
Fragmento extraído de la novela
Los ángeles caídos de Eric Jourdan
Incansable, le toqué una y otra vez su espalda, dividida por esa línea a la que los cuerpos deben su aspecto de frutos. Gerard detuvo mi mano en la parte de su pelo. Sentía el corazón de mi primo en la palma de mi mano a través de su estremecida nuca. Una vez franqueada la barrera del orgullo físico, otra barricada más secreta se alzaba entre nosotros: dejaba pasar los suspiros, los murmullos voluptuosos y los gritos de placer, pero nunca los del amor. Desde el día antes habíamos dado mil pasos el uno hacia le otro, aunque otros mil nos separaban aún, muy a su pesar y el mío. Gerard se levantó y reconocí en su cálido aliento toda una noche perdida en el deseo de aniquilarnos. Ambos ignorábamos que el amor necesita dos cuerpo, aunque no para mezclarlos, sino para lanzarlos uno contra el otro, deseoso de arrancarle el placer a supresa. ¿Estábamos actuando como el resto de la gente? Mientras le amaba, yo no había dejado de pronunciar su nombre, y estaba seguro de que él había dicho el mío, aunque lo que esperábamos era algo impronunciable… Al besarme, me mordía, a fin de retrasar la ofrenda de su boca; eso le hacía reír, y entonces yo, irritado, sujetaba sus labios entre mis dedos, entreabriendo su arco y bebiendo en su copa el vino del vértigo. La luz del día se filtraba por momentos a través de las cortinas; nos levantamos. Los rayos del sol penetraban por las contraventanas y los árboles nos moteaban como dos leopardos. Gerard se desperezó. Su flexibilidad y su rostro, que la mañana convertía en un hocico, aumentaban su aspecto felino, y el olor sensual de la noche que invadía la habitación parecía emanar de su piel.
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