Me clavó bien, al hueso, las esposas.
la mordaza anudó, las ataduras,
porque, sabiendo cómo estaba a oscuras,
maneras no me tuvo más piadosas.
A quien sonría amor, hable de rosas,
que no tengo yo voz para blanduras.
llegó, venció, sentí sus mordeduras,
cayó la sangre en pérdidas gloriosas.
¿Dónde hay amor aquí, o estas fervientes
prisiones son amor y estos mil fuegos
que me amargan la miel, trizna mi trigo?
No es niño amor de aljabas inocentes,
ni el ciego es él: nosotros, sí los ciegos,
que llamamos amor al enemigo.
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