23.1.09

CAMBIO DE PLANES

Fragmento extraído de la novela
Las noches salvajes de Cyril Collard

Desde que había leído los primeros artículos sobre el sida. Había tenido la certeza inmediata de que la enfermedad sería una catástrofe planetaria que se me llevaría con millones de otros condenados. De un día para le otro había cambiado mis prácticas sexuales. Antes, por la noche buscaba chicos que me gustaban; era exigente. Me había dar por culo. Ahora, había decidido que se habían acabado las penetraciones, las noches de amor en una cama. Iba a la ciudad buscando mis iguales: los que no querían gozar en el interior de un cuerpo, y el esperma de los que saliendo de sí mismo caí en el polvo de los subsuelos. Con las masturbaciones, pronto ya no tenía bastante. Volvieron las obsesiones de mi adolescencia: las braguetas de los pantalones ajustados que dibujan la forma de los sexos, los meados que mojan los calzoncillos… En la escuela, cuando tenía trece años, entraba en los vestuarios de deporte, desiertos y buscaba los pantalones olvidados o mal dejados por chicos más jóvenes o más delgados que yo. Los cogía y me los llevaba a casa. Delante d el espejo del cuarto de baño, me los ponía. Me parece que todavía no me la pelaba. Este placer de ver mi polla moldeada por la ropa, preexistía al orgasmo. Cuando conseguía sobreponerme al miedo, me podía uno de estos pantalones robados para la clase de gimnasia; esperaba, ferviente que la mirada de algún chico se pusiera encima de mi pierna. A estas obsesiones adolescentes, hay que añadir el cuero, los nudos y el dolor. En el sufrimiento y el placer que me procuraba, las tensiones y el terror de la enfermedad desaparecían. Regularmente, en plena noche, iba hacia un lugar santo ávido de martirios. Era una gran galería sostenida por unas columnas de hormigón de sección cuadrada, en la orilla del Sena, en la orilla izquierda, entre el puente de Bercy y el de Austerlitz. Como en la caverna de Platón, la luz sólo se percibía por el reflejo, y los seres por sus sombras. Yo buscaba hombres viciosos, sexos duros, gestos humillantes, olores fuertes. Algunos cuerpos dudaban, se observaban, s e hablaban; yo los necesitaba de inmediato. Decía mis gustos: si era que no rechazaba el otro con un gesto brutal de la mano; si era que sí, seguía al otro al otro lado del puente donde gritaba de placer encima de los escalones de hierro. Sucio, martirizado, a la orilla del río después del orgasmo, me sentía bien; fluido y claro. Transparente.

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