronco. Le ponía desodorante en las axilas y los pies. En el dormitorio lo vestía con sumo cuidado jugábamos otra vez. Me arrodillaba para ponerle los calcetines. A veces me fijaba porque la tenía crecida y, si titubeaba, apoyaba su pie ne mi hombro y me lanzaba hacia atrás. Yo volvía embriagado a mi trabajo con Aleix. le metía los calzoncillos y los Levi’s. Luego sus camisetas prietas. Debía ajustare bien el cinturón, ni comprimido, ni suelto. Si lo hacía correcto, cuando había terminado, me abrazaba y susurraba en mi oído: Lo has hecho muy bien, Calvin, muy bien.

BATALLA ULTIMA



Un poema extraído del libro Amuatar
de Pedro Gandía Buleo



Abrumador ejército de lanceros, su sangre
embiste incontenible la virginal y negra
carne que se dibuja en ajustado cuero.

Los potros se encabritan por la cintura ígnea,
por los ojos de turbios y anhelantes rubíes,
por los labios, venero de besos criminales.
Y, en la tiniebla, grita la pasión de los hieros.

Con furor de volcanes, penetra una y mil veces
al desnudo satánico y lo sacia de lava.

El gímnico celeste afila sus estrellas.
la escena es un sueño que vomita el submundo.
Los hijos de la noche destruyan el poemario-.
jamás haya otra lumbre que el hipnótico espejo
líquido de la pátera del infernal doncel.

ABDELKADER



Fragmento extraído de la novela
Carajicomedia de Juan Goytisolo

Una tarde desabrida y fría, con ráfagas intermitentes de nieve rápidamente fundida en el fango y alquitrán del bulevar de Rochechouart, me refugié en la entrada del cine Trianon, punto de cita de numerosos inmigrados norteafricanos, frente a una de mis estaciones favoritas de devoción y recogimiento. Entre la media docena de magrebís que examinaban los fotogramas expuestos en el vestíbulo, advertí la presencia de uno, corpulento, malencarado, que tras larga espera contemplativa del bulevar semidesierto, corrió de un tirón a la capilla de mis jubileos y desapareció en su interior. le imité al punto y ocupé el puesto libre, contiguo al centro de la vespasiana, para espiar a mis anchas el zangoloteo de una tranca que por su solidez y volumen nada tenía que envidiar a la de Abdalá. Él proseguía su manipulatio demostrativa, absorto e indiferente como un ídolo yucateco y no movió un músculo del rostro cuando adelanté mi mano incrédula al sancta sanctorum a fin de comprobar, como el apóstol Tomás, la tangibilidad del milagro “Ven al hotel conmigo” le dije. Él se abotonó el braguetón y me siguió sin decir palabra. Abdelkader tenía entonces una treintena de años y trabajaba en los ferrocarriles. Había perdido dos dedos de la mano izquierda en un accidente laboral y sus muñones, como brotes truncos añadían una nota de aguzadora crudeza a su estampa de obrero curtido y áspero. Por una razón que ignoro, nuestro primer encuentro revistió un carácter excepcional: no quiso coyundar y ofreció una y otra vez su magnificencia a la beatitud de mis labios. También se resistió a aceptar mi diezmo y lo guardó al fin tras hacerse rogar. Vivía de la diaria exhibición de su banderín para el enganche de reclutas: era su útil de trabajo, bastón de mando, generador y dador de placer y energías. Su virtud brotaba en cauce manos y ancho. Nunca le vi mostrar cansancio ni abatimiento: si interrumpía la partida, lo hacía a ruegos del enclavado, del venturoso imitador de Cristo en la cruz. De ordinario pernoctaba en hoteles de la zona de Pigalle en los que yo me colaba con él durante el sueño del portero. El grosor de su mango parecía superior al gálibo de los túneles y arcos más transitados. Pero el empeño paciente y una lubricación adecuada obraban portentos. Abdelkader aprendió a jugar con los dedos arracimados en las áreas sensibles y eréctiles, combinando el imperio del a fuerza con la destreza y la suavidad.

TIENES LA SONRISA




Traducción del catalán
de un poema de Jordi Petit

Tienes la sonrisa
inquieta y dulce
de aquellos niños mártires
de los libros de religión
y miras claro, indolente
lleno de deseo
como la noche
que todo lo quiere volver mágico.
pareces ausente
de quien te busca
y te envuelves en silencio.

No es difícil
imaginar desnudo
tu cuerpo
ni morder lentamente
tus pechos
hasta inundarte
de serpientes alrededor
de tu pene y sentir
entregarte
al placer lujurioso
de las tardes rojas de verano…
las sábanas blancas
y la ventana llena de pájaros.

Me gusta imaginarte perverso
sin que tenga que decirte nada más.

22.10.09

AMANECER JUNTOS


Fragmento extraído de la novela
El silencio roto de Mariano García Torres


Las horas diáfanas junto a Alberto. Íntimamente junto. El vello, seda negra de su torso de oro acariciando mi piel. Y, tras la piel, el verbo. Estremecidos mi piel y mi verbo, mi esencia, mi totalidad, por el roce, por el goce, por le contacto del latido profundo de su pecho; latiendo por mí, de mí, como el mío, al unísono. Redimiendo recelos, prejuicios, sentimientos de culpa en la verdad sin límites, inconmensurable, ineludible de la atracción primaria, plena absoluta. El tiempo gozado por minutos, por segundos y a la vez intemporalmente, que siempre será poco, sería poco aunque hubiera más, aunque hubiera todo el tiempo. Silencio, silencio…la conciencia de esa dimensión incontrolable, disuasoria golpeando mis oídos. El relajarse un rato, tras la pasión encontrar la dulzura, y tras la dulzura la paz. Después el sueño; necesidad perentoria, inapelable, incontrolada. El despertar y el decir o el oír decir “¿Estás despierto? Y otra vez la pasión, intensa, desesperada, contra un reloj que jugaba en contra nuestra. Tlatelolco dorándose, y más tarde fulgiendo, y luego el ocaso, y luego la noche, lapislázuli y ónice negro, y otra vez dorándose… Apurando el momento, recuperando el tiempo perdido, hecho de mutismo, de incertidumbres, de temores, y el instante que tampoco nos aguardaba al despertar en el recodo del sino. Ningún pudor, ninguna tregua y muy pocas palabras; porque son peligrosas, ineficaces, imprecisas; porque pueden conducirnos al principio sin retorno. Vivir plenamente cada instante, amando plenamente, gozando de la intensidad, desesperanza y desesperación. Y dejar una huella lo más indeleble posible en torno a los ojos, en torno a los labios, en torno al cuello, en torno al alma. Ahora sí, porque éste sí es mi juego, pocas veces jugando por falta de jugadores que sepan jugarlo sin trampa, con toda limpieza. La noche otra vez, la palabra ineludible; el despertar inevitable.

PISCINA

Un poema de Luis Antonio de Villena

Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.

Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.

Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.

Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.

BATALLA DE PLUMAS



Fragmento extraído de la novela
Amor de hombre de Yolanda García Serrano

Roberto es un chico que se ha instalado en mi casa, y hasta ahora todo funciona como había imaginado. Hacemos el amor todas las noches y sabe cómo encontrar mi punto flaco. Está muy guapo con mis camisas y cuando le veo entrar, me siento un adolescente juguetón. De todas formas, me molesta reconocer que echo de menos a Esperanza. Ahora le tengo a mi lado, en el sofá. Roberto me da golpecitos en el brazo y sé lo que significa. Como es más fuerte que yo, acabará tirándome al suelo y colocándome encima de mí para iniciar una pelea que terminará en la cama como siempre. Los golpes son cada vez más fuertes, incluso me hace daño con el puño. No se da cuenta de que no estoy acostumbrado a las peleas, ni siquiera cuando era niño lo hacía con mis amigos, pero he descubierto al cabo de los años lo divertido que puede ser. Al ver que no respondo, me inmoviliza con su cuerpo y noto que los cojines se hunden con nuestro peso. ¡Bestia! Te vas a enterar, le digo mientras me aprisiona. No puedes conmigo. Y ahora me hace cosquillas. Sabe que no lo resisto, se me van las fuerzas con la risa y estoy en sus manos. Me agarra un ridículo michelín de la cintura que no consigo eliminar con mis horas de gimnasio. Es tan pequeño que a simple vista no se ve, pero si relajo el cuerpo, puede notarse al tacto. Esto no me gusta nada dice, Yo no soy profesor de gimnasia y no me dedico a enseñar el cuerpo. Te lo veo yo y me molesta. Pues cierra los ojos. Hemos caído al suelo y sigue aplastándome con su cuerpo. Las piernas son como dos barras de hierro que no me puedo quitar de encima. Sujeta mis manos por encima de mi cabeza y ríe como un río. Me encanta el brillo de sus ojos verdes cuando me tiene en su poder. Se ha enfadado. No le contestó entre risas. Sí, se ha enfadado porque le he llamado fofo. No estoy fofo. Y déjame, porque me haces daño. Estamos los dos congestionados con el esfuerzo. Por fin consigo escapar de sus manos y corro hacia la habitación. Él me persigue mientras sigue llamándome fofito y salta como un animal sobre la cama. Luego se quita la camiseta y comienza a darme golpes con ella, pero esta vez son más suaves, preludio de las caricias que vendrán a continuación.



DOS POEMAS DE IBN SHAL



Tengo un amigo

Tengo un amigo que ha dejado, exquisito, a las mujeres
y se ha volcado en el amor de los muchachos.
Un día en que lo vi preocupado,
haciendo de tercero entre una mujer y un hombre,
lo colmé de reproches y me dijo:
“Cuando este amor pasa los límites puede plegarse
a ser intermediario entre las mujeres”


Me traes una manzana

Me traes una manzana, que parece tu mejilla,
más fragante que el elogio, más dulce que la esperanza;
viene de mediadora entre el amado y el amante,
promete la unión y enrojece de vergüenza,
cura en mi pecho las heridas del deseo
y la hiero con lágrimas y besos.

UN DIA EN LA PISCINA



Fragmento extraído y traducido
de la novela Sin cobertura de Dolors García


Extendimos las toallas en un rincón de la hierba, envueltos de familias con criaturas gritando y de un grupo de niñas más pequeñas que nosotros, que no paraban desaplicar expresamente para provocarnos. Cuando vieron que ni las mirábamos, se fueron a molestar a otro lado. Deben de ser aquellos. Escuché que decía una a otra, riendo como una tonta. ¿Quieres decir maricas? contestó la otra sin bajar nada la voz. Sendal también lo había oído, pero no dijo nada. Pasamos dos horas inmersos en aquel silencio que me confortaba tanto. Nos metimos in par de veces en el agua y fuimos a buscar Coca-cola y bolsas de patatas fritas. Yo me sentía tranquilo, pero adivinaba que aquel día no sería como los otros. De vez en cuando, miraba a Sendal, y desde muy adentro me subía un trago de ternura que incluso me llegó a humedecer los ojos. Pero disimulé tanto como pude. Acostado tripa abajo con el sol calentándome la espalda, con la cabeza tumbada hacia mi amigo, recordaba retales de nuestra vida. Los proyectos en común, los largos ratos de silencio, las conversaciones interminable cuando arrancábamos, la complicidad en tantas y tantas cosas que nos unían, pero también se me hizo presente que, por primera ve, lo había visto de otra manera. Fue un hecho que me conmovió mucho y me espantó. Mientras esto pensaba aquella mañana de domingo tumbado a su lado en el césped de las piscinas municipales. En todo aquellos años no me había dada ninguna pista de nada. Pero yo había continuado a su lado, haciendo planes con él, ahogando mis sentimientos cada vez que sentía que se disparaban e intentaba poner orden en un lío de emociones que me perseguía a toda hora. Aquella mañana de domingo, yo ya estaba seguro de lo que sentía. Pero necesitaba más que nunca hablar con Sendal necesitaba saber qué teníamos qué hacer, fuera lo que fuese. Cuando abrió los ojos, encontró los míos clavados en su cara, a un palmo de distancia. Sonrió. – ¿Quieres venir a comer a casa? me preguntó. No hay nadie y mi madre me ha dejado pollo asado para que lo caliente. Podríamos preparar una ensalada, también. Nos vestimos y reímos de las caras tan rojas que teníamos. Parecíamos dos gambas. Somos tan blancos que el sol enseguida nos coge. No habíamos pensado en ponernos ninguna protección y llegamos a casa de Sendal con la cara y la espalda que nos escocía. Creo que, en algún lugar, hay una loción de esas para después del sol, dijo, rebuscando en un armario pequeño del lavabo y sacando una botellita blanca. Se quitó la camiseta y me pidió que le pusiera. Después él me la puso a mí. Cerré los ojos bien fuerte mientras sus manos me recorrían la espalda poco a poco, con una pequeña presión. Me pasó por la cabeza que hubiera querido hacer eterno aquel momento. No me importaba nada pensar que aquellas cosas tan idiotas.

