2.5.13

LOS TRES TORITOS



Fragmento extraído del diario
Retrato de un artista en 1956
de Jaime Gil de Biedma


En Pagoda, una antro de una calle del bulevar, nos hicieron trepar en silencio escaleras arriba porque  en la primera alcoba dormía un chiquillo arrebujado en una manta sobe el suelo. El encargado ponía los artistas y la mujer subió enseguida, aguardamos en cambio largo  rato al toro, como le llamaban entre risas. Había subido más gente con nosotros, la alcoba era diminuta y estábamos todos de pie, apelotonados alrededor de la cama en donde la mujer, desnuda, se cubría el vientre con un chal. El toro, el primer toro, porque hubo tres, un muchachillo de pelo largo y lacio, salió manso y hubo que retirarlo enseguida, había bebido demasiado y le dolían las tripas. Pero torito segundo resultó ser una auténtica delicia, un Gerineldos malayo, Gerineldillo pulido y torpe todavía, capaz de de hacer llorar de amor a una nube sin agua, con el pelo en remolino y el culito respondón, prietas las cachas sonrientes, atolondradas y graciosas como tórtolas. Iba por buen camino cuando se oyeron afuera voces: Here’s Ben y saltó presto de la cama igual que un niño bien educado que sale de la habitación si las personas mayores empiezan a hablar de sus asuntos.

Era lozano, así, novillo tierno
de bien nacido cuerno,
mal lunado la frente
retrógrado cedió en desigual lucha
a duro toro aun contra el viento armado.


Ben entró desbraguetándose, se encaramó a mear por la ventana y estuvo enseguida a ello. Era un virtuoso, enseñado a machacar horas y horas con la expresión ausente y la precisión tranquila de un obrero cualificado, casi hermoso. Acodados a la cabecera de la cama, torito primero y torito segundo dejaban a veces de fumar y alargaban el cuello para captar mejor la destreza que un quiebro de riñones.


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