4.9.08

EL REGRESO DE LOS OBREROS


Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet


A veces suele llover en septiembre. Con la lluvia, a los obreros del puerto y del arsenal se les pegan a los músculos las tenues ropas de tela, la camisa, el pantalón azul. Acontece también que algunas tardes haga buen tiempo y que los astilleros desciendan grupos de albañiles, carpinteros, mecánicos. Vienen cansados. Sus andares fatigados sólo se tornan airosos cuando sus zapatos, sus pasos mororos revientan los charcos de aire que manan en su derredor. Pasan lentamente, pesadamente, cruzñandose con el ir y venir más rápido de los marinos que van de farra, convertidos en el ornato de esta ciudad, que centelleará hasta el laba con las figuras que trenzan sus piernas, con el estrépito de sus risas, con sus canciones, con su alegría. Con los insultos vociferados a las chicas, los besos, los cuellos las borlas de las gorras. Los obreros regresan de las barracas. A lo largo de la jornada han trabajado en serio fundiendo sus gestos, entrelazándose, hasta conseguir una obra que constituiría el nudo invisible y apretado de todos ellos.

En cuanto a los golfos que estrecho entre mis brazos, mi ternura y mis besos apasionados a los rostros que acaricio, que cubro dulcemente con mis sábanas, no son sino una suerte de agradecimientos y fascinación mezclados. Tras haberme afligido hasta tal punto por la soledad en que me recluye mi singularidad ¿puede ser cierto que tengan desnudos, que retenga estrechados contra mi cuerpo a estos muchachos tan grandes a mis ojos por la audacia y su dureza, que me derriban al suelo y me pisotean? No acabo de creerlo y las lágrimas afluyen a mis ojos para dar gracias a Dios que me conceda tanta dicha. El llanto me enternece. Me deshago en lágrimas. Con su agua sobre mis mejillas, ruedo, derramándome en ternura sobre las mejillas tersas y duras de estos muchachos.

Esa mirada severa, a veces casi recelosa, incluso justiciera, que el pederasta mantiene fija sobre el joven que acaba de conocer, es una breve pero intensa meditación acerca de su propia soledad. En un instante (lo que dura esa mirada) se encierra, compacta, una desesperación permanente de frecuencia rápida y opresiva, minuciosamente entretejida con el temor de verse rechazado “Sería tan hermoso, piensa” Y si no lo piensa. Así lo expresan su ceño fruncido y la reprobación de su negra mirada

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