DOS DECIMAS DE SEVERO SARDUY



I

Tu cuerpo se recortaba
contra la persiana oscura
trazando una línea pura
-la del torso- que ondulaba
con tus gestos. La chilaba
-una línea paralela-
en el espejo, una vela
y la curva de una fruta
eran la doble voluta
que estructuraba la tela.


II

Ya lo ves, de aquella brasa
cuyo ardor te calcinó,
saciado, sólo quedó
dispersa ceniza escasa.
Muda inconstancia que abraza
el aparente sentido
del cuerpo oscuro y prohibido
-o del tuyo en el espejo
de la otra piel-. No me quejo
de arder. Ni de haber ardido.


CAPITULO FINAL



Fragmento extraído de la novela
La noche es virgen de Jaime Bayly

Caminamos callados, las manos en los bolsillos. Coco más rápido que yo, apurados erial, machazo. Yo atrasito. Qué rico es caminar por esas calles sucias y peligrosas al lado de un chiquillo picotón. Qué rico es sentirse puto y coquero y perdido. Me tienes en el bolsillo, Coco. Eres todo mi tipo. Me podía enamorar de ti. Pero no lo voy a hacer porque sé que me despreciarías, que ni siquiera me cacharías por plata. Sé que te daría asco tirar conmigo. Así me trató el Matías, y me dejó hecho mierda, y por eso me quise matar. Y creo que ya aprendí. Por eso no me hago ilusiones contigo. Y sigo pensado en mariano. Mariano, sí me quiere, sí me agarra con ganas, sin ascos. Porque lo único que he aprendido hasta ahora es que hay dos tipos de hombres: los que se desviven por una pinga ajena y los que sienten asco ante la sola idea de tocar pinga ajena. Yo es obvio, soy de los primeros, y eso lo llevo hasta la tumba y ya no hay quien me cambie. (Y por favor olvídate de inyectarme hormonas mañanas: too late, darling)

OTRO POEMA DE MELEAGRO


Durante un sueño nocturno, Eros me llevó bajo mi colcha
a un muchacho de dieciocho años, vestido de clámide.
mas yo, juntando mi pecho a su delicada piel
alcancé tan sólo vanas esperanzas.
El deseo de esa imagen aún me encandila
y siempre quieren cazar mis sueños aquel fantasma alado.
Alma enferma, deja ya de buscar en la noche,
consumiéndote al calor de una belleza vana.

REUNION DE MADRES GAYS




Fragmento extraído de la novela
Junto al pianista de David Leavitt


Bueno, la razón por la que estoy aquí es que esta Navidad, mi Allen, ha venido a casa y nos ha dicho que era, bueno, gay. y he estado… bueno, lo he pasado muy mal asimilándolo. Bueno, os lo podéis imaginar, es algo que nunca había esperado que sucediera. Las otras mujeres asintieron; lo sabían. Allen es un chico normal del todo, no es afeminado ni nada de eso, y me parece, sólo tiene veintiún años, que es un poco pronto para que haga una elección. ¿Sabéis? pero dice que no es una elección. Enredó los dedos en la tira del bolso. ¿Y por qué estoy aquí? para averiguar lo que debo decir porque cada vez que intento hablar con él meto la pata.


Mi bien mi situación es un poco diferente de la tuya, Enid, porque mi hijo me lo dijo hace cinco años. Todo eso de la asimilación yo ya lo he pasado. Puedo aceptar que sea gay. Lo que no puedo aceptar es su modo de vida. Tiene veinticinco años y no hace nada. Vive en San Francisco y trabaja en una tienda que llama, y no es broma ¿Lo sabe tu madre? las otras mujeres se echaron a reír. Y el caso es que… leo sobre el sida y esas cosas, y me preocupa mucho, y por lo que sé pasa la mayor parte del tiempo en bares de homosexuales. Intento hablar de eso con él, intento decirle que debe encontrar un chico agradable y sentar la cabeza, y me dice que me calle. Dice que no es asunto mío.


Hola. También estoy en una situación un poco diferente de las demás, porque mi hijo… bueno en realidad no me ha dicho que es ejem, gay. Tragó saliva. En realidad… es que me da vergüenza admitirlo. Lo he descubierto porque cuando volvió a casa por navidad estaba limpiando su habitación un día…, él había ido de compras con su hermano…, y encontré una revista. Ya sabéis, de esas de sólo de hombres. ¡Dios mío, qué vergüenza me da! En fin, después de eso, supongo, bueno que tenía que salir de dudas. Miré en su maleta. Y había una foto… una foto de un hombre que conocimos cunado fuimos este verano de vacaciones a Italia. En la foto salía él más joven, pero lo reconocí sin lugar a dudas. Y en la parte de atrás había escrito “Eres todo cuanto deseo”

21.10.09

MI TIPO DE HIOMBREs


Fragmento extraído del relato
Sin fuerzas de Edmund White

Nunca había disfrutado de los ambiente gays, al menos nunca había encontrados seductores a los clónicos neoyorquinos. En contrapartida, a ellos no les gustaba su aspecto- gafas de montura de alambre, prendas de tweed demasiado holgadas, lustroso zapatos de policía- ni sus miradas. Era pequeño; cuando miraba, sus ojos eran burlones, se volvían agresivamente atentos o estaban humedecido de agradecimiento; su nariz era una prominencia roja, tenía un cuerpo delgado, sin ninguna característica especial bajo unos pantalones que hacían bolsas y una americana un par de tallas mayor, pero suave y bien proporcionado cuando se quitaba la ropa, un cuerpo pálido, sudoroso de luchador peso pluma de campeonato escolar, un cuerpo que a los clónicos les costaba mucho trabajo ver. La búsqueda de relaciones sexuales de Luke se había orientado hacia hombres convencionales de clase trabajadora o que se acercaran mucho a ese ideal. Había rondado por edificios en construcción, gimnasios de las afueras donde se practicaba la halterofilia, la bolera situad al otro lado de la comisaría de policía, un cine de Queens venido a menos donde pasaban películas de Kung Fu. Le gustaban los tipos que no besaban, echaban barriga de bebedor de cerveza, llevaban camisetas de manga corta de dacrón bajo las que se veía otra camiseta in mangas, miraban partidos de fútbol, sacudían la cabeza con frustración y murmuraban: Mujeres, les gustaba la compañía d tipos a quienes sus novias habían abandonado, bien porque eran demasiado aburridos o rudos, bien porque no eran suficientemente cultos o románticos. En París, se había hecho amigo de un boxeador marroquí abandonado a su suerte.

Por la noche, solía rondar por los destartalados cine de las inmediaciones de barbes- Rochechouart, el barrio árabe, os si hacía buen tiempo subía las escaleras de las calles que conducían hacia el sagrado corazón. Eran los lugares frecuentados por quienes lo atraían: hombres que carecían de mujer, infelices sin blanca o demasiado cortos para encontrar una muchacha que les hiciera caso, tipos que tenían un calendario don chicas desnudas clavado con una chincheta en la puerta del retrete y practicaban golpes de kárate mientras hablaban por teléfono con sus madres.

Había vivido muy rápido y amado muy poco, pero ahora exhumaba recuerdos de aventuras que antes nunca había evocado, como la vez que siguió a un vigilante nocturno cubano hasta un edificio de oficinas en la avenida Park y follaron en un montacargas que fueron parando, por simple diversión en cada una de las cuarenta y dos plantas. O recordaba las escenas sexuales que nunca habían ocurrido, como la de aquel verano en que tenía doce años, cuando se sentó junto a un caddy mayor que él en un banco esperando que empezara el juego, un día en que hacía mucho calor, no corría nada de aire y se oía el canto de los grillos. Había amoldado su pierna tan perfectamente al muslo del chico que al final éste se levantó y se puso como un basilisco llamándole degenerado. o pensaba en el policía que lo había esposado a la cama..

19.10.09

EL AVISO DE AGORA



La semana pasada se estrenó el último y esperado largometraje de Amenábar. Pese a la abrumadora campaña de promoción (propia de las superproducciones hollywodienses) la cinta no defraudó a los múltiples seguidores entre los cuales humildemente nos contamos. De las múltiples lecturas que plantea el film, quisiéramos hacer hincapié en el paso del paganismo al monoteísmo, de la tolerancia al dogmatismo cristiano sobre todo la barbarie ejemplificada en la toma y posterior destrucción de uno de los símbolos de la cultura antigua, la Biblioteca de Alejandría, y por extensión la extraña fascinación bibliofóbica de los sectores más radicales y fascistoides.

Todo un legado histórico y cultural quedó reducido en polvo y ceniza por la intransigencia de los “parabolanos” aquel escuadrón armado del primer cristianismo, que recuerda de cerca a las juventudes hitlerianas o sin irnos más lejos a algunos fundamentalistas islámicos. Recordemos que la historia de la literatura de la Antigüedad es simplemente una selección purgada de la Iglesia, un testimonio sesgado y adulterado desde la perspectiva cristiana. O dicho en otras palabras, lo que hoy podemos leer, son aquellos textos que han pasado la censura y que la Iglesia en tanto como institución y custudio del patrimonio greco-romano ha querido que perviviera. En el camino se han perdido infinitud de obras y autores poco ortodoxos como los propios escritos de la protagonista Hipatia.

En la actualidad y a pesar de las múltiples y aparentes libertades en el primer mundo, un gran sector de la comunidad gay vive cómodamente instalada - después de luchas y derechos conseguidos- en una sociedad de consumo material y por qué no decirlo también carnal, ajeno totalmente a las injusticias provocadas por la discriminación sexual que otros muchos gays padecen en otras latitudes. Asimismo quizá vivamos un poco confiados, y tal vez nos hayamos relajado, después de cierta tolerancia social el carácter combativo de los primeros movimientos homosexuales allá por los ochenta.

Después del visionado de Ágora, a uno puede inquietarle la reconversión forzada que sufrieron muchos alejandrinos paganos al credo dogmático y la moralidad cristiana. Y quizá uno, sin dejarse llevar por derroteros apocalípticos se puede plantear y si la historia volviera a repetirse, ya que el hombre es el único animal que gusta de tropezar insistentemente una y otra vez contra la misma piedra.

14.10.09

GACELA DE LAS JAURIAS DEL DESEO


Un poema de Luis Pérez Oramas

El sexo tiene sus hábitos obtusos
las voces, los jadeos
el mismo olor de un ácido inconstante
que no existe ni se nombra,
la mirada impenetrable
que desprecia o que desgarra.
Aquella edad que no envejece
mientras se esconde el cuerpo entre sus paños.

El sexo tiene sus hábitos obtusos:
calles, pequeños cuartos con ducha
para la luz de las mañanas.
El sexo tiene erguida su sombra efímera y espesa.
Un árbol seco
multiplicándose sin fin en los sótanos del día
con la palabra más rotunda
y sin respuesta.

El sexo tiene sus hábitos obtusos
que no descansan en el amarillento ni en los sueños.
Pasarán los años, las voces
y los húmedos jadeos en el extinto olor del cuerpo
no tendrán cabida en el banquete que no cesa.
Las mismas frutas, las mismas carnes pasarán
las mismas jaurías que buscan las jaurías del deseo.

SESION FOTOGRAFICA


Fragmento extraído de la novela
El sol de la decadencia
de Luís Antonio de Villena


No se trataba de contar nada, sino de sugerir tan solo. El joven marinero de un puerto perdido. Eso es el sueño. Una imagen sin tiempo, ambigua, turbulenta, pasional y adolescente. Bob estaba en esa clase de estricta masculinidad temblorosa y tierna, prieta en piernas y nalgas duras, y con aroma a verano. A flores excesivamente rojas, que emanan azúcar. Dulce tensión y sudor de un arco bravo. Pleno el pecho y limpio. La playa estaba vacía y el sol dispuesto en el tenue que se pedía. La salida de los antros clandestinos en un lugar de verano. El propio Taylor hizo de maquillador allí mismo. No era demasiado. Con la camiseta a rayas azules, algo rota, el pelo revuelto y una botella de ron, al lado, casi seca, la connotación era perfecta. ¿Ese chico medio caído, junto a unas rocas, al amanecer (al fondo el mar) ¿Dónde si no podría haber estado aquella larga noche? Los ojos tan azules, sabiamente torneados de khol, sugerían en su sombra otro reino de sombra, fiel a la belleza, en la puntual del exceso y la desolación, cuando la juventud se percata temerosa de sí misma, y se complace. Rompió más la camiseta. Le tumbó sobre la arena húmeda, descalzo. Le hizo humedecer los labios dos veces, para que fueran saliva y baño…

PERO YA NO LOS VEO


Un poema de Leopoldo Alas

Antes sólo eran ellos. No había edificios ni tiempo.
los veía por todos los rincones, fascinado.
Pero ya no los veo.
Ya no me pierdo tras sus pasos.
La ansiedad se esfumó
como nube que se lleva el viento.
¿De dónde viene esta clama y a qué me conduce?
Sin ellos, todo lo veo y todo lo escucho,
todo dice y significa,
todo extrañamente permanece.
Como si hubieran encendido la luz
en un inmenso cuarto oscuro,
todo está ahí dispuesto a acompañarme.
¿ Qué puede hacer un hombre
sin ambición y sin deseo?
Vivir sin tristeza, con los brazos abiertos,
y despreocupadamente esperar el paso de los días.
Sin ellos no hay cuidado:
no habrá miedo al amor ni al vacío.
No eran la sal de la vida.
Adiós a los hombres del mundo.

