Fragmento extraído de la novela
Los misterios de Pittsburg de Michael Chabon
De vez en cuando yo le miraba, y le veía más extendido con los ojos cerrados, las pestañas relucientes y el cuerpo casi desnudo. Nunca le había visto así, con la piel tan expuesta, y tuve la impresión de que nunca había dedicado al cuerpo de un hombre la atención que ahora dedicaba a aquel, por furtiva y de reojo que fuese. Me sentí, me siento ahora, falto casi del vocabulario para describirlo, como si palabras tales como muslo, pecho, ombligo, pezón, correspondieran al erotismo femenino y no pudiese aplicar aquí. Es cierto que cada una de esas partes estaba cubierta por un espeso vello rubio que en los bordes del bañador y en el pecho se volvía castaños rojizo. Me di cuenta de que lo observaba intentando eliminar el pelo, los bultos de músculos, la silueta del pene entre las piernas, el brillo d el barba en las mejillas. Paré de hacer aquello. Le miré bien. Estaba sudado; su vientre era plano; el dorso de la larga, húmeda mano estaba cubierto de vello. y miré también la entrepierna, y el extraño puño – éste sí totalmente imberbe – ceñido por la suave lycra azul. pero lo más extraño, aquello de lo cual más me costaba apartar los ojos, era su piel; completamente jaspeada de pequeñas sombras, tenía una apariencia a un tiempo tersa y áspera, como de gamuza o de arena, daba la impresión de que, al contrario que la de una mujer, nunca cedería a la presión de mi mano. De pronto él se incorporó y apoyándose en los codos, con la cara enrojecida y los ojos como el agua brillante de la piscina, me sorprendió mirándole la piel. Atónito, me hallé masticando la frase que durante todo el verano me había prohibido pensar: estaba enamorado de Arthur Lecomte. Le deseaba.
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