L’amant del nois de Isidre Bravo
Gozar, esta es una de las claves para entender Marruecos y dejarse penetrar. Una sensualidad infinita, tan indolente que no es consciente de la misma, o lo es de una manera medio dormida, pero tan fuerte que los penetra hasta el fondo, te sale por todos los poros del cuerpo y del espíritu y condiciona su movimiento. Una sensualidad, que a la vez, va unida al pudor más exagerado, hiriendo que a aquel que se acerca y la contempla con una difícil y explosiva mezcla de puritanismo y voluptuosidad. Te habrías muerto de la emoción, - a mi casi se me corta la respiración- por la mañana, cuando me desperté, viendo el gran hijo de la Mina, que tiene dieciocho años, durmiendo abrazado a su amigo. O poniéndole la mano sobre el vientre, cerca del sexo, sin que ninguno de los dos no se diera cuenta. Es el fruto inconsciente de que algo que desde que son pequeños tienen incorporado a su vida: los abrazos, caminar cogidos, estar parados apoyados el uno con el otro. Y es que seguro que no podrías soportar- de tensión de envidia o de deseo, como yo, que estos grupos formados por un hombre y un joven, de unos veintiocho o treinta años. Y dos o tres adolescentes de quince o dieciséis, quizás el tío y los sobrinos y los aprendices… o el del ídolo del fútbol y sus admiradores rendidos como aquel que tuve enfrente de los ojos, feliz como un dios, que me hacía pensar en el Zeus del museo de Olimpia, de sonrisa, relajada y cómplice llevando a Ganímedes abrazado: aquí el abrazo era sustituido por un masaje en el pecho del bellísimo efebo rubio de piel morena que apoyaba la cabeza encima de las piernas del adulto; mientras que le pellizcaba los finísimos pezones; y el chico, indolente, y despreocupado, se dejaba hacer...
Gozar, esta es una de las claves para entender Marruecos y dejarse penetrar. Una sensualidad infinita, tan indolente que no es consciente de la misma, o lo es de una manera medio dormida, pero tan fuerte que los penetra hasta el fondo, te sale por todos los poros del cuerpo y del espíritu y condiciona su movimiento. Una sensualidad, que a la vez, va unida al pudor más exagerado, hiriendo que a aquel que se acerca y la contempla con una difícil y explosiva mezcla de puritanismo y voluptuosidad. Te habrías muerto de la emoción, - a mi casi se me corta la respiración- por la mañana, cuando me desperté, viendo el gran hijo de la Mina, que tiene dieciocho años, durmiendo abrazado a su amigo. O poniéndole la mano sobre el vientre, cerca del sexo, sin que ninguno de los dos no se diera cuenta. Es el fruto inconsciente de que algo que desde que son pequeños tienen incorporado a su vida: los abrazos, caminar cogidos, estar parados apoyados el uno con el otro. Y es que seguro que no podrías soportar- de tensión de envidia o de deseo, como yo, que estos grupos formados por un hombre y un joven, de unos veintiocho o treinta años. Y dos o tres adolescentes de quince o dieciséis, quizás el tío y los sobrinos y los aprendices… o el del ídolo del fútbol y sus admiradores rendidos como aquel que tuve enfrente de los ojos, feliz como un dios, que me hacía pensar en el Zeus del museo de Olimpia, de sonrisa, relajada y cómplice llevando a Ganímedes abrazado: aquí el abrazo era sustituido por un masaje en el pecho del bellísimo efebo rubio de piel morena que apoyaba la cabeza encima de las piernas del adulto; mientras que le pellizcaba los finísimos pezones; y el chico, indolente, y despreocupado, se dejaba hacer...
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