LIGUES DE PARQUE


Fragmento extraído de la novela
Las noches salvajes de Cyril Collard


Para combatir el dolor, había de bajar hasta la abyección a la cual recorría regularmente. Bajo el puente de Grenelle está el paseo de los cisnes; en cambio no hay ninguna luz que ilumine la noche. Formas humanas se encuentras, a excepción de que no sean cisnes negros, de Australia. Un chico con la cabeza afeitada, que llevaba unos pantalones ajustados y unas rángers, me puso contra una pilastra de las que sostienen el puente. Me hundió la rodilla en los cojones. La Maison de la radio brillaba delante, cuando el rostro del payo, se movía y lo desenmascaraba. Me escupió en los labios. Yo me meé en las manos y me restregué los meados en la cara. Olvidaba. Es el mes de Agosto. París está vacío, vacante, una ciudad con las entrañas tibias y ofertas donde adivino cuerpos que se pasean alrededor. Me pongo los tejanos, una camiseta y una chaqueta, y me voy a encontrar estos cuerpos mezclados. Un tipo alto y moreno, pelo de cepillo, pantalones de cuero. Las manos nos van directamente a las braguetas. Ni una palabra. Me pone contra una columna de hormigón, me obliga a que me arrodille, me coge la boca contra su polla empalmada bajo el cuero. Resbalo a lo largo de sus piernas, me extiendo de espaldas, me revuelco entre el polvo. Él pesa sobre mí la suela de sus botas, encima de los muslos, el torso, la bragueta. Saco la polla, me la pelo entre el polvo levantado por mis contorsiones de placer, descargo en el vientre. El goza encima de mí. Su esperma me cae encima de la cara y en le pelo. Se aleja, entra dentro de las sombras. Me levanto y camino a lo largo del muelle hacia el mundo de la superficie.

ARCANGEL DE LAS TINIEBLAS


Un poema de Vicente Alexandre

Me miras con tus ojos azules,
nacido del abismo.
me miras bajo tu crespa cabellera nocturna,
helado cielo fulgurante que adoro.
Bajo tu frente nívea
dos arcos duros amenazan mi vida.
No me fulmines, cede, oh amante y canta.
naciste de un abismo entreabierto
en el nocturno insomnio de mi pavor solitario.
Humo abisal cuajante te formó, te precisó hermosísimo.
Adelantaste tu planta, todavía brillante de la roca pelada,
y subterráneamente me convocaste al mundo,
al infierno celeste, oh arcángel de la tiniebla.

Tu cuerpo resonaba remotamente allí, en el horizonte,
humoso mar espeso de deslumbrantes bordes,
labios de muerte bajo nocturnas aves
que graznaban deseo con pegajosas plumas.

Tu frente altiva rozaba estrellas
que afligidamente se apagaban sin vida,
y en la altura metálica, lisa dura, tus ojos
eran las luminarias de un cielo condensado.

Respiraba sin vientos, pero en mi pecho daba
aletazos sombríos un latido conjunto.
Oh, no, no me toquéis, brisas frías,
labio larguísimos, membranosos avances
de un amor, de una sombra, de una muerte besada (…)

13.10.09

HERACLITO Y HERMOGENES


Un poema de Ángel María Fernández

Un grupo de chavales se amontona
como el verano sobre nuestras nucas
en torno a la piscina de Heráclito.
“El oscuro”, ese mote facilón
y pueblerino, lanzado con cariño
por el color de piel de un africano
padre echado a patadas, acompaña
al chico: mozo fuerte, cuerpo de hombre
pero tímido, luz de media vela;
la otra media el muchacho generoso
que cede sin pudor el familiar
chalé del millonario abuelo para
el ocio en el estío. Todos juegan.
el Heráclito observa desde lejos,
casi nunca patea, enfurruñado
como anda cavilando un apotegma,
un flaco haikú nuevo sobre el yayo.
las tardes son de helado y bollería
no hay viajes ni sirenas para el grupo,
opositan a centro delantero,
la vocación total, el nuevo dios.

Pero “el oscuro” no está solo aunque
lo parezca. El Hermógenes, amigo
leal, observa sus paseos, juega
duro y duro pergeña nuevos versos,
mira al cielo, dedica un gol, recita.

Desde algo similar a finas lágrimas
se miran a lo lejos, ríen, guiñan
un ojo, aman, pero no publican
sus amistad; quizás no sepan entonces
lo que los significa, quizá ahora
todavía son puros. No distinguen
lo que ya los separa para siempre del resto.

ESPASMO



Fragmento extraído de la novela
Teleny de Óscar Wilde


Tras unos instantes de voluptuosa manipulación, sus labios se unieron. Con un movimiento insensible le tumbó sobre la cama. Con un vigoroso golpe lo introdujo en el vestíbulo del templo, otro más lo opuesto mitad de camino, y con ayuda de un tercero lo hundió en el fondo del santuario. La firmeza de la carne, la estrechez del conducto exigían algún esfuerzo. Nuevos y vigorosos empujones lo hicieron penetrar hasta el fondo del tabernáculo. Entonces mientras una mano le acariciaba los pezones, lastra le abría las nalgas, le introdujo el aparato en la capilla opuesta. Tras unos segundos de este pequeño fuego, llegó el momento de compartir las delicias. El fluido lechoso, largo tiempo acumulado, no pedía sino salir. Brotó en chorros espesos, desbordando, inundando por el licor de la vida, testimoniaba con su dicha y mediante gritos y suspiros. Sus fuerzas le abandonaron brazos y piernas se pusieron rígidos y permaneció desmayado en la cama. Una copa de cava le devolvió a un sentimiento menos sombrío de las cosas de este mundo. El le cubrió de besos el cuello y los brazos desnudos, frotó las mejillas, con el espeso y negro matorral de sus axilas, sin cesar de acariciarla. Él se estremecía bajo el ligero cosquilleo. Lo estrechó contra su pecho, su falo enhiesto, saltando fuera de la jaula se lanzó hacia la abertura presta a recibirle. Se frotaba voluptuosamente contra él, sintiendo que iba a desmayarse bajo aquella intensidad. Se quitaron el resto de las ropas frota cuanto puede su vaina, y esto le basta para que tras varias violentas sacudidas, el líquido ardiente con que él le inyectaba le diese tal espasmo que quedó inanimado sobre la alfombra.

ARQUETIPO



Un poema de Pedro Gandía

La deliciosa y gélida
palidez de su flecha
suspendida en el aire
sus cabellos enjoyan
de doradas esferas
los ojos del espejo
su pecho marfileño
melancoliza el aire
nevándolo de nados
revelador del cosmos
puerta Eros Infinito

APOTEOSIS DE LA SANGRE


Fragmento extraído de la novela
Cacheo de Dennis Cooper

Por algún motivo, el chico no trataba de escapar. en cuanto llegamos al piso de arriba, Ferdinand y Jorg empezaron a darle puñetazos y bofetadas. Dijeron que era lo que se merecía por tratarles tan mierdosamente en la tienda. Lo único que hacía él era respirar con dificultad y poner cara de frustrado. Jorg le rompió la nariz al yuppie. Por lo menos, a eso sonó. Le dieron patadas por todo el cuerpo. Como un favor yo andaba por allí dejándoles que se libraran de sus frustraciones. Sin embargo, ellos le jodieron bien jodido. Resultaba interesante ver aquello, pero empecé a sentir lástima por él, lo que hubiera podido convertirse en un problema. De modo que no les dejé que volvieran a perder el control. Él no opuso resistencia ni gritó, lo que constituye el caso más extremo del síndrome del conejo que haya visto jamás. No sé si se trataba de orgullo o de que. Estaba semiinconsciente cuando dejaron de pegarle. A petición mía, le llevaron a rastras hasta el futón y le cortaron la ropa con un machete del ejército suizo, haciéndole cortes accidentales aquí y allá. Los ojos del chico se le salían de las órbitas. Una vez que estuvo desnudo, los alemanes le dejaron y se dirigieron a la nevera. Abrieron un par de cervezas y se pusieron a farfullar. El chico estaba lleno de magulladuras y cortes, pero seguía siendo guapo, aunque he visto cuerpos mejores. Tenía las piernas demasiado peludas. Y lo mismo la raja del culo. Sus nalgas eran poco firmes y gordas. le apuntaba el comienzo de una tripa de bebedor de cerveza. Hice que se volviera y enterré la cara en su culo durante un rato. Le hice un par de cortes en las nalgas. No sangró. Le puse boca arriba, me bajé los pantalones y froté mi culo contra su cara, lo que enloqueció a los alemanes… Salmodiaban: ¡Mierda, mierda, mierda! De modo que me cagué, justo encima de su boca, mientras le hacía cortes en los muslos de vez en cuando, Jorg se cercó corriendo y extendió la mierda por la cara al tiempo que le golpeaba salvajemente. Oí como si se le rompieran más cosas al chico dentro de la cabeza. Pregunté si creían que estaba muerto. Ferdinand me dijo que si era eso lo que yo quería. Yo contesté que sí. Ferdinand cogió un cuchillo de cocina. Jorg empuñó el machete del ejército suizo, y le abrieron el pecho mientras gritaban: ¡Uf, uf!. Sangraba mucho, de verdad, Tenía que estar muerto después de eso. Yo estaba quieto mirándoles, meneándomela.

ANGEL QUIZAS DE BESOS


Un poema de J. Ricart

Hoy estrenaré una vieja sonrisa,
mi cuerpo gotea como una antorcha.
atrás quedan rastrojos del otoño:
- el olvido fue impuntual en sus citas-
Abro un nuevo poema por el este
y guardo las máscaras para el frío.
Aquí mi cadáver, y aquí mis versos;
la coartada: escribo, luego existes.
Los labios vacilan en ese borde
a más de veinte colillas a la hora.
Toma mi voz más fuerte que mi mano,
empezaremos abeceando besos.
Sobórname con tu boca: Convénceme
que vale la pena morir de nuevo.
No temas, sé tú en el aire, sin más
principio que tu propia transparencia.

HAZLO POR MI




Fragmento de un texto
de Eduardo Mendicutti



Jorge es exactamente lo que yo pretendía. No demasiado joven, no demasiado fuerte, no demasiado guapo. Pero atractivo. Muy atractivo. Y poco escrupuloso, aunque esos pocos escrúpulos bien definidos. Como los abdominales. Tampoco demasiado caro. En Lo hacemos por ti me rogaron que expresara mis exigencias con claridad, sin rodeos, sin medias tintas: edad (entre 30 y 35 años, dije) estatura (entre 1, 80 y 190) peso (proporcionado a la estatura, y un cuerpo razonablemente musculoso) color de pelo y de ojos rubio y de ojos verdes o azules) preferencia sexual (gay, pero sin pluma) dotación ( buena, sin exageración), prestaciones ( activo, que le guste besar y el sexo oral, mutuo) formación cultural (normal, tirando a escasa), gustos y aficiones ( deportes, compras, saunas, cuartos oscuros) Me hicieron con un programa de ordenado, el retrato robo de tres posibles candidatos, elegí el que más me gustó y me indicaron el precio: 250 euros la hora. De momento, lo he contratado para hoy, por cinco horas: de 6 a 8 de la tarde, y de 12 a 3 de la madrugada. El precio, ya digo no me parece excesivo, sólo tengo que pensar en cómo explicarle a Marcelo el cargo en la cuenta corriente. Marcelo y yo tenemos cuenta corriente compartida. Nos parecía comportarnos el uno con el otro como estrellas de cine, así que nada de contrato prematrimonial, nada de separación de bienes, nada de cuentas corrientes individuales. Los dos estábamos de acuerdo en que uno no puede casarse profundamente enamorado y andarse con esas precauciones y tacañerías. Supe de esa agencia por un anuncio en una revista gay y, al principio, me pareció un disparate. Pero enseguida me acordé de otras agencias similares, que ofrecen servicios cortados por el mismo patrón. Parece que son un negocio redondo. La filosofía es “ Si tú no puedes o no quieres hacerlo, nosotros lo hacemos por tí”

Porque yo estoy felizmente casado, ya digo. Pero a veces lo echo de menos. lo de antes, quiero decir. Aquella vida llena de hedonismo, de sexo salvaje, de amor tarifado, de promiscuidad. Así que, por medio de esta agencia he encontrado a Jorge, y en esa media hora le he dado instrucciones: le he dicho: De 6, 30 a 7, pasea por Hortaleza y échale el guante a algún musculitos que vaya al gimnasio. Acompáñale. Entrena con él, si hace falta. Luego, cómetelo bien. En las duchas. O en el vestuario. Muérdeselo todo. Exprímelo. Devóralo. Hazlo por mí, y cuéntamelo. De 7 a 8, una sauna, la Apolo me han dicho que es ahora la más. Cuanto más material te eches al zurrón, mejor. Y si puedes hacerlo con dos a la vez, o con tres o con cinco mejor que mejor. Sin hablar mucho ¿eh? Y nada de nombres, nada de teléfonos, nada de citas. Aquí te pillo, aquí te mato. A tope. A muerte. Hazlo por mí, cuéntamelo. Después, descanso hasta medianoche. Cena bien. Colócate un poco. a las 12, al Ajedrez. Van chaperos. Elige el tiarrón brasileño al que le salgan los músculos por las orejas. Ojo, no gastes más de 150 euros, y que la agencia me lo cobre aparte. Exígele que haga de todo. Y que llegué hasta el final Respétalo siempre, eso sí, Que el chaval se sienta bien. Que se entregue. Envíciale. Hazlo por mí, y cuéntamelo. Más tarde, hasta las 3 al Rounds. Cerveza a morro. Mano al paquete. Mirada. Sala de vídeos. Cuarto oscuro. No te cortes. No enciendas el mechero. No te hagas el estrecho. Eso sí, ensaya bien antes cómo ponerse sobre la marcha y en tiempo récord un condón. No seas egoísta, no seas posesivo, no seas melindroso. Agáchate lo que haya que agacharse, empínate lo que sea menester. Arrasa. Hazlo por mí y cuéntamelo. Eso le eh dicho. Que lo haga por mí, que estoy tan felizmente casado, hecho un marido devoto, un futuro padre responsable, un hombrecito de mi casa. Que lo haga por mí, y que me lo cuente.

