
Fragmento extraído de la novela
El sol de la decadencia
de Luís Antonio de Villena
No se trataba de contar nada, sino de sugerir tan solo. El joven marinero de un puerto perdido. Eso es el sueño. Una imagen sin tiempo, ambigua, turbulenta, pasional y adolescente. Bob estaba en esa clase de estricta masculinidad temblorosa y tierna, prieta en piernas y nalgas duras, y con aroma a verano. A flores excesivamente rojas, que emanan azúcar. Dulce tensión y sudor de un arco bravo. Pleno el pecho y limpio. La playa estaba vacía y el sol dispuesto en el tenue que se pedía. La salida de los antros clandestinos en un lugar de verano. El propio Taylor hizo de maquillador allí mismo. No era demasiado. Con la camiseta a rayas azules, algo rota, el pelo revuelto y una botella de ron, al lado, casi seca, la connotación era perfecta. ¿Ese chico medio caído, junto a unas rocas, al amanecer (al fondo el mar) ¿Dónde si no podría haber estado aquella larga noche? Los ojos tan azules, sabiamente torneados de khol, sugerían en su sombra otro reino de sombra, fiel a la belleza, en la puntual del exceso y la desolación, cuando la juventud se percata temerosa de sí misma, y se complace. Rompió más la camiseta. Le tumbó sobre la arena húmeda, descalzo. Le hizo humedecer los labios dos veces, para que fueran saliva y baño…
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