15.9.08

JUEGOS NOCTURNOS

Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet


Mete la mano, ya verás. / Querelle alargó su mano, volvió a posar sus dedos, que vacilaron apenas tocaron la tela tensa (y tal vacilación turbó a ambos de manera deliciosa) Abre, vas a verlo, que insistes en que hablo por hablar. Aunque lo sabían, ambos se aferraban al juego de la inocencia. Temían precipitarse demasiado aprisa en la verdad, abandonarse a la confesión desnuda. Lentamente, sin dejar de sonreír para hacer creer a Mario que se trataba de algo sin importancia, de una broma, mirando fijamente a los ojos del polizonte, Querelle desabrochó uno, dos, tres botones. Deslizó la mano y cogió la polla suavemente. La tenía entre el índice y el pulgar, y luego la sopesó con toda la mano como para juzgar su talla. Con voz pretendidamente claro, pero en la que quedaba algún resto de turbación dijo “Tienes razón, no está mal” / Te gusta. Querelle retiró la mano. Continuaba sonriendo. / Te he dicho que no me interesa. Gorda o flaca, me da igual. Con la mano libre metida en el bolsillo- la otra estaba sobre el hombro del marinero- el policía hizo brotar su verga fuera de la bragueta. Permaneció así, plantado sobre sus piernas abiertas, frente a aquel marinero que le miraba sonriendo. Susurró “ Menéamela, un poco, anda”

Mario no lo lograba. Querelle se volvió bruscamente, poniéndose en cuclillas. La verga del policía traspasaba fatalmente su boca cuando el rápido atravesó el túnel antes de entrar en la estación. Por primera vez Querelle besaba a un hombre en la boca. Tenía la impresión de que su rostro chocaba contra un espejo que reflejara su propia imagen, que hurgara con la lengua en el interior de una cabeza de granito. Sin embargo, tratándose de un acto de amor, y de un amor culpable supo que estaba cometiendo el mal. Se empalmó con más fuerza. Sus dos bocas quedaron soldadas, con las lenguas en contacto aguado o aplastado, no osando ni una ni otra posarse sobre las mejillas rugosas donde el beso hubiera sido signo de ternura. Abriendo bien los ojos, se miraban con una ligera ironía. El policía tenía la lengua muy dura.

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