7.10.09

BANDE DESINEE


Un poema de Pedro Gandía

En la noche profunda del espejo
de espaldas al cadáver que golpea
la sublime balanza
un dragón en el cielo
sus dos fuegos azules de sueño y de alcohol
es el vivo retrato de Bagoas
eterna primavera del oriente
la belleza o la alquimia de su máscara.

DESCRIPCION DE DANNY Y OTIS



Fragmento extraído del relato Pirografía
de Edmund White


Danny era delgado y musculoso, tenía unas cejas muy negras, el cabello castaño, sedoso y con la pare superior aclarada por el sol, una piel bronceada en la que brillaba un vello dorado, unos dientes maravillosamente blancos y una muela de oro, situada bastante adentro de su boca. Era bueno en todos los deportes, pero un verdadero campeón en natación, aunque no se llevaba bien con sus compañeros de equipo; según dijo eran unos pesados. Otis había advertido a Howard que Danny no sabía cómo controlar sus cambios de humor. A Howard le gustaban las cejas de Danny, que casi se juntaban en el centro y la inteligencia ¿ o era cautela? de sus ojos color castaño claro con motas doradas, una clase de inteligencia, en cualquier caso, que Howard no entendía o a la que no podía halagar fácilmente. Los ojos de Danny parecía joyas de época cuyo baño de oro se hubiera descarillado. Incluso cuando Howard miraba al frente podía sentir la presencia de Danny detrás de él, no era desasosiego sino la energía contenida del nadador en el borde de la piscina a punto para zambullirse.

De vuelta al coche, Danny se puso al volante y Otis se sentó en el asiento trasero. Howard observaba a Otis mientras éste rasgueaba su guitarra. Tenía la nariz pequeña, el cabello de color pajizo, bien arreglado y con un remolino en la coronilla, una piel perfecta y unas pestañas tan pálidas que sólo eran visibles con ese contraluz. Cuando reía s ele formaba un solo pliegue en la frente. Sus ojos eran de color de un lapislázuli que hubiera estado demasiado tiempo expuesto al sol, y sus dientes eran ligeramente amarillentos a causa de algún antibiótico que le habían administrado de niño. Su cuerpo casi no tenía vello, sólo una borrosa línea de color castaño claro situada exactamente debajo de la pantorrilla, como si un pintor hubiera humedecido su pulgar y hubiera hecho una marca justo en aquel sitio. Su rasgo más distintivo era la forma que tenía de reír. Sostenía durante un momento una especie de sonrisa inmóvil, mientras sus ojos permanecían en reposo, enigmáticos, y después de ese extraño retraso soltaba unas carcajadas de tenor.

LA BELLEZA DE ANTINOO



Fragmento extraído de la novela
Memorias de Adriano
de Margaritte Yourcenar


Antínoo era griego; remonté en los recuerdo de aquella familia antigua y oscura. Su presencia era extraordinariamente silenciosa, me siguió en la vida como un animal o como un genio familiar. De un cachorro tenía la infinita capacidad para la alegría y la indolencia, así como el salvajismo y la confianza. Aquel hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes se tendió sobre mi vida. Yo admiraba esa indiferencia casi altanera para todo lo que no fuese su delicia o su culto; en él remplazaba al desinterés, a la escrupulosidad, a todas las virtudes estudiadas y austeras. Me maravillaba de su dura suavidad, de esa sombría abnegación que comprometía su entero ser. Y sin embargo aquella sumisión no era ciega; los párpados, tantas veces bajados en señal de aquiescencia o de ensueño, volvían a alzarse; los ojos más atentos del mundo me miraban en la cara; me sentía juzgado. Pero lo era como lo es un dios por uno de sus fieles; mi severidad, mis accesos de desconfianza, era paciente, gravemente aceptados. Sólo una vez había sido amo absoluto; y lo fui de un solo ser. Si aún no he dicho nada de una belleza tan visible, no hay que ver en ello la reticencia de un hombre completamente conquistado. Pero los rostros que buscamos desesperadamente nos escapan; apenas un instante… Vuelvo a ver una cabeza inclinada bajo una cabellera nocturna, ojos que el alargamiento de los párpado hacía parecer oblicuos, una cara joven y ancha. Aquel cuerpo delicado se modificó continuamente, a la manera de una planta, y algunas de sus alteraciones son imputables al tiempo. El niño cambiaba, crecía. Una semana de indolencia bastaba para ablandarlo; una tarde de caza le devolvía su firmeza, su atlética rapidez. Una hora de sol lo hacía pasar del color del jazmín al de la miel. Las piernas algo pesadas del potrillo se alargaron; la mejilla perdió su delicada redondez infantil, ahondándose un poco bajo el pómulo saliente, el tórax henchido de aire del joven corredor asumió las curvas lisas y pulidas de una garganta de bacante. El mohín petulante de los labios se cargó de una ardiente amargura, de una triste saciedad. Sí, aquel rostro cambiaba como su yo lo esculpiera noche y día.

BOSOM FRIENDS


Fragmento extraído de la novela
Teleny de Óscar Wilde


Me acerqué de puntillas, sin ruidos, con precaución, y me deslicé entre sus piernas mi corazón palpitaba hasta romperse en le pecho, ardía contemplando el objeto de mi deseo. Temblando de emoción, con los ojos muy abiertos, hundí mi mirada entre sus muslos. Al mismo tiempo, él suspiraba y gritaba a medias, pasmado de placer, en mi sobrexcitación, no le di tiempo a recuperarse. Tomando mi falo, introduje el glande en su abertura. La rendija era muy estrecha .Empujé con todas mis fuerzas. Poco a poco sentí que rompía el débil tejido y franqueaba con buen ánimo en mi obra de destrucción, abriendo cuanto podía los muslos, lanzándose contra mí, esforzándose por engullir la columna entera y gritando al mismo tiempo de placer y de dolor. Me zambullí una y otra vez, empujando y hundiéndome un poco más en cada golpe, hasta que rotas oda las barreras, alcancé la profundidad, donde me pareció que innumerables cosquilleaban y chupaban la punta de mi verga. Aquella prohibición no hizo más que excitarle y animarle a hundir audazmente los dedos entre el fino vellón. Seguía apretando los muslos con más fuerza, a hora que aquellos pícaros dedos rozaban ya el borde. Cuando sintió el contacto, las fuerzas le abandonaron y sus nervios se distendieron, cesó toda resistencia y la punta del dedo penetró en la delicada rendija. No tardo en lanzar suspiros profundos. Abrazándole escondió la cabeza en su hombro. Se desabotonó e pantalón y cogiendo la mano de él trató de introducirle en la bragueta. Él se resistió, pero de forma débil, porque no pedía otra cosa más que hacerlo. Cuando al final cedió, empuñó lleno de ardor el falo, que, rígido y duro, se agitaba como el badajo de una campana.

SONETO A GANIMEDES



Un poema de Francisco Bances Candamo

Arrebatado en águila de pino,
sacro garzón, dichoso Ganímedes
que al mar fías, que al viento le concedes
alas de abeto en pájaro de lino,

si vencer quieres al cruel destino
de la fortuna, guárdate si puedes
del cruel lazo y las tiranas redes
de un piélago tirano aunque divino.

Contigo, noble general se parte
la que me tuvo tanto tiempo ciego,
surca ella el mar, yo muero en esta parte,

triste en mi llanto náufrago me anego,
mas si rayos de amor vencen a Marte,
tu escuadra lleva un bergantín de fuego.

LA MANO IZQUIERDA



Un poema en prosa
de Rafael José Díaz

La mano izquierda acaricia indolentemente los testículos, tras la siesta, igual que la mirada se deja absorber por la difusa luz del despertar incierta, porosa, desasida. se diría que es el cuerpo entero, más que la memoria, quien empieza a recordar una cama de la infancia, otra mirada, otra siesta, otra luz, otro despertar, mientras la mano izquierda continua sembrando en los testículos un calor que se extiende a todo el cuerpo desnudo. él apenas recuerda ya el deseo que esos testículos han despertado en otros cuerpos, la tensión que ellos mismos se han convertido en la sede de un deseo abrasador. La vaga luz dorada que llega hasta los ojos sólo parece evocar otro cuarto en que un niño iba entrando con timidez en la vida. Y ahora la mano derecha abandona la nuca suavemente atenazada para sustituir a la izquierda, que se deja caer hasta tocar el suelo frío, en su prolongada e indolente caricia. Él sabe ¿lo sabrá acaso su cuerpo? que tal vez esos mismos testículos que sembraron deseo y fueron correspondidos con placer contengan ahora, enfermos, la semilla de su muerte temprana.

30.9.09

EL RASTRO EN LA ARENA


Un poema de Porfirio Barba Jacob

¿Querellas en el viento? ¿Clamor contra la nube
que se alza y sube y la desgarra un viento?
¿Congojas porque le nardo del día se extenuó?
¡Si aún vivo Yo! Si aún gozo mi lírico momento,
la luz, el aura, el amoroso aliento…

Dos fértiles mancebos de Jonia divagaron
-remoto día- fulgente día
por las sensuales playas de Lesbos fervorosa
sobre el cristal undívago que al sol reverberaba,
bajo el turquí lumíneo que el ámbito envolvía…

Iríanse las olas y un gran rumor las llena…
Si fue con los mancebos el goce y la ufanía
¿qué importa que no duren los rastros en la arena?

LOS AMORES DE ENCOLPIO Y GITON



Fragmento extraído del Satiricón
de Petronio

El chico se sentó en la cama llorando y se enjugó las lágrimas con el dedo gordo. Al verle de aquella manera le pregunté angustiado, qué le había pasado. Al cabo de un rato como mis ruegos se convertían en amenazas, me dijo de mala manera. “Este que tú llamas hermano, este compañero tuyo, ha venido hace un rato a la pensión y ha querido atentar contra mi castidad. Como que me he puesto a gritar, ha desenvainado el Flavio y ha dicho: Si tú eres Lucrecia yo seré Tarquino. Escuchar aquello y saltar con los puños directo a las narices de Asclito fue una cosa. ¿Qué me tiene que decir, de eso, puta lujuriosa, es que no te queda un poco de vergüenza? Asclito hizo ver que estaba muy afectado, pero enseguida reaccionó alzando los puños en gesto de amenaza y gritando más que yo. Calla gladiador indecente ni en la arena te quieren. Calla trinchador, en tu vida te has revolcado con una mujer, ni cuando todavía se te levantaba ¿Que no estuve contigo en el bosque para hacer eso mismo que quieres hacer con este chico?


Era demasiado la pasión erótica la que me movía a acelerar la separación, porque ya hacía tiempo que tenía ganas de quitarme de encima aquel pelma tan molesto y de retomar mis antiguas relaciones con Gitón. Di una ojeada general a la ciudad volví a mi cuartito, donde finalmente Gitón y yo pudimos besarnos con toda tranquilidad. Lo apreté entre mis brazos y satisfaje mis deseos hasta los límites que provocarían la envidia de los amantes más felices. Sin embargo, cuando no habíamos acabado nuestros juegos, Ascilto, acercándose sigilosamente a la puerta giró el paño y nos pilló en plena faena. La habitación se llenó con sus risas y aplausos después arrancó las sábanas que nos cubrían al chaval y a mí y me dijo: ¿Qué hacías castísimo amigo? ¿Y ahora? ¿dos encima del mismo colchón?

