
Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet
El patrón hablaba con indiferencia. Había perdido toda consideración hacia un tipo que burlaba al destino haciéndole trampas. Querelle permaneció de pie, inmóvil en medio del salón, con las piernas entreabiertas. Las mujeres no le hacían perder la serenidad. A veces por las noches en el coy, se abrazaba el sexo maquinalmente con la mano, lo acariciaba y daba remate a una masturbación discreta. Miró cómo se desabrochaba Nono. Hubo un instante de silencio durante el cual la mirada de Querelle quedó prendida en los dedos del patrón, que trabajaba dificultosamente para sacar un botón de su ojal. Querelle sonrió. Maquinalmente comenzó a desabrocharse la trabilla del pantalón de marino. La voz de Norber era cortante, casi maligna. Un momento de furia crispó el cuerpo todo de Querelle, quien se tornó extraordinariamente hermoso, con la cabeza erguida, los hombros inmóbiles y tensos, las nalgas más pequeñas, las caderas apretadas (separadas por la postura de las piernas que le alzaban la grupa) pero de una exigüidad que aumentaba la impresión de crueldad. La trabilla desabrochada le caía sobre los muslos como un delantalillo de niña. Su rostro y sus cabellos relumbraban de odio.(...)
Querelle se dio la vuelta. No había alcanzado a ver la polla de Norbert. Se encontró apoyando sus puños -uno de ellos cerrado sobre el cinto- en el borde del diván. Despechugado, Norbert estaba solo. Con un movimiento de dedo, tranquilo y suave, liberó su picha del calzoncillo corto, y durante un instante la sujetó, pesada y erecta, con toda la mano.- Contempló su imagen ante el espejo situado frente a él y la adivinó repetida veinte veces por toda la habitación. Era fuerte. Era el amo En el salón había un silencio total. Avanzando tranquilamente, se puso la mano en el sexo como si apoyara en una rama flexible- le parecía que estaba apoyándose en sí mismo- Querelle le aguardaba con la cabeza gacha y congestionada. Norbert vio las nalgas del marinero: eran pequeñas y duras, redondas., descarnadas y cubiertas de un tupido vellón moreno que continuaba a lo largo de los muslos- y cada vez más ralo- hacia lo alto de la comba de su espalda, donde la camiseta de rayas sobresalía un poco bajo la marinera remangada. Con los dedos, hábilmente Norbert se untó la polla de saliva.
Sus músculos no sabían de qué lado plegarse para conseguir una curva. Norbert lo aplastó. Lo penetró tranquilamente hasta la base de la verga, justo hasta que su vientre tocó las nalgas de Querelle mientras lo atraía contra sí con sus dos manos terribles y poderosas bajo el vientre del marino, cuyo miembro, dejando de reposar aplastado contra el terciopelo de la cama, se elevaba, golpeaba la piel del vientre en el que estaba arraigado y los dedos de Norbert, indiferentes al contacto. Querelle se empalmaba como se empalaman los ahorcados. Lentamente, Norbert hizo algunos movimientos apropiados. El calor del interior de Querelle le sorprendía. Penetró todavía más adentro, con sumo cuidado, para sentir mejor su felicidad y su fuerza. Querelle se sorpendía de que le doliese tan poco.
Sus pies habían resbalado, su vientre se aplastaba de nuevo contra el borde del diván. Trató de levantar un poco el mentón, de sacar la cara de su envoltorio de terciopelo negro, pero el olor del opio le adormecía. Vagamente agradecía a Norbert que le protegiera cubriéndole. Le estaba afluyendo una suave ternura hacia su verdugo. Volvió la cabeza un poco, esperando con todo, a pesar de su ansiedad, que Norbert le besase en la boca; pero no consiguió ver el rostro del patrón, quien, no experimentando la menor ternura hacia él, ni siquiera concebía que un hombre besara a otro. Calladamante con la boca entreabierta, Norbert se afanaba como en un trabajo importante y serio.
Levantándose ligeramente sobre sus puños, tensó aún más enérgicamente las nalgas, casi hasta provocar a Norbert, pero éste dedicó todo su vigor a aplastarlo y, de repente, arrancándole la sábana que acababa de ponerse sobre los hombros, le dio una sacudida terrible, una segunda, una tercera, hasta seis, que se espaciaron atenúandose hasta la total postración. Al primer embate, que tan fuerte le aniquilaba. Querelle gimió dulcemente primero, luego con más fuerza, hasta jadear sin pudor.
