
Fragmento extraído de la novela
Querelle de Brest de Jean Genet
Ni Robert ni Querelle amaban tanto el amor como para buscar posturas nuevas. Tampoco satisfacían una necesidad higiénica. Nono veía en sus juegos con Querelle la manifestación violenta y algo fanfarrona de una lubricidad que había reconocido en él. Aquel marinero aplastado sobre la alfombra que le ofrecía unas nalgas musculosas y velludas entre champiñones de terciopelo. Era una hermosa farsa que aumentaba la fortaleza de sus hombros sólidos. Frente a aquel culo negro, enmarañado, ofrecido con decisión sobre los largos y pesados muslos, algo morenos, que surgían del revoltijo del pantalón bajado en el que las piernas estaban aprisionadas, Norbert permanecía de pie, se abría ampliamente la bragueta, apartaba algo su camisa para convertirse por completo en un macho, y se contemplaba durante algunos segundos en esta postura, que consideraba una hazaña de caza o de guerra. Sabía que no arriesgaba nada, pues ningún sentimentalismo turbaba la pureza de su juego. Ni pasión alguna. Era un simple juego sin gravedad. Dos hombres fuertes y sonrientes, uno de los cuales, sin crearse mala sangre, sin dramatizar, prestaba su culo al otro. “Lo pasamos bien” había que añadir el placer de ponerse los cojones encima de las chichas. “Si supieran que nos descargamos las aceiteras entre amigos, se quedarían de una pieza. El marinero este no se anda con tonterías; se parte de risa cuando le doran las cachas. ¿Y qué hay de malo en ello?
Total, que Norbert aceptaba joder con Querelle en parte por bondad. Le parecía que, aunque el marinero no estaba enamorado de él, tenía necesidad de aquello para seguir viviendo. Norbert no lo despreciaba. No podía menos de admirar la joven y ágil musculatura del marinero, que se ponía cada vez más tiesa. La humedeció con la mano y luego se inclinó lentamente, se posó sobre la espalda de Querelle y lo penetró. Ya ningún dolor crispaba a Querelle. Sólo sentía el extremo redondo y duro forzando un poco y penetrando suavemente hasta el fondo. Nono se quedaba inmóvil unos segundos, dejando reposar un poco a su amigo. Luego comenzaba el vaivén. Era suave y relajante sentirse tan alcanzado tan profundamente, conocer en sí una presencia tan soberana. El miembro no se arriesgaba a salir. Trenzados, se volvieron ligeramente de lado y continuaron. Nono sostenía a Querelle por las axilas y lo atraía contra sí. El marinero se dejaba llevar hacia atrás y se apoyaba pesadamente sobre el pecho de Norbert.
Retozaban, con el alma y la palabra extraviadas, la palabra como un polvo de oro expirando por sus bocas entreabiertas. Querelle movía las nalgas dulcemente y Norbert, más duramente, los riñones. Era bueno ser atrapado por una polla. Y bueno retener en sí, en las pollas, una fuerza que sólo se libera al descargarla en el culo. A veces, Querelle sentía en sí el sobresalto de la verga sólida al que la suya, desde su mano, respondía en un sobresalto similar. Se meneaba tranquilamente, pesadamente, atento a sentir en sí el vaivén de esa enorme biela…
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