DOS POEMAS DE SANDRO PENNA



VII
Cómo es bello seguirte,
oh joven que te ondulas
calmo en la ciudad nocturna.

Si te paras en una esquina, lejano
me quedaré yo, lejano
de tu paz – oh ardiente
soledad mía.


VIII
Desde las nubes de polvo de carbón
me saluda una sonrisa toda blanca.

Pero el ángel de madera del barco
mira los urinarios tristes y olorosos
improvisados en los rincones – rivales
o amigos queridos de las palmeras rojas.

Mis amigos los urinarios... ¿Pero yo
no tiendo acaso al monte en donde encuentro
- lejano el mar y el olor perverso –
al adolescente perfumado de higos?

MI HERMANO Y YO


Fragmento extraído de la novela
El cordero carnívoro
de Agustín Gómez Arcos

Clara ya nos había preparado el baño donde nadaban unas misteriosas algas que mamá compraba contra el acné juvenil. Mi hermano Antonio me desnudaba, deteniéndose tierno, en todos los puntos sensibles. Luego se ponía en pelota y nos metíamos en la bañera como si nos metiéramos en el mar: casi ahogándonos. Mis gritos apagados, prudentísimos, nunca traspasaban las paredes del cuarto de baño. Tenía un hermano doce años y más tarde comprendí que aquellos doce años estaban llenos de precocidad en todos los sentidos. Alto y fuerte, con el pubis y los sobacos ya sembrados en vello, ciertas partes de su anatomía se transformaban súbitamente, sólo con tocarme, cosa que a mí me encantaba. Y a él le gustaba mi placer. Me había enseñado un juego dulce y terrorífico, que consistía en meterme la cabeza en el agua hasta dejarme sin aliento, y pegaba su boca a la mía, muy húmeda, para evitarme la asfixia. Su saliva me hacía las veces de oxígeno y yo rebosaba de angustia y de placer. Cuando me sacaba, casi desmayado entre sus brazos, jugaba a reanimarme, con un boca a boca tierno y suave, que duraba largos, larguísimos minutos. A veces el silencio de nuestros juegos era tan artificial, tan extraño que Clara llamaba a la puerta del baño con un ¿Todo bien, niños? que nos aturdía durante unos instantes. Miraba yo a mi alrededor, y tomaba conciencia del lugar. Mi hermano, tranquilo, cogía la gran toalla blanca y se envolvía en ella, y a mí con él, con mi espalda pegada contra su vientre, y me besaba en la nuca y me decía: Ahora a dormir, vale, como un niño bueno.. Me dejaba en la cama y me miraba durante mucho rato. Completamente desnudo con la gran tolla de baño extendida sobre la alfombra de pita para que no le quedaran marcas en la piel, repetía decenas de veces el mismo ejercicio. Sus largos y elásticos músculos se le dibujaban bajo la piel; de la frente le caían gotas de sudor que formaban pequeños riachuelos salados a lo largo de su cuerpo, y su sexo bailaba alegremente, como un badajo. Así durante diez minutos. Después me cogía bajo el brazo, como una gavilla de paja, re tiraba en la cama y se echaba sobre mí. Yo le gritaba, con los dientes apretados, que va a aplastarme, aunque estaba seguro de que arquería el cuerpo para no hacerme el menor daño. Y entonces empezaba la sesión de cosquillas, que no me gustaba nada, o la de chupa oreja que me encantaba y detestaba a la vez. Con aquel juego me acostumbró a saborear el más profundo placer. Me chupaba las orejas sujetándome con fuerza por la cintura mientras yo me retorcía y gritaba en silencio, suplicándole que parara. Pero él no soltaba presa y seguí seguía, hasta que me llevaba al borde del delirio. Mis dedos se agarraban a su nuca, mis gemidos y su nombre se confundían en mi boca, él jadeaba como una animal salvaje, y todo, la habitación la noche, desaparecía en un torbellino de amor incontrolable. Ni siquiera nos dábamos cuenta en qué momento estallaba el placer. Era un pozo de luz en el que me hundía, aferrado a mi hermano Antonio, con brazos, piernas, unas y dientes. Y él seguía sin soltarme. Se quedaba dormido así, tapándome con su cuerpo, sabiendo por instinto que no tenía que aplastarme con su peso, sino mostrarme su fuerza y protección.

HAY ALGO EN EL AMOR

Un poema de Luis Antonio de Villena

Hay algo en el amor que pertenece
a este mundo. En los múltiples
instantes en que todo
tiene sentido desde que llegaste,
en toda la materia de pronto convertida
en regalo, pradera que pisamos,
terraza que se asoma o muralla que guarda,
también en la dulzura de los días,
en la rutina humilde de tenerte
a mi lado,
lo noto.
Pero algo en el amor no es de este mundo.
Algo que no es abstracto.
Lo pruebo, por ejemplo, en la temperatura
de tu piel, cada vez que nos quedamos
dormidos juntos, y cada mañana
en que no espero más que tu primer
beso, cuando recobras
a ciegas tu lugar entre mis brazos.
Entonces se anticipa lo que un día tendremos
definitivamente.
Para poder nombrarlo
se me hace necesaria la noción de solsticio.
No lo razono más. Es una especie
de primicia.

MI PRIMO LORENZO



Fragmento extraído de la novela
Generation of love de Matteo Bianchi


De pequeño sabía perfectamente de quién estaba enamorado. La cultura siempre ha reprimido d forme terrible los sentimientos infantiles, esforzándose tenazmente en hacernos olvidar que, durante la infancia, amamos de forma apasionada. Con un amor primario e instintivo como puede ser el sentimiento de un niño, pero no por eso menos real. Yo a los cinco años, estaba enamorado de mi primo Lorenzo. De mayor descubrí que ni siquiera se trataba de un primo, sino de un pariente lejano, hijo de la hermana de la tía de la abuela, vamos un culebrón de ese tipo. Normalmente acompañaba a su madre en ocasionales visitas a mi abuela, pero no le gustaba mucho seguir las conversaciones de las tías. Prefería sin duda jugar al lego conmigo, o escuchar mis historias de niño. Pronto me enamoré del primo Lorenzo. Mi familia es bastante tradicional. Hordas de parientes venían periódicamente visitarnos durante las fiestas de rigor o por pura casualidad dominical; sin embargo no recuerdo nada de aquel ejército de sobrinos, primitos y tíos, en primer, segundo y tercer grado según la escala Ritcher. la única imagen que vuelve a mi memoria, nítida como una diapositiva eterna, es el rostro sonriente del primo Lorenzo, prueba irrefutable de haber amado: sus ojos oscuros me miran fijamente con ternura, por encima de su bigotillo juvenil. Ahora con mirada retrospectiva, reconozco que era amor auténtico. Hoy muchos años después, cada vez que veo a un chico con bigotito y ojos oscuros mirando hacia mí, el corazón sin motivo me da un vuelco. Como si me viera obligado a experimentar de nuevo un sentimiento que nunca he olvidado del todo, aflora en los labios la sonrisa del niño que yo fui, que manda un último saludo al primer amor de su vida.

HE VENIDO PARA VER

Un poema de Kavafis

He venido para ver semblantes
amables como viejas escobas,
He venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;
los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
guardad los labios por si vuelvo.

23.9.09

EL MUCHACHO DE LAS INMUNDICIAS


Fragmento extraído de la novela
Confesiones de una máscara
de Yukio Mishima

Era un hombre joven de hermosas y coloradas mejillas y ojos resplandecientes, con una sucia tira de tela alrededor de la cabeza para contener el sudor. Bajaba, llevando sobre un hombro una larga pieza de madera de la que pendían cubos de inmundicia nocturna, y hábilmente armonizaba sus pasos con el balanceo de la madera, manteniéndola así en equilibrio. El hombre de las inmundicias nocturnas era el encargado de llevarse os excrementos. Iba vestido de obrero y calzaba una especie de zapatillas que dejaban al descubierto los dedos de los pies, con suela de goma, y parte superior de tela de saco. Llevaba pantalones de algodón, azules y muy ceñidos. El examen al que sometí a aquel joven fue insólitamente minucioso para un niño de cuatro años. a pesar de que entonces no me di clara cuenta de ello, aquel muchacho representó para mí la primera revelación de cierto poder, la primera llamada, esta llamada se expresara, por primera vez con la forma de una porteador de mundicias. Tuve el presentimiento de que en este mundo se da un deseo de tal especie que es como un punzante dolor. Al levantar la vista y mirar a aquel muchacho sucio, me sentí ahogado por el deseo, pensando: “quiero cambiarme por él” pensado “quiero ser él”. Recuerdo bien que mi deseo se centraba en dos puntos centrales. El primero de ellos eran los ceñidos pantalones azules, y el segundo era el trabajo de aquel muchacho. Los ceñidos pantalones destacaban claramente las líneas de la parte inferior de su cuerpo, que avanzaba con suave agilidad y parecían dirigirse directamente hacia mí. En mi interior nació una inexplicable adoración hacia aquellos pantalones. No comprendí por qué.

DOS POEMAS DE IBN SHAL



El lunar de Musa

Es el lunar de la mejilla de Musa
la negrura del reproche sobre la claridad del amor.
la belleza ha trazado un waw en su aladar
y una gota de tinta ha salpicado su mejilla.
Sus ojos miran indecisos, pero con ellos
las penas me han llegado al corazón.


Pasión

Siento el sabor de la pasión como mirra y coloquíntida
mientras recuerdo su boca roja y perfumada.
los ojos aman y desean su belleza;
todos tienen en él sus corazones.
Musa, Dios me perdone, es quien me mata,
mi corazón tiene en Musa a su amado

PRIMER ENCUENTRO


Fragmento extraído de la novela
Chaperos de Dennis Cooper

Llegó unas dos horas más tarde. Abrí la puerta y no podía creer lo que veía. De veras aparentaba catorce años, y no había visto nada tan bonito. Por su apariencia y su olor, hacía y una temporada que Brad no se duchaba, pero dado el informe anterior yo no hubiera esperado tanto. Personalmente me gustan los chavales un poco “vividos”. Lo recibí en la puerta con una botella de Jack Daniels, y apenas le quité el tapón se sopló la mitad o así mientras yo lo desnudaba. Es de veras flaco, cuerpo adolescente con largos, delgados brazos y piernas, y un culo diminuto y no más de doce pelos en el pubis. El informe anterior decía que Brad acojonaba un poco, y aseguraba que tenía problemas mentales, pero yo no voy de padre de chaval por la vida, así que pude pasar de eso. No tengo espacio para contar todo lo que hicimos, así que cortaré el rollo. Brad me dejó que lo esposara a mi cama y me dediqué a trabajar en su culo. Le di una buena tunda primero con los dedos y luego empecé a hundirle dildos cada vez más grandes en su agujero. Tengo uno inmenso, cuarenta centímetros de dildo dentro y luego empecé a batir y machacar como si estuviese muriendo, pero su polla estuvo siempre dura como una piedra. Cuando por fin me decidí a meterle el puño, su agujero estaba tan caliente que me corrí enseguida, y luego sorbí la más dulce y más grande corrida que yo haya probado nunca. Está claro que podía haberse marchado en cualquier momento de la noche si yo hubiera querido. Le dije por fin que se marchara, y estaba como bastante ido, haciendo cosas raras. Pero dejadme deciros. Merece la pena. Estoy seguro de que volveré a llamarlo.

UNA CANCION DE IBN QUZMAN



Compasión, guapos sentid / por quien muere de pesar.
ese duro corazón / para amantes ablandad.
Apiadaos del galán / no busquéis más que la paz.
Buena siembra habéis de hacer / segaréis lo que sembraréis.

Todo guapo debe ser / cariñoso muy leal,
sin desmayo en el querer, / ni veleta, ni falaz.
mas si muéstrate desdén, / ¡sus benditos sea el nabí!
no se pare tu corcel: / ¡desenvaina y a atacar!

Cada cual va con su par; / pero yo ¿a quién quiero yo?
A un garzón como no dio / nuestro tiempo nadie igual.
Se prendió la luna al ver / de su cara la beldad,
y cualquier guapo es feliz / su hermosura al contemplar.

CUESTION DE OLORES

Fragmento extraído de la novela
Amor duro de Gudbergur Bergsson


Me metí en la cama a primera hora de la tarde, la hora acordada, porque iba a dejarse ver entre la una y las dos. Acababa de bañarme para estar limpio y para que él pudiera ensuciarme un rato con sagrada inmundicia, profanarme con pasión, revolcarme en sus olas y entregarse a mi amor en lo que para él no es más que pura lujuria y para mí algo vinculado a un amor atormentado y puro. Pienso que el cuerpo está más dispuesto para el amor si no se entrega a él recién lavado, sino después de recuperar las sales de la piel, cuando ya no está artificialmente limpio y oliendo a jabón a agua de colonia. Por lo menos el de los hombres. Es distinto cuando estoy con mi mujer: ella está mejor recién salida de un baño tibio. Tengo que darme una ducha fría o passer arriba y abajo antes de poder acercarme porque como dice mi mujer. “Las contradicciones violentas, en eso como en otras cosas son mejores”.