Querelle de Brest de Jean Genet
El patrón hablaba con indiferencia. Había perdido toda consideración hacia un tipo que burlaba al destino haciéndole trampas. Querelle permaneció de pie, inmóvil en medio del salón, con las piernas entreabiertas. Las mujeres no le hacían perder la serenidad. A veces por las noches en el coy, se abrazaba el sexo maquinalmente con la mano, lo acariciaba y daba remate a una masturbación discreta. Miró cómo se desabrochaba Nono. Hubo un instante de silencio durante el cual la mirada de Querelle quedó prendida en los dedos del patrón, que trabajaba dificultosamente para sacar un botón de su ojal. Querelle sonrió. Maquinalmente comenzó a desabrocharse la trabilla del pantalón de marino. La voz de Norber era cortante, casi maligna. Un momento de furia crispó el cuerpo todo de Querelle, quien se tornó extraordinariamente hermoso, con la cabeza erguida, los hombros inmóbiles y tensos, las nalgas más pequeñas, las caderas apretadas (separadas por la postura de las piernas que le alzaban la grupa) pero de una exigüidad que aumentaba la impresión de crueldad. La trabilla desabrochada le caía sobre los muslos como un delantalillo de niña. Su rostro y sus cabellos relumbraban de odio.(...)
Querelle se dio la vuelta. No había alcanzado a ver la polla de Norbert. Se encontró apoyando sus puños -uno de ellos cerrado sobre el cinto- en el borde del diván. Despechugado, Norbert estaba solo. Con un movimiento de dedo, tranquilo y suave, liberó su picha del calzoncillo corto, y durante un instante la sujetó, pesada y erecta, con toda la mano.- Contempló su imagen ante el espejo situado frente a él y la adivinó repetida veinte veces por toda la habitación. Era fuerte. Era el amo En el salón había un silencio total. Avanzando tranquilamente, se puso la mano en el sexo como si apoyara en una rama flexible- le parecía que estaba apoyándose en sí mismo- Querelle le aguardaba con la cabeza gacha y congestionada. Norbert vio las nalgas del marinero: eran pequeñas y duras, redondas., descarnadas y cubiertas de un tupido vellón moreno que continuaba a lo largo de los muslos- y cada vez más ralo- hacia lo alto de la comba de su espalda, donde la camiseta de rayas sobresalía un poco bajo la marinera remangada. Con los dedos, hábilmente Norbert se untó la polla de saliva.
Sus músculos no sabían de qué lado plegarse para conseguir una curva. Norbert lo aplastó. Lo penetró tranquilamente hasta la base de la verga, justo hasta que su vientre tocó las nalgas de Querelle mientras lo atraía contra sí con sus dos manos terribles y poderosas bajo el vientre del marino, cuyo miembro, dejando de reposar aplastado contra el terciopelo de la cama, se elevaba, golpeaba la piel del vientre en el que estaba arraigado y los dedos de Norbert, indiferentes al contacto. Querelle se empalmaba como se empalaman los ahorcados. Lentamente, Norbert hizo algunos movimientos apropiados. El calor del interior de Querelle le sorprendía. Penetró todavía más adentro, con sumo cuidado, para sentir mejor su felicidad y su fuerza. Querelle se sorpendía de que le doliese tan poco.
Sus pies habían resbalado, su vientre se aplastaba de nuevo contra el borde del diván. Trató de levantar un poco el mentón, de sacar la cara de su envoltorio de terciopelo negro, pero el olor del opio le adormecía. Vagamente agradecía a Norbert que le protegiera cubriéndole. Le estaba afluyendo una suave ternura hacia su verdugo. Volvió la cabeza un poco, esperando con todo, a pesar de su ansiedad, que Norbert le besase en la boca; pero no consiguió ver el rostro del patrón, quien, no experimentando la menor ternura hacia él, ni siquiera concebía que un hombre besara a otro. Calladamante con la boca entreabierta, Norbert se afanaba como en un trabajo importante y serio.
Levantándose ligeramente sobre sus puños, tensó aún más enérgicamente las nalgas, casi hasta provocar a Norbert, pero éste dedicó todo su vigor a aplastarlo y, de repente, arrancándole la sábana que acababa de ponerse sobre los hombros, le dio una sacudida terrible, una segunda, una tercera, hasta seis, que se espaciaron atenúandose hasta la total postración. Al primer embate, que tan fuerte le aniquilaba. Querelle gimió dulcemente primero, luego con más fuerza, hasta jadear sin pudor.
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