
(Primera parte)
Fragmento extraído de Dos chicos enamorados
conjunto de relatos de Lawrence Schimel
Alargué la mano para acariciar la polla de Jaume por encima del tejido verde del bañador, mirando desafiante a los hombres que nos rodeaban. Al igual que yo, Jaume ya estaba medio empalmado y sentí cómo su polla respondía a mis dedos. Los hombres se mantuvieron en silencio, contentos, o eso parecía, de ser voyeurs sin más. Incluso el rubio del bañador naranja estaba callado, aunque observaba cómo mi mano se movía, mirándome de vez en cuando y bajando la vista después. Al final se acercó a nosotros y se arrodilló delante de Jaume. Le bajé el bañador verde hasta las caderas y su miembro brotó libre del tejido opresor. De pronto, el rubio extendió la mano y se lo cogió. Miré a las personas que nos rodeaban esperando una reacción, pero seguían inmóviles como estatuas. Lo normal hubiera sido que se hubiesen implicado, o que hubieran comentado algo entre ellos, que hubieran manifestado de algún modo que estaban allí, aunque no activos, por lo menos presentes y conscientes. Si nos hubieran ignorado claramente, si hubiesen continuado conversando como si no estuviéramos fornicando delante de ellos, habría sido un reconocimiento más directo. Los aparté de mi cabeza y me dediqué a observar cómo el culo de Jaume se contraía una y otra vez empujando su polla con fuerza en el interior de la boca del rubio. Mi polla empezó a crecer al ver el rabo de mi amante siendo acariciada por la boca de este desconocido, hasta asomarse por el lateral de mi bañador. Todavía llevaba puesto el chaleco salvavidas y la correa que tenía entre las piernas me impedía bajarme el bañador tal como lo había hecho con el de Jaume. Me las arreglé para sacar la polla y los huevos por la entrepierna y empecé a cascármela; no quería agobiarme con el lío que se había formado con el chaleco, y la presión que ejercía el tejido prieto del bañador contra la base de mi polla era muy placentera. El rubio seguía llevando el bañador naranja mientras le hacía una mamada a mi novio. Parecía como si la ojeada que le había lanzado a su polla hubiera despertado en él un sexto sentido pues, sin levantar la mirada o romper el ritmo que mantenía con el rabo de Jaume, extendió el brazo y agarró el mío con una precisión infalible, como si durante todo este tiempo hubiera sido consciente del lugar que ocupaba con relación a él. Ésta era una habilidad que admiraba en los hombres que la poseían, como la capacidad para localizar los pezones a través de una camiseta sin previamente haberles metido mano.
Fragmento extraído de Dos chicos enamorados
conjunto de relatos de Lawrence Schimel
Alargué la mano para acariciar la polla de Jaume por encima del tejido verde del bañador, mirando desafiante a los hombres que nos rodeaban. Al igual que yo, Jaume ya estaba medio empalmado y sentí cómo su polla respondía a mis dedos. Los hombres se mantuvieron en silencio, contentos, o eso parecía, de ser voyeurs sin más. Incluso el rubio del bañador naranja estaba callado, aunque observaba cómo mi mano se movía, mirándome de vez en cuando y bajando la vista después. Al final se acercó a nosotros y se arrodilló delante de Jaume. Le bajé el bañador verde hasta las caderas y su miembro brotó libre del tejido opresor. De pronto, el rubio extendió la mano y se lo cogió. Miré a las personas que nos rodeaban esperando una reacción, pero seguían inmóviles como estatuas. Lo normal hubiera sido que se hubiesen implicado, o que hubieran comentado algo entre ellos, que hubieran manifestado de algún modo que estaban allí, aunque no activos, por lo menos presentes y conscientes. Si nos hubieran ignorado claramente, si hubiesen continuado conversando como si no estuviéramos fornicando delante de ellos, habría sido un reconocimiento más directo. Los aparté de mi cabeza y me dediqué a observar cómo el culo de Jaume se contraía una y otra vez empujando su polla con fuerza en el interior de la boca del rubio. Mi polla empezó a crecer al ver el rabo de mi amante siendo acariciada por la boca de este desconocido, hasta asomarse por el lateral de mi bañador. Todavía llevaba puesto el chaleco salvavidas y la correa que tenía entre las piernas me impedía bajarme el bañador tal como lo había hecho con el de Jaume. Me las arreglé para sacar la polla y los huevos por la entrepierna y empecé a cascármela; no quería agobiarme con el lío que se había formado con el chaleco, y la presión que ejercía el tejido prieto del bañador contra la base de mi polla era muy placentera. El rubio seguía llevando el bañador naranja mientras le hacía una mamada a mi novio. Parecía como si la ojeada que le había lanzado a su polla hubiera despertado en él un sexto sentido pues, sin levantar la mirada o romper el ritmo que mantenía con el rabo de Jaume, extendió el brazo y agarró el mío con una precisión infalible, como si durante todo este tiempo hubiera sido consciente del lugar que ocupaba con relación a él. Ésta era una habilidad que admiraba en los hombres que la poseían, como la capacidad para localizar los pezones a través de una camiseta sin previamente haberles metido mano.
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