A mi me gusta que el cuerpo conserve su olor natural en el amor. Lo prefiero cuando acaba de llegar del trabajo y huele a esfuerzo, está algo cansado y necesita encontrar reposo en nuestro encuentro. Ya había comido y había preparado mi cuerpo para que rajáramos nuestras carnes en un silencio que se rompe sólo por algunas palabras sencillas, siendo siempre las mismas, sin embargo, son tan efectivas en plana excitación como en su principio, aunque al final se vuelven turbadoras y suenan ridículas a la mente. Uno casi siente vergüenza y se queda completamente pasmado de unas palabras tan vacías y gastadas puedan parecer verdaderas y provocar placer en el lugar y en el momento adecuados.

22.9.09

DOS DECIMAS DE SEVERO SARDUY


I

No acudas a linimento,
alcanfor, miel o saliva,
que atenúen el momento
de más ardor. No se esquiva
con ardid, ni se deriva
esa quema: se convierte
en su contrario. Divierte
el placer así obtenido
por el sendero invertido:
más vida cuanto más muerte


II

Se esforzaba. Su jadeo
ante el jardín clausurado
era el de un ciervo asustado.
La furia -más que el deseo-
de penetrar, era el reo
que lo impedía... Que ejerza,
según la torre se tuerza,
jaque anexo, desviada,
y cifre, en esa morada:
"más vale maña que fuerza".

KEBIR



Fragmento extraído de la novela Burdel
de Pedro Gandía Buleo


Lanzo el humo del porro en círculos. Contra el espejo del armario donde se refleja la cama. En cualquier placer que le señale, me tomó la delantera. Al final, para entregarse, se hizo el muerto. Le cerré los ojos. Contenía la respiración. Su cuerpo delgado era una elegía del cuerpo joven, y sus miembros se adelgazaban más y más. En un momento se abarcó un muslo con sus enormes manos. Le sobraban manos. Hizo un gesto de contrariedad-. Su desnudo resplandeció como la belleza al borde del abismo. Tan fácil despertar con él a placeres extraños… Al entrar fue directo al play del radiocassette. Se desnudó y se puso a bailar. Su ritmo nada tenía que ver con el que marcaba Paul Colllins. Lo suyo era una danza sagrada, profunda. Parecía una de esas chicas espigadas de las tribus nuba, el vigor unido a la delicadeza, danzando al Sol, en los juegos de apareamiento. En un momento, e sol, irrumpía tras la cortina naranja. Por esta ventana de interior no sé cómo llegó. De pronto eran aquellos bronces delgados, embadurnados con aceite, danzando a la luz amarilla y terrosa del crepúsculo. Cada centímetro de su cuerpo luce de otro modo. Es la materia urgente. Le abarco el muslo con mis manos, y no falta ni sobre hueco. Kebir, grande le digo. Luego le cojo los pies. Calzará un 43. Entonces se coge la polla, sonríe.

Abrazado a las flores negras sobre el fondo rojo. Djami me sonríe desde el espejo. Le digo que se lo ponga, y se desnuda. Luego coge la botella blanca de Old Spice; un chorreón le corre hasta el pubis. Se frota el pecho y los muslos, se da unas palmadas en las nalgas. Se ha metido el vestido por la cabeza y se ha tumbado boca abajo sobre la cama. La imaginación suplantadora, el hechizo… le subo despacio el vestido hasta las nalgas, se las abro. El ídolo y su destrucción, la imagen reveladora… Tengo a Djami en esta música que suena. La anarquía de mis sentidos en su carne, la añoranza de paríado en el brillo de sus ojos. El de Dalah tenía su mismo color de piel, y ese aire de Shiva- Sakti. En algún momento, pienso en aquel chic y lo confundo con Djami. Pero Djami es negro y rojo. Y esta mañana a las nueve, nada de Beatriz ni el espíritu. Es la materia follando con Sonic Youth. Djami es esta música; Goo, nada, lápiz de labios, un poco de sangre. Subeo el volumen del radiocassette. Puedo verlo, oyendo Dirty Boots; y veo mi esperma volando a cámara lenta hacia su pecho, y luego resbalándole por la piel oscura. Djami me anula el tiempo que paso con él. Pero de pronto, sobre las doce dice: Baraka. Se acabo. Ayer tarde y esta mañana. Se levanta y se viste como si fuera otro. No encajo su baraka. Esa desconexión de golpe. De pronto, la felicidad se pone alas. Y su cuerpo ya no brilla.

DOS EPIGRAMAS DE MELEAGRO



I
Por Pan te lo juro, algún fuego queda,
por Dionisos, oculto bajo las cenizas.
No me atrevo, ni quiero enredarme. A veces,
un río tranquilo y olvidado roe un muro.
Por eso temo ahora, Menéxeno, que éste se me
insinúe, calladamente, para enamorarme.

II
A ese Teócrito de hermosa piel oscura, si me odia,
ódiale tú cuatro veces, pero también ámale, si me ama.
Sí, por Ganímedes de hermosa cabellera, sí, dios del cielo.
Tú también has amado. No digo más nada.

DOS EPIGRAMAS DE MELEAGRO



I
El soplo del Noto, favorable a los marinos, oh tristes amantes
se ha llevado a Andrágato, la mitad de mi alma.
¡Dichosos tres veces los navío, y tres veces benditas las olas del mar
y afortunados cuatro veces los vientos que lleváis al muchacho!
¡Ojalá fuese yo un delfín, y montado él en mis hombros,
tras una buena travesía, visitásemos Rodas,
la ciudad de los dulces muchachos!

II
El pecho de Diodoro es delicioso y los ojos de Heráclito
y la dulce voz de Dión y las caderas de Ulíades.
Tú Filocles, toca la delicada piel del uno
contempla al otro, habla con el tercero, haz el resto.
sabe que no soy celoso, Pero si a Miísco miras
con lascivia, ojalá no veas lo que es hermoso.

UN POEMA DE NARCIS COMADIRA


MUSEO

Quizás no lo sabe el dios absorto en su mármol,
que otro dios de carne altivamente se lo mira.
Es mucho más poderos: está vivo y se mueve
y, aunque mortal, mucho más perfecto.
Si las formas del cuerpo son casi las mismas,
¿por qué preferimos el cuerpo del dios antiguo?

Todo esto reflexionaba Licino cuando la Musa
al oído, sí lo sorprendió para decirle.
Míralo bien, que el chico se va a tomar un té
saliendo de aquí, a un Wimpy, y a dormir con la girl-friend
quizá por Candem Town…

En las últimas del British, un pequeña lluvia
resbalaba llorosa por canales y tejados.

16.9.09

DOS POEMAS DE IBN SHAL


El lunar de Musa

Es el lunar de la mejilla de Musa
la negrura del reproche sobre la claridad del amor.
la belleza ha trazado un waw en su aladar
y una gota de tinta ha salpicado su mejilla.
Sus ojos miran indecisos, pero con ellos
las penas me han llegado al corazón.


Pasión

Siento el sabor de la pasión como mirra y coloquíntida
mientras recuerdo su boca roja y perfumada.
los ojos aman y desean su belleza;
todos tienen en él sus corazones.
Musa, Dios me perdone, es quien me mata,
mi corazón tiene en Musa a su amado

PRIMER ENCUENTRO


Fragmento extraído de la novela
Chaperos de Dennis Cooper

Llegó unas dos horas más tarde. Abrí la puerta y no podía creer lo que veía. De veras aparentaba catorce años, y no había visto nada tan bonito. Por su apariencia y su olor, hacía y una temporada que Brad no se duchaba, pero dado el informe anterior yo no hubiera esperado tanto. Personalmente me gustan los chavales un poco “vividos”. Lo recibí en la puerta con una botella de Jack Daniels, y apenas le quité el tapón se sopló la mitad o así mientras yo lo desnudaba. Es de veras flaco, cuerpo adolescente con largos, delgados brazos y piernas, y un culo diminuto y no más de doce pelos en el pubis. El informe anterior decía que Brad acojonaba un poco, y aseguraba que tenía problemas mentales, pero yo no voy de padre de chaval por la vida, así que pude pasar de eso. No tengo espacio para contar todo lo que hicimos, así que cortaré el rollo. Brad me dejó que lo esposara a mi cama y me dediqué a trabajar en su culo. Le di una buena tunda primero con los dedos y luego empecé a hundirle dildos cada vez más grandes en su agujero. Tengo uno inmenso, cuarenta centímetros de dildo dentro y luego empecé a batir y machacar como si estuviese muriendo, pero su polla estuvo siempre dura como una piedra. Cuando por fin me decidí a meterle el puño, su agujero estaba tan caliente que me corrí enseguida, y luego sorbí la más dulce y más grande corrida que yo haya probado nunca. Está claro que podía haberse marchado en cualquier momento de la noche si yo hubiera querido. Le dije por fin que se marchara, y estaba como bastante ido, haciendo cosas raras. Pero dejadme deciros. Merece la pena. Estoy seguro de que volveré a llamarlo.

UNA CANCION DE IBN QUZMAN



Compasión, guapos sentid / por quien muere de pesar.
ese duro corazón / para amantes ablandad.
Apiadaos del galán / no busquéis más que la paz.
Buena siembra habéis de hacer / segaréis lo que sembraréis.

Todo guapo debe ser / cariñoso muy leal,
sin desmayo en el querer, / ni veleta, ni falaz.
mas si muéstrate desdén, / ¡sus benditos sea el nabí!
no se pare tu corcel: / ¡desenvaina y a atacar!

Cada cual va con su par; / pero yo ¿a quién quiero yo?
A un garzón como no dio / nuestro tiempo nadie igual.
Se prendió la luna al ver / de su cara la beldad,
y cualquier guapo es feliz / su hermosura al contemplar.

CUESTION DE OLORES


Fragmento extraído de la novela
Amor duro de Gudbergur Bergsson


Me metí en la cama a primera hora de la tarde, la hora acordada, porque iba a dejarse ver entre la una y las dos. Acababa de bañarme para estar limpio y para que él pudiera ensuciarme un rato con sagrada inmundicia, profanarme con pasión, revolcarme en sus olas y entregarse a mi amor en lo que para él no es más que pura lujuria y para mí algo vinculado a un amor atormentado y puro. Pienso que el cuerpo está más dispuesto para el amor si no se entrega a él recién lavado, sino después de recuperar las sales de la piel, cuando ya no está artificialmente limpio y oliendo a jabón a agua de colonia. Por lo menos el de los hombres. Es distinto cuando estoy con mi mujer: ella está mejor recién salida de un baño tibio. Tengo que darme una ducha fría o passer arriba y abajo antes de poder acercarme porque como dice mi mujer. “Las contradicciones violentas, en eso como en otras cosas son mejores”.

A mi me gusta que el cuerpo conserve su olor natural en el amor. Lo prefiero cuando acaba de llegar del trabajo y huele a esfuerzo, está algo cansado y necesita encontrar reposo en nuestro encuentro. Ya había comido y había preparado mi cuerpo para que rajáramos nuestras carnes en un silencio que se rompe sólo por algunas palabras sencillas, siendo siempre las mismas, sin embargo, son tan efectivas en plana excitación como en su principio, aunque al final se vuelven turbadoras y suenan ridículas a la mente. Uno casi siente vergüenza y se queda completamente pasmado de unas palabras tan vacías y gastadas puedan parecer verdaderas y provocar placer en el lugar y en el momento adecuados.

DOS DECIMAS DE SEVERO SARDUY


I

No acudas a linimento,
alcanfor, miel o saliva,
que atenúen el momento
de más ardor. No se esquiva
con ardid, ni se deriva
esa quema: se convierte
en su contrario. Divierte
el placer así obtenido
por el sendero invertido:
más vida cuanto más muerte


II

Se esforzaba. Su jadeo
ante el jardín clausurado
era el de un ciervo asustado.
La furia -más que el deseo-
de penetrar, era el reo
que lo impedía... Que ejerza,
según la torre se tuerza,
jaque anexo, desviada,
y cifre, en esa morada:
"más vale maña que fuerza".

