Fragmento extraído del libro
Loco afán de Pedro Lemebel
El Sergio se dejó lamer el oído para no escuchar los timbales de la pólvora. Dejó que esa succión apagara los gritos de mujeres agarradas a los hombres que él arrastraba hasta los camiones. Y él también se dejó arrastrar por la ebullición babosa de la Regine, para no escuchar el gemido del nylon al rasgarse las camisas de dormir de esas mujeres, que él separaba de sus familiares. Ahora, la punta de la lengua recorría su patilla y una mano empollaba sus colgajos viriles. La retiró brusco, pero dejó que la lengua d ela Regine cosquilleara su mejilla. Porque era como la lengua de una perra que limpia las heridas de la noche, su gran abismo de cadáveres, aún vivos. Lamiéndole las manos agarrotadas por el arma. Esa lengua tibia era un trapo mojado acunando el músculo tenso de la barbilla. Era un animal doméstico relajando el hueso mármol del pómulo, donde culebrea una lágrima. Una sola gota que se suelta de su apretado corazón. Una redoma que lo nubla y rueda lenta por su cara al encuentro de esa lengua que la sorbe. Como si la Regine se bebiera de un sorbo su pena, sin hablar, sin decir nada, sin siquiera emitir un sonido, la lengua parlanchina siguió dibujando la cara triste de Sergio. Como un pincel le dibujó la cara tajeada por la amargura. Su boca apretada que se dejó pintar por un pájaro de saliva. Ese pincel salado que besó sus ojos y su frente. Y cuando estuvo más tranquilo la Regine se despegó del cuerpo de Sergio con la mirada húmeda, esquivando las pupilas se ese hombre, que en la negrura seguía brillando. Está bien, le dijo después de un rato, simulando que la quebraba, Ahora hablemos.
Nadie supo qué habló el Sergio con la Regine es anoche, pero nadir los volvió a separar. Seguían pasando las patrullas a relajarse en el palacio de Aluminio El mono, hasta la madrugada que los encontraba pichulos enlazados por las sábanas moquientas , abrazados a una loca. La luz pálida del alba entraba por las ventanas evaporando los pétalos de la orgía. Por todos lados colillas de cigarros y vasos a medio tomar. Por todos lados fragmentos de cuerpos repartidos en el despelote sodomita. Un abrazo acinturando un estómago, una pierna en el olvido de la encajada. Un torso moreno con el garabato de una loca derramada en su pecho. Unos glúteos asomados por el drapeado de las sábanas, goteando el suero proletario de la tropa. Una mano abierta que soltó la matraca para agarrar algo, y se quedó hueca y muerta en el gesto vacío. Pares de piernas trenzadas. Así, restos de cuerpos o cadáveres pegados al lienzo crespo de las sábanas. Cadáveres de boca pintada enroscados a sus verdugos. Aún acezantes, aún estirando la mano para agarrar el caño desinflado en la eyaculada guerra. Aún incompletos, desmigados más allá de la ventana, flotando en la bruma tísica de la ciudad que aclamaba en los humos pardos de la protesta.
sin duda eran cadáveres de fiesta, parcelas de piel estrujadas en el arrebato del clímax. Miembros en reposo, que al primer rayo del sol saltaban preocupados preguntando la hora. Buscando las partes del uniforme, las camisas y los pantalones de camuflaje confundidos con los tacoaltos y pantys, el fusil coronado por una peluca rucia. Despertaban limpiando los cascos de la guerra ocupados como ceniceros. Aquí y allá y hasta la ventana flameaban los eslips de tosco algodón que les proporcionaba la patria. Se peleaban por encontrar el propio, lo reconocían por el color de los pendejos.
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