9.9.08

LAS CANCIONES DE GIL Y ROBERT


Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet

Comprado o robado de un marinero, el pantalón azul de hilo le ocultaba los encantadores pies, ahora invisibles y crispados por un último paso gallardo que hizo retumbar la mesa. Llevaba zapatos de charol negro, resquebrajados, y hasta ellos, naciendo de la cintura, iban rodando los estremecimientos de la tela azul. Su torso se hallaba estrechamente enfundado en un jersey de cuello alto, de lana blanca un poco grasienta. Querelle acercó uno a otro sus labios. Esbozó el gesto de llevarse la colilla a la boca, pero la mano se detuvo en el camino, a la altura del pecho, y la boca permaneció entreabierta. Contempló a Gil y a Roger unidos como por la boca mediante el hilo casi palpable de sus miradas, por el frescor de sus sonrisas, dando la impresión Gil de que cantaba para el chico y Roger, cual monarca coronado de una orgía íntima, de que elegía al joven albañil de dieciocho años al que su canto convertía por una noche en héroe de ventorrillo. Este modo de contemplarlos que tenía el marinero los aislaba. Querelle volvió a tener conciencia de conservar la boca entreabierta. Acentuó, aunque imperceptiblemente, su sonrisa sesgada. Una suave ironía invadió su rostro, luego todo su cuerpo, recostado en la pared, y aquella postura de abandono le prestó un aire irónico, casi divertido. Ninguno de los dos muchachos había dejado de mirar al otro un solo instante. Gil cantaba. Querelle sostenía con su hombro la pared de la taberna. Tomaba conciencia de sí mismo, al medir su mole viviente, la musculatura tumultuosa de su espalda, contra la mole indestructible de la muralla. Aquellos dos mundos de tinieblas luchaban en silencio. Querelle conocía la belleza de su espalada. Sin moverse apenas, hacía ondular el oleaje de sus hombros. Los confrontaba con la superficie del muro, con las piedras. Era fuerte. Con una mano-hundida en el bolsillo de su impermeable- acercó a sus labios una colilla encendida. Esbozó una leve sonrisa. Robert y los otros dos marineros sólo tenían oídos para la canción. Pero querelle no dejaba de sonreír. Mirando a Gil y a Roger enlazados por sus miradas y sus sonrisas, no podía decidirse a cerrar los labios entreabiertos, a retraer dentro de sí mismo los dientes, ni su brillo, tan suave que infundía a su difuso pensamiento el mismo reposo que el azul celeste da a nuestros ojos. Tras los dientes, rozando el paladar, movió ligeramente la lengua.


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