4.1.09

TAXI DE AGUA


TAXI DE AGUA (Segunda parte)
Fragmento extraído de Dos chicos enamorados
conjunto de relatos de Lawrence Schimel
Volví a observar a los hombres que nos rodeaban mientras el rubio seguía masturbándome, pero era como si el tiempo se hubiese detenido para ellos a juzgar por su falta de vitalidad. Examiné con atención sus entrepiernas para comprobar si, por lo menos, les estábamos deleitando con un buen espectáculo, pero era difícil saber si se habían excitado o no. De pronto el rubio modificó el ritmo, como percatándose de mi falta de concentración y tiró de mi polla hasta obligarme a cambiar de posición. Me tambaleé hacia delante hasta que, de pronto, me hube deslizado en la humedad de su boca. Contemplé cómo sus labios subían y bajaban por mi verga, y más allá de su rostro, pude ver el contorno de su polla, claramente tiesa, dentro del bañador naranja. No hizo ningún gesto para quitárselo ni tampoco para tocarse por encima de la prenda. Me alegró saber que, a juzgar por su erección, estaba disfrutando de forma evidente. Cerré los ojos, dejé de pensar y me abandoné a la magia resbaladiza de su lengua en mi polla. Con los ojos todavía cerrados alargué la mano y encontré el pezón perforado de Jaume, como si de repente hubiera adquirido esa habilidad que tanto me asombraba, aunque creo que simplemente era por la amplia zona que ocupaba el piercing. Tiré de la anilla de plata con suavidad, sonreí y abrí los ojos, encontrándome a mi amante con la misma sonrisa. Lo agarré por el cuello y tiré de él para besarle. Por debajo, el rubio nos había agarrado ambos miembros y estaba haciéndonos una doble paja mientras cogía aire. Tal vez estaba recapacitando, pesando nuestros rabos en su mano, mientras decidía su próximo movimiento. Tiró de ambas pollas hasta colocarnos uno junto al otro, entonces nos metió en su boca a la vez. Es una sensación extraña porque no es como tener un par de labios abrazándote fuerte la longitud de tu polla, aunque compartir algo tan íntimo con mi amante hacía la experiencia más intensa. Jaume y yo teníamos nuestras lenguas enroscadas mientras el rubio recorría con la suya nuestros sensibles capullos, liberados del prepucio gracias al estado de excitación. Sentí que la respiración se me aceleraba al acercarse el momento del orgasmo, me agarré el rabo con una mano y empecé a masturbarme. Jaume hizo lo mismo. Miré al rubio para ver cómo estaba respondiendo, pensé que quizá se estaría tocando, pero parecía estar simplemente contemplando cómo nos las cascábamos, disfrutando del espectáculo desde nuestras entrepiernas. De repente se inclinó y empezó a lamerme los huevos. Instantes más tarde estaba lanzando cortos arcos blancos de semen a la cubierta. Emití con cada espasmo una especie de gruñido en el cuello de Jaume, y aún teniendo los ojos cerrados en éxtasis sabía que Jaume había acelerado el ritmo de su mano. Poco después su lengua me estaba explorando la profundidad de mi boca mientras, también él, se corría. El rubio continuaba arrodillado delante de nosotros con una amplia sonrisa en el rostro. Ahora que el sexo había concluido, el resto de los pasajeros retornaron a la vida. Al principio, perdido en la sensación placentera del orgasmo, no entendí qué era ese ruido, pero pronto comprendí que habían reanudado la conversación, hablaban de cosas corrientes aunque de vez en cuando nos echaban un vistazo. Tal vez lo hacían porque tanto Jaume como mi polla seguían desnudos a la vista de todos, la mía encogiéndose tras la eyaculación, la de Jaume, todavía rígida; siempre tardaba un tiempo en relajarse.

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