KEBIR


Fragmento extraído de la novela Burdel
de Pedro Gandía Buleo

Lanzo el humo del porro en círculos. Contra el espejo del armario donde se refleja la cama. En cualquier placer que le señale, me tomó la delantera. Al final, para entregarse, se hizo el muerto. Le cerré los ojos. Contenía la respiración. Su cuerpo delgado era una elegía del cuerpo joven, y sus miembros se adelgazaban más y más. En un momento se abarcó un muslo con sus enormes manos. Le sobraban manos. Hizo un gesto de contrariedad-. Su desnudo resplandeció como la belleza al borde del abismo. Tan fácil despertar con él a placeres extraños… Al entrar fue directo al play del radiocassette. Se desnudó y se puso a bailar. Su ritmo nada tenía que ver con el que marcaba Paul Colllins. Lo suyo era una danza sagrada, profunda. Parecía una de esas chicas espigadas de las tribus nuba, el vigor unido a la delicadeza, danzando al Sol, en los juegos de apareamiento. En un momento, e sol, irrumpía tras la cortina naranja. Por esta ventana de interior no sé cómo llegó. De pronto eran aquellos bronces delgados, embadurnados con aceite, danzando a la luz amarilla y terrosa del crepúsculo. Cada centímetro de su cuerpo luce de otro modo. Es la materia urgente. Le abarco el muslo con mis manos, y no falta ni sobre hueco. Kebir, grande le digo. Luego le cojo los pies. Calzará un 43. Entonces se coge la polla, sonríe.

Abrazado a las flores negras sobre el fondo rojo. Djami me sonríe desde el espejo. Le digo que se lo ponga, y se desnuda. Luego coge la botella blanca de Old Spice; un chorreón le corre hasta el pubis. Se frota el pecho y los muslos, se da unas palmadas en las nalgas. Se ha metido el vestido por la cabeza y se ha tumbado boca abajo sobre la cama. La imaginación suplantadora, el hechizo… le subo despacio el vestido hasta las nalgas, se las abro. El ídolo y su destrucción, la imagen reveladora… Tengo a Djami en esta música que suena. La anarquía de mis sentidos en su carne, la añoranza de paríado en el brillo de sus ojos. El de Dalah tenía su mismo color de piel, y ese aire de Shiva- Sakti. En algún momento, pienso en aquel chic y lo confundo con Djami. Pero Djami es negro y rojo. Y esta mañana a las nueve, nada de Beatriz ni el espíritu. Es la materia follando con Sonic Youth. Djami es esta música; Goo, nada, lápiz de labios, un poco de sangre. Subeo el volumen del radiocassette. Puedo verlo, oyendo Dirty Boots; y veo mi esperma volando a cámara lenta hacia su pecho, y luego resbalándole por la piel oscura. Djami me anula el tiempo que paso con él. Pero de pronto, sobre las doce dice: Baraka. Se acabo. Ayer tarde y esta mañana. Se levanta y se viste como si fuera otro. No encajo su baraka. Esa desconexión de golpe. De pronto, la felicidad se pone alas. Y su cuerpo ya no brilla.

14.9.09

EL CORTADOR DE CESPED

Fragmento extraído de la novela
El padre de Frankenstein
de Christopher Bram


Se ve bajar a un hombre joven. Es alto, tiene los hombros anchos y lleva el pelo muy corto. El joven abre la puerta trasera y empuja hacia él una cortadora de césped. Es una máquina pesada, pero él la levanta, los músculos de la espalda tensos bajo la camiseta, tensos también los muslos y las nalgas en los ceñidos pantalones de faena; y le basta con flexionar las rodillas para dejar la cortadora de césped en el suelo. El joven no repara en la sombra blanca que asoma en la ventana en saliente de la casa, unos cincuenta metros más arriba. La sombra observa la escena mientras él, apoyando un pie en el motor, tira de la cuerda de encendido, una vez, dos veces hasta que la máquina arranca y ahoga con su rugido el canto de los pájaros. E muchachos e afana en su trabajo. La sombra no deja de observarle. El joven se detiene, se endereza, y se quita la camiseta por la cabeza, dejando al desnudo un musculoso torso rosado y los anchos hombros, y vuelve al trabajo. Tiene un tatuaje en el hombro derecho, como una magulladura apenas apreciable, y está demasiado lejos para saber quién es o qué dice. Ah juventud sin camisa, piensa Whale y sonríe, a la espera de recibir el familiar chispazo del deseo, pero sólo siente una punzada de tristeza. Ese cuerpo medio desnudo sólo lo hace sentir más viejo, indiferente y extrañamente asexuado. Suspira y se aparta de la ventana, decidido a seguir adelante con el orden del día.

Se sienta en el sillón, deja un libro de Rembrant, coge del suelo el Physique, decide mirar sus fotos. Músculos, piel cuerpos. Salvo el robusto personaje de la tapa ninguno de los modelos va cubierto con algo más que un trozo de cordel. Cuerpos: depilados, brillantes, con un tatuaje ocasional que sugiere una vida ajena a toda fantasía dedujo. Cachas del cuello para abajo, las caras insulsamente americanas como las de las vallas publicitarias de la autopista. Éste es demasiado joven. A Whale no le gustan los niños y este otro demasiado tonto. ¿Quién se excitaría con un hombre desnudo que seca platos? A Whale las fotos le parecen ridículas, y sin embargo, conmovedoras. No, no le emocionan de la manera que se supone que deben hacerlo, pero le trae recuerdos de haber tenido, alguna vez esa emoción. Whale se ha acercado a la puerta mientras recordaba esas noches de apenas sólo hace dos veranos. El jardinero peina el agua con una pala de gasa, recoge las hojas caídas y los insectos ahogados. Tiene los hombros anchos, el pecho lampiño y, de perfil, una barriga sensual y juvenil. Su cara revela más años de los que le había supuesto desde la casa. Es mayor que los chicos de la revista, tiene una nariz un punto aplanada y un aire de matón que lo hace atractivo.


DOS EPIGRAMAS DE MELEAGRO



I
El soplo del Noto, favorable a los marinos,oh tristes amantes
se ha llevado a Andrágato, la mitad de mi alma.
¡Dichosos tres veces los navío,
y tres veces benditas las olas del mar
y afortunados cuatro veces los vientos que lleváis al muchacho!
¡Ojalá fuese yo un delfín, y montado él en mis hombros,
tras una buena travesía, visitásemos Rodas,
la ciudad de los dulces muchachos!

II

El pecho de Diodoro es delicioso y los ojos de Heráclito
y la dulce voz de Dión y las caderas de Ulíades.
Tú Filocles, toca la delicada piel del uno
contempla al otro, habla con el tercero, haz el resto.
sabe que no soy celoso, Pero si a Miísco miras
con lascivia, ojalá no veas lo que es hermoso.

CHEZ NOUS



Fragmento extraído de la novela
El edificio Yacubian de Alaa Al aswani

Chez nous es una expresión francesa que significa “en nuestra casa” El local, unos escalones por debajo de la calle, con una iluminación tenues incluso de día, gracias a unas cortinas gruesas, la gran barra a a la izquierda, las mesa de madera natural, barnizadas de color oscuro, las antiguas lámparas de estilo vienes, las obras de arte grabados en madera y bronce colgadas en la pared, las letras latinas grabadas en los posavasos y las grandes copas de cerveza, todo eso da al bar un cierto aspecto de pub inglés. en el verano cuando entres al Chez nous, dejando atrás la calle Soleiman Pachá, con el bochorno, el ruido y la congestión, y te sientas para tomar una cerveza halada en medio de la quietud , con la refrigeración y la iluminación suave y reconfortante te sientes en seguida como si te hubieras escondido de la vida cotidiana. Esta sensación de privacidad es la que más lo distingue, que originariamente se había destacado como un lugar de encuentro de homosexuales, tal como consta en más de alguna guía turística. Su propietario se llama Aziz, pero le llaman “el inglés” sobrenombre que se deba a su parecido con los ingleses: piel blanca, cabellos rubios y ojos azules. Es homosexual y dicen que era el compañero del viejo griego propietario del bar, que se enamoró de él y le cedió el local antes de morir... Corre el rumor que organiza orgías para facilitar homosexuales a los turistas árabes, y también que del negocio obtiene beneficios que le permiten pagar los sobornos necesarios para librarse de las fuerzas de seguridad. Es de complexión fuerte y tiene facilidad de palabra. Bajo su vigilancia y cuidado, los homosexuales se reúnen en su bar, hacen amigos y se liberan de las presiones sociales que les impiden manifestar sus inclinaciones.


Los locales de los homosexuales son como los antros de hachís y los sitios de juego ilegal. Allí acuden todo tipo de clientes, de capas sociales y de diversas edades, profesionales y trabajadores de oficios varios, jóvenes y mayores, todos unidos por la homosexualidad. Los invertidos, igual que los carteristas, atracadores y todos los colectivos que están en el margen de la ley y de las costumbres, se han inventado un lenguaje particular que les permite comunicarse entre ellos sin dejar de ser entendidos por los otros. El homosexual pasivo lo llaman codiana y le ponen un nombre femenino, como Angie, Fátima, etc. Al activo lo llaman burgul y si es un hombre inculto y sencillo burgul seco. Del acto sexual lo llaman encuentro “wasla”. Entre ellos intercambian diálogos secretos con algunos movimientos de las manos. Si uno aprieta la mano del otro, significa que lo desea; si mientras conversan uno aguanta levantado el dedo índice y lo mueve de un lado a otro, se interpreta como una invitación a un encuentro, y si señala el corazón con un solo dedo quiere decir que le ha robado el corazón. Aziz el inglés, se preocupa mucho por la comodidad de los clientes del Chez Nous, pero no les permite actitudes fuera de lugar. Avanzada la noche, a medida que se exceden en la bebida, como pasa en todos los bares, más alzan la voz, cuando se mezclan y se caldean, y gritan porque todos quieren hablar. Pero en el Chez Nous, cuando los borrachos se libran al vicio y la excitación e intercambian palabras de flirteo y chistes ofensivos, o si alguno estira el dedo para acariciar el cuerpo del amigo, interviene enseguida el inglés, que se aplica para poner orden: comienza en voz baja y educada para acabar, si es necesario, amenazando con expulsar a lo clientes conflictivos. Muchas veces el inglés se exalta poniéndose rojo y regañando al homosexual que se ha ultrapasado en su deseo. “Escucha, mientras estés en mi casa, compórtate. si te gusta tu amigo, te lo llevas, pero aquí no lo toques”.

MUSEO


Un poema de Narcís Comadira

Quizás no lo sabe el dios absorto en su mármol,
que otro dios de carne altivamente se lo mira.
Es mucho más poderos: está vivo y se mueve
y, aunque mortal, mucho más perfecto.
Si las formas del cuerpo son casi las mismas,
¿por qué preferimos el cuerpo del dios antiguo?

Todo esto reflexionaba Licino cuando la Musa
al oído, sí lo sorprendió para decirle.
Míralo bien, que el chico se va a tomar un té
saliendo de aquí, a un Wimpy, y a dormir con la girl-friend
quizá por Candem Town…

En las últimas del British, un pequeña lluvia
resbalaba llorosa por canales y tejados.

13.9.09

ES MAS FACIL SER UNA CHICA


Fragmento extraído de la novela
Sarah de J.T Leroy

Sarah solía vestirme con su ropa. También me maquillaba. Me encantaba cómo se humedecía el dedo y me lo pasaba delicadamente por encima de los ojos. Me recordaba los documentales en los que la madre pájaro regurgita el alimento dentro d el acomida del pájaro bebé, y yo me sentí igual de satisfecho. Cuando íbamos a robar a las tiendas, para mí hubiera sido mejor ser una chica, por bien que nunca hubiera estado tan guapa como ella. las chicas tienen más riconcitos para esconder las cosas decía, pasándome paquetes de tabaco debajo del vestido y dentro de los sujetadores vacíos, además de meterme cortes de carne fría y húmeda en las medias. Lo único que quieren los hombres con los agujeros es taparlos, pero no quieren saber qué hay adentro. Se reía cuando los guardias nos repasaban las piernas y yo me reía con ganas porque veía que yo formaba parte de su “nosotras”. Pero un día dejó de vestirme, aunque es más fácil ir por el mundo como chica. Resulta más fácil cuando estás sentada en una cantina, murmurando en voz alta porque sólo llevas dinero par aun plato de gelatina cuando una hamburguesa con tocino te haría inmensamente feliz, y un hombre se inclina hacia ti y te dice” te convidaré a lo que quieras, preciosa” más fácil cuando un hombre te convida a pasar la noche en su casa y no tienes que dormir en el coche. Casi todo lo que quieres en este mundo resulta más fácil, cuando eres una chica guapa.

SEBASTIAN


Un poema de Luis Pérez Oramas

Los cuerpos que están en estos versos
no son cuerpos
son el vaho agrio que lleva las palabras al sonido
el vacío de la música que suena
cuando calla la textura del recuerdo
en ningún nombre
en ninguna pesadumbre
que dejara su sombra bajo el tacto.

Dardo encendido, tumescencia
láctea de animales que pueden serlo todo
en un instante, en cada voz
en cada brazo abierto hacia la nada.

Sólo cabe el ausente nombre de la sangre
y en lugar de flechas, lanzas, clavos
un criptograma oscuro por el escudo
un enigma cantando pectorales
la escalera que llevaba hasta el fuego
en la inmensa casa de tu espera.

