31.5.12

EL ENANO PELUDO



Fragmento extraído de la novela


Tiresias de Marcel Jouhandeau


Ocho días. Ha vuelto. No hay zona de su cuerpo que mis labios no hayan recorrido, pero penas se ha dado la vuelta, sin saber cómo, he pedido que me envíen a otro. ¡Que aprenda! Mi única excusa es la embriaguez de sensaciones en que me satisface todo. Necesito aún más ¡Cuidado! a causa de este vértigo, de esta exigencia, adivino que, al no conformarme ya con nada volveré a la Sensatez. Tiresias duda entre sus dos rostros. No importa. He sido dichoso durante una hora ¿Por qué, cuando é ya no está, la Tierra ha de convertirse en un tumba para mí? Mientras pueda sentir detrás de mi oreja el aliento caliente de un ser vivo ¡Qué alegría! Y sin duda no era Richard no Philippe, sino uno cualquiera, una especie de animalito velludo, fornido y pasicorto, pero amable, ágil, tierno de ojos brillantes, labios húmedos, dócil y fuerte, según se desee.



Me faltaba poco para estar ebrio, pero el dueño del local ha estado muy delicado. Me señala de lejos un muchacho bastante alto, me dice que me lo envía y, mientras avanzo a través del bosque de palmeras donde será la cita, me encuentro a un Enano tocado con un sombrero de ala ancha y con un paraguas bajo el brazo. Una vez retirado el sombrero y los guantes y el resto, no me sentí defraudado. ¿Se debió quizás a aquellas plantas verdes gigantes con aspecto de selva? Desnudo el Enano era todo vello. De las rodillas a la cintura y sobre el pecho, nos e le veía la piel como si me encontrase frente a un gorila o a una bestia parecida. Su voz semejaba un gruñido sordo, y de repente se puso andar a cuatro patas; luego a cinco. Nunca antes había tenido la ocasión de encontrarme frente a una bestia que fuese hasta ese punto un hombre, un hombre que pareciera hasta un punto un animal. Sus nalgas desaparecían bajo su pelambre negra como bajo una falda sedosa que se espesaba en la juntura de sus muslos y en la entrepierna, delante y detrás, de manera que los testículos, recios y soldados al cuerpo, sólo eran visibles en ciertos movimientos y le miembro se bamboleaba como el sable de un húsar.





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