Había una época en el bachillerato en la que me había debatido en la sospecha de mi posible homosexualidad, un período de seis meses, culminación de años de impopularidad y escasez de chicas. Por las noches, en la cama, me informaba fríamente a mí mismo de que era homosexual y lo mejor que podía hacer era aprovecharlo. Los vestuarios se habían convertido en una sala de tortura, llenos como estaban de genitales masculinos expuestos que parecían mofarse de mi fracaso en evitar mirarlos por una fracción de segundo que, no obstante su apariencia accidental, era, y me daba cuenta, un amargo síntoma de perversión. Ardiendo del típico deseo de los catorce años, intentaba enfocarlo sucesivamente en cada uno de los muchachos que conocía, con la esperanza de encontrar una salida para mi calentura, no importaba que fuese perversa, secreta y destinada al desaliento. estos intentos, sin excepción, no lograban producir más que perplejidad, cuando no verdadero disgusto (…) De vez en cuando me cruzaba con algún hombre arrebatador que, tenue pero perceptiblemente, conmovía lo cimientos construidos por Julie Leftkowitz, y entonces, por un momento, me preguntaba debido a qué truco del destino había resuelto que no era homosexual.

No hay comentarios:
Publicar un comentario