7.10.08

CONTRA EL MURO


Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet


Por segunda vez se entrechocaron. maquinalmente , Gil colocó su mano en el hombro del muchacho. No volvió a quitarla. Roger aflojó el paso, convencido de que su amigo se iba a detener. ¿Qué sería de él? Una infinita ternura abandonaba el cuerpo del crío, pero alguien pasó. No se podía estar allí con Gilbert en una total soledad. Gil retiró su mano, la metió de nuevo en el bolsillo del pantalón y Roger se sintió abandonado. Sin embargo, al retirarla, Gil no pudo evitar que la mano se apoyara con más fuerza en el hombro del chico. Como si una especie de añoranza la hubiera vuelto pesada. Gil se empalmó. Sintió la resistencia del calzoncillo aprisionando su pene. La idea de “mierda” se instaló en él, se impregnó en todo su cuerpo a medida que el miembro se endurecía u se arqueaba nervudo, se elevaba al fin a pesar del calzoncillo de tejido estrecho, sólido y fino.

Eera un sonido dulce y ronco que parecía brotar del vientre de Gil, no ser sino un suspiro angustiado nacido en la base de su verga erecta. Percibía desde luego, la existencia de un canal de comunicación rápida, directa e inmediata entre la base de u sexo y el fondo de su garganta y su estertor ensordecido. Paulatinamente la cola de Gil iba cobrando vigor. Dentro del bolsillo, su mano la refrenaba, aplastándola contra su vientre. Tenía la entidad de un árbol, de un roble de pie musgoso, entre cuyas raíces nacen mandrágoras emisoras de lamentos.

Con los dientes apretados, sin sacarse las manos de los bolsillos, haciendo frente, Gil obligó al muchacho a recular hasta una oquedad de la muralla. Lo empujó con el vientre y con el busto. Roger conservó casi intacta su sonrisa, retirando apenas la cabeza ante el rostro tenso del joven albañil, que lo aplastaba con todo el peso de su cuerpo vigoroso. Gil sacó una mano – la que sostenía su polla- del bolsillo. La posó en el hombro de Roger, y tan cerca del cuello que con su pulgar rozó la piel helada del cuello del chaval. Con los hombros apoyados contra el muro, Roger se dejó deslizar con suavidad como desplomándose. Continuaba sonriendo.

Gil avanzaba n plan conquistador, casi como un enamorado. Su boca tenía la crueldad y la flacidez de las bocas de los seductores, adornada de un fino bigote negro, y su rostro se tornó de pronto tan grave que la sonrisa de Roger, como resultado de bajar ligeramente las comisuras de los labios, se entristeció. con la espalda contra el muro, Roger seguía deslizándose suavemente guardando la sonrisa un tanto triste con la que parecía zozobrar, ser engullido por la ola monstruosa de Gil, quien se iba a pique junto a él, la mano en el bolsillo, amarrándose al último resto del naufragio.

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