NO ME CASO



Fragmento extraído y traducido del catalán
de la novela
Estimat Enric, Estimat Alfons
de Monserrat Cornet

Cierro los ojos y te veo. De repente, Rosa se interpone entre nosotros dos. Y la veo a ella, y tú ya no estás. Pero nuestros recuerdos son entrañables, el sueño que hemos vivido estos años ha sido placentero. ¿No piensas, Enric que tengo razón? Sin embargo, tanto tú como yo, hemos aprendido, quizá demasiado tarde, que eso tenía que acabarse, se tenía que cortar como fuera. He sido yo quien ha dado el primer paso. ¿Soy el más valiente o quizá el más cobarde? ¿Me tenía que enfrentar a una sociedad predispuesta a no perdonar ciertas cosas que nos e ajustan a u sus costumbres o tenía que huir como lo he hecho? No sabré nunca lo que hubiera sido mejor. Enric, aunque nos encontremos tan lejos el uno del otro, no me olvides. Yo te llevo muy adentro. El recuerdo de nuestra amistad es la sombra que nos acompaña Lo leímos juntos una tarde en mi casa. A Oscar Wilde lo pusieron en prisión, yo en cambio, he buscado una prisión voluntaria. Ellos pensaban que su relación era un montón de problemas. Nuestro problema sólo es la sociedad… esta sociedad que no nos admite, que nos rechaza porque somos así… Bastante que he luchado por cambiar mi forma de ser y sentir, sin conseguirlo. Aun recuerdo las últimas palabras que el cura Pere aconsejándome que te olvidara, que buscara una buena chica y que me casara. ¡Qué fácil parecía todo! ¡Una chica, un hogar, unos hijos! Fue en Palamós, cuando lo vi tan claro. Estábamos en la playa. Tú no te diste cuenta. Pero yo te miraba, contemplaba tu cuerpo bruno del sol, musculazo, fuerte. Por la tarde dormimos la siesta, tú y yo, solos, en aquel rinconcito entre las rocas donde habíamos pasado tantos momentos felices… No te lo dije pero fue entonces cuando comprendí que no me casaría, ni con Rosa ni con otra mujer. Era más fuerte que yo. Ya sé que muchos lo hacen, pero yo no tengo fuerzas para dar ese paso. Por eso huí. Desde aquí, quizá veré las cosas más claras. Decidiremos qué haremos con nuestras vidas, si es que este mundo nos deja decidir.

DESCAMPADOS



Fragmento de un poema de Nelson Simon


Y andamos como perros,
rastreando la mínima rosa del sudor
entre zarzales. Los ojos encendidos,
cuajarones de sangre que inyectan la mirada.
La piel abierta al polvo, la polución entrando
con sus finos tatuajes, ácaros del deseo
royendo la epidermis, dejando lentamente sus estrías
y cada vez más pálida la cara, sin fotosíntesis
a lo largo del largo invierno. La muerte en los montículos
de escombros. La muerte entre los hombres
agrupándolos. Y entre las piedras y las barras de hierros
retorcidos, flores del descampado: cajetillas de Fortuna,
pañuelitos blancos que huelen a mentol y semen
ya vencido, látex para salvarse de la muerte
en los montículos de escombro, y el miedo.
Parásito ya ando. Gusanillo del placer. Ave vacía.
Dibujo círculos sin sentido sobre los montículos
de escombros y hay hombres retorcidos
temblando entre los hierros deseosos.

ESTE ES MI HERMANO


Fragmento extraído de la novela
El ejército de salvación de Abdalá Taia

Tengo un hermano mayor. Lleva bigote, un hermoso bigote negro y fino que le da un aire de persona importante, que le hace parecer guapo. Tengo un hermano, y cuando era pequeño, a veces veíamos juntos la televisión en su cuarto; me metía con él en su camastro para que no pasara frío. Bajo la misma manta, nos pasábamos las horas pegados el uno al otro. El uno dentro del otro. He olvidado las imágenes que desfilaban por la pantalla de la tele. Sin embargo, llevo siempre en el corazón la sensación deliciosa que mi pequeño cuerpo experimentaba en contacto con el suyo, grande y fuerte. Yo conocía su olor. Conocía la piel de su cara, de sus orejas, de sus manos. Conocía las pequeñas arrugas que tenía en torno a sus ojos. Conocía su forma de respirar. Conocía su silencio. En su ausencia, yo entraba por la ventana en su habitación cerrada con llave y me quedaba allí sentado durante horas, o bien tumbado en un estado de suspensión, mirando lo que había en le cuarto. Libros, libros y discos. El camastro: el nuestro. El escritorio, hermoso, pero un poco bajo. La cadena hi-fi. Me sumergía en el fuerte olor de Abdelkebir, en su olor de hombre: me encantaba, me repanchigaba dentro de él, lo mezclaba con mi propio olor y lo inspiraba profundamente. Como un cachorrillo, necesitaba a mi hermano mayor para jugar con él, para dormir recostado contra él y, a veces, lamerlo. Bajo la biblioteca, mi hermano escondía algunos slips que desprendían un olor muy particular y tenía por dentro manchas blancas. Me llevó tiempo comprenderlo. Era su esperma. Conocía incluso el esperma de mi hermano. Lo tocaba, lo estudiaba, lo olisqueaba. Una vez intenté incluso comérmelo. Aquel esperma provenía de él. Era él.

CLARO DE LUNA NEGRA


Un poema extraído del libro Amuatar
de Pedro Gandía Buleo

Sobre un adamascado de estrellas y puñales
un garzón discoidal de suavísimo ébano,
vértigo de las sombras, obstinado acomete
con su acerada espada contra su otro yo.

Henchido de la esperma turbulenta y magnífica,
único círculo de nebuloso espectro,
es noche envenenada a acaso la belleza.

CUESTION DE PREFERENCIAS



Fragmento extraído de la novela
De incógnito de Matthew Rettenmund



Había un toque de aventura en el hecho de confiar en un desconocido, de ligármelo en un club donde todo el mundo podía ver lo que estabas a punto de hacer, de ir a su casa ( que podía albergar todo un arsenal de armas, una cámara de tortura, una motosierra cuidadosamente escondida o tal vez un simple paquete de condones y un tubo de vaselina) e intercambiar pajas, mamadas, corridas en la cara, sexo digital, polvos salvajes… Oh Dios. Hacer todo aquello sin sentir una pizca de afecto por la otra persona siempre sentaba de puta madre. El sida siempre había sido una cuestión que tener en cuenta: para cuando perdí la virginidad a los diecinueve, el sida ya aparecía en todos los titulares de los periódicos. Nunca he practicado el sexo sin sentir algún grado de paranoia. Cierta hipocondría sí, pero nunca experimenté ningún sentimiento de culpabilidad con respecto al sexo. Me educaron dentro de la fe protestante. Dejando a un lado los placeres adrenalíticos, lo cierto es que prefería esperar aun hombre que fuese un poquitín más sustancial que Stanley, el musculitos de culo complaciente, o que ese tío bueno estilo Corey Hart con un mecanismo de embestidas completamente salvaje y un control absoluto del orgasmo. Yo quería sexo del bueno, lo necesitaba al menos una vez cada seis meses, pero mi meta era la estabilidad en pareja. Warren había participado en varias de esas orgías en las que todos se la maman a todos, había asistido a fiestas sadomasoquistas (decía que disfrutaba con la violencia controlada) y había ido a numerosos cuartos traseros sin hacer motivo de vergüenza. “No es más que sexo” alegaba siempre, y lo decía en serio.

CUANDO DE NUEVO


Traducción del catalán
de un poema de Jordi Petit


Cuando de nuevo
nos encontramos
por un instante la piel
se vuelve campo de trigo
mar verde,
caricia de olas
suave inquietud
de la noches recogidaentre nuestras manos.

12.9.09

PRIMEROS JUEGOS


Fragmento extraído de la novela
La historia particular de un chico
de Edmund White


Allá donde vivo yo, los tíos, los de mi barrio / ¿Qué? le pregunté / Nos enculamos unos a otros. ¿Lo has hecho alguna vez? / Claro. / ¿Qué? / he dicho que claro que sí. / Supongo que a estas alturas ya pasas de eso. / Pues mira, como que por aquí no hay chicas… tenía la impresión que debe experimentar un científico cuando está apunto de iniciar el experimento de su carrera: exteriormente tranquilo, interiormente exultante, preparado para de entrada para la decepción. / Lo podríamos probar. / Silencio/ Si quieres… Al momento de haber articulado aquellas palabras tuve la impresión que no vendría a mi cama; me había notado alguna cosa rara, se pensaba que era una nena, tenía que decir “es verdad” en lugar de “Correcto”. / ¿Tienes un poco de eso? me preguntó / ¿Cómo? / Sí de eso, de vaselina… / No, pero no hace falta. Con la saliva/ Iba a decir “haremos”, pero los hombres dicen “funcionará”. Me empalmaba pero todavía tenía el miembro hacia abajo, y me molestaba, adentro de los calzoncillos, lo liberé, colocando la punta encima de la tira elástica. / No, debías de tener vaselina/ Yo podía estar documentado sobre las prácticas sexuales propiamente dichas, pero por lo que respecta a Kevin era el experto en aquello de encular. / Pues lo tendremos que probar con saliva. / No lo sé, bah, venga. / Hacía como una vocecita y parecía que tenía la boca seca. Vi cómo venía hacia mí. Él también llevaba unos calzoncillos de punto que parecían que brillasen. No llevaba nada en el cuerpo, pero se notaba que durante toda la liga había llevado una camiseta que le había dejado la parte del torso y la de arriba de los brazos blanca, aquella camiseta fantasma, me excitaba porque me recordaba que era el capitán de su equipo. Nos quitamos los calzoncillos. Estiré los brazos hacia Kevin cerrando los ojos. / es más frío que la pechera de una puta. Yo estaba de lado, encarado con él que había desplazado a su lado. Tenía el aliento con olor de leche. Tenía las manos y los pies fríos, Mantuve el antebrazo apretado bajo su cuero, pero con el otro le acariciaba, todo nervioso, la espalda. La espalda, el pecho y las piernas de él eran sedosas y sin ningún pelo, aunque le veía un pequeña pelambrera bajo el brazo, que yo mismo le había levantado para que me acariciara la espalda como yo le hacía. Una finísima capa de grasa hacía carnosa aquella piel de bebé. Debajo se notaba los músculos duros y redondeados. Bajó la mano debajo de la sábana para tocarme el miembro, yo toqué el suyo.

ELEGIA DEL MARINO ILUSORIO


Un poema de Porfirio Barba Jacob

Pensando estoy… Mi pensamiento tiene
ya el ritmo , ya el color, ya el ardimiento
de un mar que alumbran fuegos ponentinos.
A la borda del buque van saltando,
ebrios del mar, los jóvenes marinos.

Pensando estoy… Yo, cómo ceñiría
la cabeza encrespada y voluptuosa
de un joven, en la playa deleitosa,
cual besa el mar con sus lenguas el día.
Y cómo –de él cautivo_ temblando, suspirando
contra la Muerte,
su juventud indómita, tierno protegería.
Contra la Muerte,
sus silueta ilusoria vaga en mi poesía.

Morir… ¿ Conque esta carne cerúlea, macerada
en los jugos del mar, suave y ardiente,
será por el dolor acongojada?
¿ Y el ser bello en la tierra encantada,
y el soñar en la noche iluminada,
y la ilusión, de soles diademaza,
y el vigor… y el amor… fue nada, nada?

¡Dame tu miel, oh niño de boca perfumada!

DESPERTAR



Fragmento extraído de la novela
Los ángeles caídos de Eric Jourdan


Aunque seguía durmiendo, gimió, abrió los brazos con los ojos cerrados y, sin saber lo que hacía, me atrajo hacia él, haciéndome caer, y me abrazó con todas sus fuerzas. Un mohín deformaba sus labios. Estaba encima de él, pero su respiración, su calor y su aliento eran míos. El misterio de un cuerpo que tienes entre tus brazos me pareció sencillo y terrible a la vez: ¿a quién pertenece? El sueño lo aleja de la tierra se lo lleva a parajes desconocidos, su soledad es un pequeño destello de la muerte. El sol maquillaba con oro su rostro, resaltando sus párpados allí donde las pestañas carecían de sombra, tiñendo su pelo despeinado, ribeteando su oreja de un rosa transparente y rodeado de perlas de sudor su cuello de víctima yaciente. Dentro de un minuto, de un segundo, se daría la vuelta bajo el sol y se desperezaría; sólo me quedaba un instante para espiar su abandono. El cuerpo de Gerard durmiendo tenía la inmensidad del al noche; coloqué la oreja sobre su corazón. Desde tan cerca, su boca se convertía en la boca de un oráculo, y yo estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio a fin de escuchar la palabra amor. Cuando abrió los ojos seguía abrazándome, y antes de que el despertar le devolviera la memoria tuve derecho a contemplar una sonrisa en un rostro que no había visto hasta entonces. Mi primo mostraba ante la gente una cara romántica y socarrona, cuyo encanto surtía efecto en cuanto le echaban la vista encima. No obstante, yo era el único que conocía al auténtico Gerard.