Fragmento traducido y extraído
de la novela Un amor fuera de la ciudad
de Manuel de Pedrolo
La chica era agradable su gesto había sido demasiado espontáneo, demasiado sencillo y natural, para dañarme de verdad. Para bien mío, en aquel momento lo vi de otra manera, no va ser un gesto vicioso, no era viciosa su curiosidad. Pero lo que ella me mostró sin saberlo, aquellos que me mostró no era su sexo, sino el sexo de mi madre. Es horrible decirlo ¿no? pero no te puedo mentir ahora, ya he mentido bastante. Desde aquel momento y para siempre, yo no podía ver otra cosa que una réplica de mi madre en todas las otras mujeres, fueran las que fuesen. Y yo odiaba, todo la odiaba, todo lo que a ella se refería era desagradable, asociado a recuerdos tristes o repugnantes o terrible; todo, desde su perfume a la expresión de sus sentimientos, me repelían. Mi anhelo inconsciente debía ser fundirme en un mundo masculino, sólo de hombres, porque este era el único mundo seguro, el único mundo en el que conseguir un poco de paz, un poco de tranquilidad. Mi primera experiencia me había hecho dividir el mundo en dos parte limpiamente separadas, opuestos, la una a la otra. Presidiendo un estaba el padre bueno, afectuoso, estable; presidiendo la otra, una fiera devoradora e insaciable, de reacciones imprevisibles, siempre dolorosas (…)
No era posible establecer con ellas una compañía sólida; presentía, me atrevo a asegurar, que si me confiaba acabarían siempre traicionando. Era un mundo inseguro, resbaladizo, sujeto a tempestades de todo tipo sin estabilidad. Un mundo donde perderse para no encontrarse nunca más y ya me había pasado una vez, conservaba aún las señales, las llevaría siempre… Pero el mundo de los hombres ¿te lo he dicho? era diferente. Aquí sí que se podía pisar un terreno firme, aquí sí que la amistad y la comprensión eran posibles. ¿No lo sabía también por la experiencia? No te imaginas, que las primeras amistades de adolescentes, amistades aún de colegio, tuvieran un carácter sexual, porque te equivocarías. Eran amistades limpias, puras, y te puedo asegurar que pasé prácticamente toda mi infancia sin caer en aquellas vergüenzas a las que tantos otros de mis amigos se libraban, quizás sin demasiada malicia, por simple curiosidad. Como todos los chicos, me había masturbado frecuentemente, pero nada más (…)
Se limitaban, en resumen, a ciertas amistades más tiernas y más íntimas de lo corriente, y en el orden práctico, a comparaciones, exploraciones y tocamientos de los órganos sexuales. En todo esto la mujer tenía un papel directo, por bien que distante. Porque si bien a veces nos reuníamos tres o cuatro en algún rincón de los urinarios con la intención de masturbarnos, en general buscábamos nuestro excitación no solamente en el estímulo que para cada uno de nosotros suponía la presencia de los otros, testigos y cómplices al mismo tiempo, sino en alguna imagen, dibujo o fotografía, incluso en algún texto centrado en la desnudez femenina.
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