10.9.08

ECHARSE NOVIO




Fragmento extraído de Los novios búlgaros
de Eduardo Mendicutti


Porque echarse novio puede parecer una extravagancia, un capricho exótico y reservado a malvalocas y cosmopolitas, un privilegio de sodomitas exigentes o bujarrones temerarios, un refinamiento excepcional, pero a mediados de 1990, en Madrid, no lo era en absoluto. bastaba con darse una vuelta por la Puerta del Sol, contemplar a aquellos muchachos arracimados junto a ala fuente cercana a la desembocadura de la calle de Montera o a la boca del metro de la calle del Carmen, comprobar el encanto entre arrogante y desamparado que desprendían como único recurso para sobrevivir, calibrar la insólita belleza centroeuropea de muchos de ellos, disfrutar con la mirada aquella sorprendente invasión de inmigrantes altos y rubios, o morenos pero de rasgos no meridionales, corpulentos o delicados, aquel novedoso y suculento enjambre de polacos, búlgaros, rumanos, algún checoslovaco periférico, y bastaba con elegir uno, sonreírle, acercarse a él e intentar una conversación imposible, invitarle por señas universales a beber o comer algo en un establecimiento de comida rápida y proponerle, también por señas, a ser posible discretas, a ir a pasar un rato a casa. La respuesta del chico era inmediata: “Cinco mil pesetas”

Hacía tiempo que el mercado se encontraba tenazmente desabastecido- en realidad, no se había recuperado de la desaparición casi repentina de los alegres paracaidistas que abarrotaban, los fines de semana, ciertos bares de los alrededores de la Puerta del Sol- y de pronto, se acumulaba el género nuevo, a estrenar, jóvenes guapos, limpios, sanos y conmovedores, muchachos comidos a partes iguales por la melancolía y la impaciencia, ejemplares magníficos que arribaban sin cesar al centro de Madrid con el aura de prisioneros recién liberados, con el romántico atractivos de los pioneros, con esa fascinación que desprende la mocedad cuando combina con desparpajo la osadía y la desgracia. Los más afortunados, los más hábiles, o los que se conformaban con cualquier cosa habían encontrado ya un protector estable, y en los corrillos de madrinas más o menos obvias y de ahijados más o menos convencidos empezaba a hablarse de noviazgos, regalos de pedida y joyas de compromiso con admirables desfachatez.

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