
Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet
El rostro de Mario ni se inmutó. Lo animaba un calor extraordinario que no llegaba a infundirle color: estaba pálido, pero sus líneas eran tan apretadas, se rompían y se entrecruzaban de una manera tan brusca que lo iluminaban con una miríada de estrellas. Toda la vida de Mario debía de estar ascendiendo procedente de las pantorrillas, del sexo, del torso, del corazón, del ano, del intestino, de los brazos, de los codos, del cuello, hasta el rostro, donde se desesperaba de no poder salir, ir más lejos, escaparse en la noche, deshacerse en centellas. Tenía las mejillas ligeramente hundidas, lo que hacía más dura la barbilla. No tenía el ceño fruncido, pero ponía en blanco el globo ocular, lo que obligaba al borde del párpado a formar con la nariz una pequeña rosa de ámbar. Muy cerca de sus labios, dentro de la boca. Mario hacía una bola de saliva cada vez más grande que no osaba, que no sabía cómo tragar. Su miedo y su odio mezclados se habían amontonado allí, en el extremo de sí mismo. Los ojos azules se le habían vuelto casi negros bajo unas cejas cuyo color rubio era más claro que nunca. (...) Por un instante consideró la suavidad de los cabellos cortos, perfilados desde la nuca a la sien, y de cuyos tajos recientes emanaban una luz sedosa y delicada. Sopló suavemente la oreja para liberarla de algunos cabellos rubios más largos que caían de la frente. Nada se movió en el rostro de Mario.
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